Trasfondo

El Presidio Modelo de Isla de Pinos, un pasado de horror

En el Presidio Modelo de Isla de Pinos, cada circular, como se les conocería desde el día que llegaron los primeros prisioneros, tenía cinco pisos y en cada uno de ellos 93. En su centro se levantaba una torre garita desde la cual un guardia armado vigilaba todos los pisos.
En el Presidio Modelo de Isla de Pinos, cada circular, como se les conocería desde el día que llegaron los primeros prisioneros, tenía cinco pisos y en cada uno de ellos 93. En su centro se levantaba una torre garita desde la cual un guardia armado vigilaba todos los pisos. ASSOCIATED PRESS

El 1 de febrero de 1926 el presidente de Cuba, Gerardo Machado, dejó inaugurada de manera simbólica, colocando su primera piedra, la construcción de lo que sería el Presidio Modelo de Isla de Pinos. Un año antes, su ministro de Gobernación había viajado a Estados Unidos para ver de primera mano algunas de las instalaciones carcelarias de ese país. De todas las visitadas, la que más se ajustaba a sus planes era una que estaba situada en el estado de Illinois y a la que llamaban la cárcel de Joliet. Pero cuando el Presidio Modelo fue inaugurado el 16 de septiembre de 1931, no se parecía en nada a esta; al menos en su arquitectura. Y es que los edificios donde se albergarían los reclusos no eran rectangulares como los de Joliet, sino redondos.

Se construyeron cinco de ellos, cuatro para alojar a los presos y uno que serviría como comedor. Cada circular, como se les conocería desde el día que llegaron los primeros prisioneros, tenía cinco pisos y en cada uno de ellos 93 celdas. En su centro se levantaba una torre garita desde la cual un guardia armado vigilaba todos los pisos y a la cual se accedía desde los sótanos que existen debajo de cada circular. Todas, semejando un gran campo de concentración, quedaban dentro de una doble cerca de alambres.

A partir de ese día, con la llegada de miles de convictos de otras prisiones, el Presidio Modelo se convirtió en la gran cárcel de Cuba. Y como todas las grandes cárceles del mundo, no estuvo exenta de actos violentos entre los reos. Las historias que contaban los que allí cumplieron sentencias son de un horror inimaginable: corrupción de los custodios, sodomía, violaciones y asesinatos. Siempre albergó delincuentes comunes, con la excepción de algunos prisioneros políticos que fueron recluidos allí, como Pablo de la Torriente Brau en 1933 y Fidel Castro en 1953, quien debía cumplir una condena de 15 años por su participación en el ataque al Cuartel Moncada y de la cual solo purgó un año y siete meses al ser indultado en 1955.

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Fidel Castro en 1953, quien debía cumplir una condena de 15 años por su participación en el ataque al Cuartel Moncada y de la cual solo purgó un año y siete meses al ser indultado en 1955.

No fue hasta 1959 que el Presidio Modelo se convirtió en una instalación penitenciaria solo para presos políticos. Pero no por eso el horror cesó: esta vez era institucionalizado. El Estado como represor. Los primeros en llegar fueron los militares del gobierno de Fulgencio Batista que habían sido sancionados por los tribunales revolucionarios. Después fueron llegando aquellos que comenzaban a oponerse al rumbo comunista de la revolución. Poco a poco las circulares fueron llenándose de antiguos revolucionarios, estudiantes, periodistas, empresarios, artistas, obreros y campesinos, los cuales fueron obligados a trabajar de forma forzada en lo que se conoció como el Plan Camilo Cienfuegos.

En su libro Rehenes de Castro, el poeta Ernesto Díaz Rodríguez, quien estuvo más de 20 años en las prisiones castristas, lo recuerda de esta manera: “Cada mañana, poco antes del alba, los condenados eran llamados a formar en sus respectivas brigadas de trabajo. A partir de ese momento ya nadie podía tener seguridad de que regresaría con vida, ya de noche, al concluir la agotadora jornada”.

Los prisioneros debían soportar severas condiciones de trabajo, golpizas brutales y asesinatos. “Raro era el día que los camiones no regresaran al anochecer con decenas de heridos, muchos de gravedad, y alguna que otra vez, un muerto”, escribió Díaz Rodríguez en su libro.

Un testimonio similar fue ofrecido en una carta que un grupo de prisioneros cubanos hizo llegar en diciembre de 1969 a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la ONU: “Durante el Plan de Trabajo los custodios llegaban con sus machetes hasta donde trabajábamos, golpeando e hiriendo a diestra y siniestra. En una de esas ocasiones, Mario Jiménez Figueredo perdió un ojo y Erasmo Gómez quedó casi ciego de un golpe en la frente. Otros muchos fueron asesinados, como Ernesto Díaz Madruga, José Alfonso Salarana, Julio Tang, Eddy Álvarez Molina, Diosdado Aquit, Danny Crespo y Francisco Noval. También murieron algunos en accidentes de trabajo, como Luis Nieves Cruz, José Guerra Pascual y Jerónimo Candina, y otros en huelga de hambre, como Roberto López Chávez”.

