Trasfondo

En el pueblo fronterizo que el ciclo de noticias ha abandonado

Sergio Cordova prepara bolsas con comida, productos higiénicos y otras necesidades para llevarlos y distribuirlos entre los migrantes que se encuentran cerca de una estación de autobuses en Brownsville, Texas.
Sergio Cordova prepara bolsas con comida, productos higiénicos y otras necesidades para llevarlos y distribuirlos entre los migrantes que se encuentran cerca de una estación de autobuses en Brownsville, Texas. NYT

BROWNSVILLE, Texas — Después de largas horas en su empleo, Sergio Cordova iba manejando a casa para recoger provisiones y ropa para las personas cansadas y hambrientas en busca de asilo. Acampaban a solo unos kilómetros de distancia, en Matamoros, México, esperando a que las dejaran entrar.

Hacía frío, llovía y el clima era terrible. “Cero tolerancia” en la frontera de Estados Unidos significaba que estaban varados afuera.

Al volante de su Honda Pilot plateada, Cordova señaló una edificación achaparrada color beige llamada Casa Presidente.

“Ahí es donde albergan a los niños”, comentó mientras íbamos por el Boulevard Ruben M. Torres Sr.

Se refería a los bebés y a los niños pequeños separados por los agentes fronterizos de los cientos de padres migrantes que arrestaron por entrar ilegalmente la primavera pasada, de acuerdo con la política del presidente Donald Trump de separar a las familias. Algunos kilómetros más adelante, señaló con un ademán un Walmart modificado que alberga a los niños más grandes, la Casa Padre.

Hace algunos meses, no se podía conducir por aquí sin toparse con un camión satelital o una cuadrilla de televisión. “Todos los medios de información estaban aquí”, afirmó Cordova. “Una vez vino Lawrence O’Donnell”.

También Lester Holt de NBC. Gayle King de CBS. Tom Llamas de ABC. Y tantos otros corresponsales y productores que los hoteles estaban repletos.

Pero eso fue cuando Brownsville estaba en la cresta del algoritmo como la tendencia del día. Sin importar la forma en que se obtenían las noticias, todo acerca de lo que se oía, veía o leía era la lucha o el sufrimiento humanos a lo largo de este tramo del río Bravo.

Ahora, la lógica del algoritmo —los sistemas de recomendación que emplean Twitter y Facebook para presentar el contenido— se ha hecho sentir incluso fuera de las redes sociales. En una carrera por calificaciones o clics, las organizaciones de noticias alimentan nuestra creciente adicción con oleadas cada vez más rápidas de información nueva. Un golpe de dopamina por cada deslizamiento para actualizar la pantalla.

La mirada está puesta en las noticias más candentes y nuevas que puedan opacar todo lo demás, hasta que venga el siguiente éxito viral. Puede ser tan sencillo como “cara de caballo” o “me gusta la cerveza”, o tan complejo como la crisis en la frontera, siempre y cuando se apegue a los elementos básicos que requiere el algoritmo.

“Se trata de ‘lo que es nuevo ahora’”, comentó Brian Rosenwald, un historiador en medios de comunicación y política de la Universidad de Pensilvania. “Se trata de historias que encajan en las telenovelas todos los días y tienen videos e imágenes atractivas y tramas en blanco y negro”.

Cuando una narración deja de actualizar sus tramas, pierde su atractivo y “su capacidad de abrirse camino”, señaló Rosenwald.

“Es así como vemos a Donald Trump y Kanye West en el Despacho Oval y no a Brownsville”, añadió.

Trump entiende, al igual que cualquiera, que las presas de las noticias van a quien controle el algoritmo. En realidad, sus reglas no son tan diferentes de las que manejaban los periódicos sensacionalistas de la ciudad de Nueva York y que dieron a Trump un curso intensivo en la manipulación de los medios de comunicación en las décadas de 1980 y 1990, cuando anunciaba su siguiente proyecto, ya fuera personal o empresarial.

