El ascenso del Estado Islámico en Filipinas y su declive en Medio Oriente
A lo largo de las islas del sur de Filipinas, la bandera negra del Estado Islámico ondea en lo que el grupo considera su provincia en el este de Asia.
Hay hombres en la jungla, a dos océanos del árido lugar de nacimiento del Estado Islámico, que están expandiendo esta conocida marca terrorista a nuevos campos de batalla.
Un domingo de enero que escuchaban misa los feligreses de una catedral católica, dos bombas se detonaron en la iglesia, lo que ocasionó la muerte de 23 personas. El Estado Islámico adjudicó la masacre a dos de sus atacantes suicidas.
Días después, circuló una ilustración en grupos de chat del Estado Islámico en la que se veía al presidente filipino, Rodrigo Duterte, arrodillado sobre una pila de cráneos y a un militante parado sobre él con un puñal. El pie de la imagen tenía una advertencia: “La lucha apenas ha comenzado”.
El territorio del Estado Islámico en Irak y Siria, alguna vez del tamaño del Reino Unido, se ha encogido después de cuatro años de bombardeos y combates en tierra con las milicias kurda y chiita, respaldadas por Estados Unidos. Lo que le queda al EI es una pequeña aldea en el sureste de Siria que podría caer cualquier día de estos.
Sin embargo, lejos de haber sido derrotado, el movimiento ha surgido en otros lugares. Y aquí, en el grupo isleño de Mindanao al sur de Filipinas, desde hace mucho una guarida para los insurgentes debido a la densa vegetación y la falta de vigilancia, el Estado Islámico ha atraído a una serie de yihadistas militantes.
“El Estado Islámico tiene mucho poder”, dijo Motondan Indama, excombatiente infantil en la isla de Basilán y primo de Furuji Indama, un líder militante que ha jurado lealtad al grupo. “No sé por qué mi primo decidió unirse a ellos, pero está pasando lo mismo en todas partes”.
El grupo realizó su primer gran esfuerzo de reclutamiento en el sur de Filipinas en 2016, cuando circularon videos en línea en los que se hacía un llamado a los militantes que no podían viajar a su califato autoproclamado en Irak y Siria. Cientos de combatientes llegaron desde lugares tan lejanos como Chechenia, Somalia y Yemen, señalaron funcionarios de inteligencia.
El año siguiente, los militantes que habían jurado lealtad al Estado Islámico se apoderaron de la ciudad de Marawi, en Mindanao. Para cuando el Ejército los venció cinco meses después, la ciudad más grande de mayoría musulmana en el país había quedado en ruinas. Por lo menos 900 insurgentes fueron asesinados, entre ellos combatientes extranjeros e Isnilon Hapilon, el emir del Estado Islámico en el este de Asia.
Duterte declaró la victoria sobre el Estado Islámico, pero su actitud triunfal al parecer no ha disuadido a los simpatizantes del EI de seguir reagrupándose.
“El Estado Islámico tiene dinero que está entrando a Filipinas, y están reclutando combatientes”, dijo Rommel Banlaoi, presidente del Instituto Filipino para la Investigación sobre la Paz, la Violencia y el Terrorismo. “El Estado Islámico es el problema emergente más complicado que enfrenta Filipinas en la actualidad, y no debemos fingir que no existe solo porque no queremos que exista”.
Desde el bombardeo del 27 de enero en la catedral de la isla de Jolo, las fuerzas militares filipinas han respondido con ataques aéreos y 10,000 soldados en Jolo, de acuerdo con el coronel Gerry Besana, portavoz del comando militar regional en la ciudad de Zamboanga.
Drones de vigilancia estadounidenses monitorean el archipiélago sur de Filipinas, donde está concentrada la minoría musulmana del país y las insurgencias locales han combatido desde hace mucho al Estado de mayoría cristiana.