La lista de abusos y malos tratos que se cometieron es interminable. Los periodistas Alfredo Izaguirre Rivas y Emilio Adolfo Rivero Caro se negaron a aceptar el plan de trabajo forzado y fueron golpeados hasta perder el conocimiento y después encerrados en la celdas de castigo. En otra ocasión obligaron a un grupo de prisioneros a saltar a una zanja llena de los excrementos de todo el penal con el pretexto de sacar del fondo la basura y los desperdicios que supuestamente tupían el lecho del canal. En el libro El presidio político en Cuba comunista, Reinol González, Coordinador Nacional del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP), y quien pasó quince años preso, ofreció este testimonio: “Fue un hecho sin precedentes en Isla de Pinos. De un ensañamiento increíble. Ese día yo me encontraba enfermo y el médico había ordenado que me incluyeran en la lista de los rebajados, pero el jefe del operativo, el teniente Juan Rivero, no creyendo en mi enfermedad me unió al grupo. Al llegar a la orilla de la zanja los guardias nos empujaron obligándonos a entrar en ella. Algunas partes de la zanja eran muy estrechas y los guardias podían alcanzarnos con sus bayonetas, cosa que hacían cuando veían que un preso no sacaba nada del fondo”.

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TONELADAS DE dinamita habían sido depositadas en el sótano de la prisión. La explosión hubiera arrasado también con áreas pobladas. Archivo el Nuevo Herald

Un poco después de la invasión de Bahía de Cochinos, quizás en previsión de una futura acción similar, las autoridades penitenciarias comenzaron a perforar en los túneles existentes debajo de las circulares para instalar TNT en todas ellas. En el mismo libro El presidio político en Cuba comunista, otro de los que estuvo allí preso, identificado solo como HH, explica en que consistió ese monstruoso plan: “El explosivo era de manufactura soviética empacado en unas cajas que quedaron perfectamente identificadas por nosotros. Cada una contendría 60 kilogramos de TNT, y por la cantidad de cajas instaladas, la carga total fue de alrededor de 6,500 libras”. Es decir, una especie de solución final: hacer volar por los aires a los casi siete mil prisioneros que había en ese momento en el Presidio Modelo.

Pero los presos no permanecieron pasivos y enseguida comenzaron a urdir planes para desactivar las cargas: “Conversamos con tres agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que estaban presos con nosotros en la circular numero cuatro. Se llamaban Eustace Danbrook, Daniel Caswell y Edmund Taransky, o al menos con esos nombres los conocimos. Caswell era un experto en construcciones subterráneas, y era el que había hecho el túnel que cruzaba de Berlín Este a Berlín Oeste. Los tres habían sido sorprendidos tratando de instalar equipos de espionaje en las oficinas de la agencia china de noticias Sinjuá en el Hotel Habana Hilton en 1960”.

La ayuda de los tres agentes fue crucial para que los miembros de un centro de análisis y coordinación que había sido creado por los presos pudiesen planear la desactivación de las cargas en las circulares. “Primero, pudimos lograr muestras de los explosivos porque una de las perforaciones atravesó el muro interno del túnel y pudimos retirar un buen pedazo que sirvió para convencer a los incrédulos de que aquello era realmente TNT”, terminó diciendo el recluso HH.

Durante años los presos políticos cubanos debieron vivir bajo el horror de aquella amenaza. Hasta el mes de marzo de 1967 en que el Presidio Modelo fue cerrado definitivamente y todos los presos fueron llevados a otras instalaciones del país: 1500 fueron trasladados a la Fortaleza de la Cabaña, en La Habana. Otros 700 fueron enviados a las prisiones El Mijial y Boniato, en Oriente. Y el resto fue dividido en dos grupos: uno fue a parar a la prisión de Remedios, en la provincia de Las Villas y el otro a la de Pinar del Río.

Sin embargo, el cierre del Presidio Modelo de Isla de Pinos no significó el fin del calvario de los prisioneros cubanos; fue peor en otras cárceles. El periodista Alberto Muller, en entrevista con el Nuevo Herald, lo explicó de esta manera: “La disolución del Presidio Modelo yo la veo políticamente clara. El gobierno debió haber evaluado el precio político del trabajo forzado y la importancia de la enorme concentración que llegó a tener ese penal y decidió dispersarnos. La terminación del trabajo forzado no significo una etapa de recuperación para los presos, al contrario, fue una etapa sicológicamente muy dura que el Ministerio del Interior trató de aprovechar para quebrar colectiva e individualmente al presidio político. Y en ese clima se desarrolló la tripolación de la ropa: amarilla por un lado, azul por el otro, y el calzoncillo. Y todo con mucha violencia, para mantener la política de ablandamiento, uno de sus principales objetivos”.

Con la desaparición del Presidio Modelo de Isla de Pinos, se abrieron otras cárceles a lo largo de toda la isla: desde los campamentos Sandino y la prisión de TacoTaco en Pinar del Río, hasta las de Boniato y el Manguito en Oriente. El horror continuaba en otras latitudes. Hoy, cincuenta años después, todo lo que queda son las ruinas de los edificios de las circulares. Y los dolorosos recuerdos de las decenas de miles de prisioneros que pasaron por allí.

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