Fue Trump quien trajo el algoritmo a Brownsville en primer lugar cuando impulsó una política de cero tolerancia que incluía separar a los niños de su padres. La historia tenía todos los elementos necesarios para ser tendencia durante algunas semanas.

No obstante, en algún momento, el presidente perdió el control de la narración. Los republicanos en el Congreso se unieron a todas las primeras damas, incluyendo finalmente, a Melania, en pedir que se detuviera la política de separación de los niños.

A finales de junio, Trump firmó un decreto para dar fin a la política de separación de los niños y sus familias, y luego cambió el tema rápidamente con los tuits acerca de su nominado a la Suprema Corte, Brett Kavanaugh, y lo que llamó “cacería de brujas manipulada” por parte del fiscal especial. La historia de la frontera dejó de tener clics y el circo mediático de comunicación la retiró.

La vida real continuaba mientras la gente real enfrentaba las consecuencias.

Cordova y yo ahora estábamos en su cochera cargando su Honda con suministros. Cuando señaló un mameluco blanco, recordó un meme que había creado. Él y su socio, Michael Benavides, quienes trabajan en educación especial en el distrito de la escuela local, amarraron siete mamelucos en un tendedero y los colocaron de tal forma que dijera “REÚNAN” para protestar contra la separación familiar.

“Salió en muchos periódicos nacionales”, señaló Cordova.

Pero, me preguntó: “¿En dónde están todas las cámaras ahora? Los niños siguen ahí”.

Sus valoraciones todavía están en las oficinas de Estados Unidos mientras las autoridades buscan a sus padres, muchos de ellos deportados. Como lo informó The Associated Press, existen nuevas inquietudes de que quizás algunos sean dados en adopción.

Yo había venido a Brownsville para ver cómo era una crisis cuando el algoritmo la deja de lado. Se ve como la cochera de Cordova: un centro de ayuda improvisado con anaqueles de ropa y recipientes de plástico con medicamentos de venta libre y productos enlatados. Él y Benavides lo montaron por su cuenta porque, aunque tienen trabajo de tiempo completo, vieron una necesidad humanitaria que no estaba satisfecha.

Cordova señaló que ha podido conservar los donativos procedentes de Facebook y GoFundMe, lo suficiente como para mantener un pequeño departamento con cocina cerca del puente, donde otro voluntario, Brendon Tucker, se encarga de cocinar los alimentos.

Esa noche, habían pedido ponchos, pantalones, productos de higiene femenina —todo lo cual empacaron en bolsas— y comida, siempre comida.

Fuimos al departamento para recoger la cena que Tucker había preparado —pollo rostizado con arroz— y la llevamos en una carretilla, junto con los suministros, a través del puente Brownsville-Matamoros mientras caía una fría llovizna.

Cuando llegamos a Matamoros, cerca de una docena de migrantes estaban parados temblando debajo del alero de un puesto de vigilancia abandonado. Estos grupos se han reunido aquí desde que el gobierno de Trump apostó guardias este año a la mitad del puente —exactamente en la línea de la frontera— para desacelerar la afluencia de los solicitantes de asilo, que tienen derecho legal a una audiencia en los puertos de entrada. Esta táctica está siendo impugnada en la corte.

El grupo vitoreó y abrazó a Cordova, Benavides y Tucker cuando pusieron la comida y les entregaron los suministros.

Mientras comían estos futuros solicitantes de asilo, se habló de la caravana de miles de hondureños que venían en camino a Estados Unidos.

Lo que no sabíamos es que, casi al mismo tiempo, Newt Gingrich estaba en Fox News diciendo que la caravana ayudaría a que los republicanos ganaran en noviembre. Una vez más, la frontera constituía una buena política para el partido del presidente.

La mañana siguiente, Trump tuiteó que en la caravana venían “muchos criminales” y habló de mandar al ejército estadounidense para “¡CERRAR NUESTRA FRONTERA SUR!”. Parecía que el algoritmo estaba de regreso. ¿Pero por cuánto tiempo?

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