No obstante, aun cuando se intensifica la ofensiva militar, el gobierno evita admitir que Filipinas esté en la mira global del extremismo islámico. Los altos funcionarios del país han restado importando a los incidentes en los que el Estado Islámico ha enviado combatientes extranjeros y financiamiento a Filipinas para llevar a cabo ataques mortíferos. A menudo dicen que la violencia proviene del conflicto entre los clanes musulmanes o que es un problema de vandalismo común y corriente.
Tan solo una semana después del bombardeo en la catedral de Jolo, la policía declaró el caso resuelto: culpó a un grupo militante local, Abu Sayyaf, ignorando casi por completo que muchos de sus insurgentes se han asociado con el Estado Islámico.
De visita en la catedral de Jolo, de Nuestra Señora del Monte Carmelo, Duterte y su séquito destruyeron pruebas, comentaron representantes eclesiásticos. Los investigadores forenses no tuvieron permitido entrar en la escena del crimen durante días. Los perros royeron partes de los cadáveres.
“Estamos pidiendo una investigación independiente porque se declaró cerrado el caso demasiado rápido, demasiado pronto”, dijo Jefferson Nadua, sacerdote parroquial. “Es un asunto serio que debe analizarse a detalle debido a que la amenaza no solo es local. Quizá venga del exterior, del Estado Islámico”.
Durante décadas, las insurgencias locales como Abu Sayyaf, que lanzó una campaña de bombardeos y decapitaciones, han prosperado en las selvas y los mares anárquicos que se extienden hacia Malasia e Indonesia.
En la década de 1990, después de que los filipinos regresaron de los campos de batalla muyahidines en Afganistán y las madrasas de línea dura en Yemen y Arabia Saudita, los agravios locales se unieron a los llamados globales a favor de la yihad. En un tramo con forma de luna creciente en el sureste de Asia, los militantes soñaban con un califato libre del gobierno secular.
Jemaah Islamiyah, el grupo derivado de Al Qaeda que asesinó a más de 200 personas en un club nocturno de Bali en 2002, entrenó a reclutas en las junglas de Filipinas.
Después, mientras el Estado Islámico construía su califato en Medio Oriente, conectó a militantes divergentes en Filipinas bajo una sola línea ideológica, comentó Sidney Jones, directora del Instituto para el Análisis Político de los Conflictos en Jakarta, Indonesia.
“El gobierno no reconoció la fuerza con que atrajo a todos, desde estudiantes con educación universitaria hasta a niños de Abu Sayyaf en la jungla”, dijo Jones. “Sin importar qué pase con la coalición pro-Estado Islámico en Mindanao, ha dejado a su paso la idea de un Estado Islámico como alternativa deseable a la democracia corrupta”.
Los funcionarios de Basilán dicen que la isla ahora está a salvo de los separatistas de Abu Sayyaf, que comenzaron su lucha en 1991. Las autoridades locales insisten en que no hay combatientes ocultos en la jungla, y afirman que los rebeldes quedaron reducidos a alrededor de veinte rezagados que ya atraparon.
Sin embargo, Besana dice que el número total de militantes en Basilán es quizá de 200, y su líder ha jurado lealtad al Estado Islámico.
Indama, el excombatiente que dice que se salió de Abu Sayyaf el año pasado porque rechaza la ideología del Estado Islámico, aseguró que vio agentes extranjeros en los campamentos en la selva de Basilán.
La idea de que no había combatientes extranjeros escondidos en Basilán quedó destrozada en julio pasado cuando se convirtió en el sitio del primer atentado suicida en Filipinas.
El Estado Islámico se adjudicó el ataque, en el que murieron once personas, y afirmó que había sido obra de un recluta marroquí. Las autoridades filipinas en un inicio negaron que un atacante suicida hubiera llevado a cabo el ataque, y sobre todo que lo hubiera realizado un extranjero. Semanas después, admitieron que el responsable había sido un atacante suicida de origen alemán-marroquí.
Eduardo Año, secretario del Interior, ha culpado a una pareja indonesia por el ataque de Jolo, aunque los investigadores indonesios dicen que hay pocas pruebas para afirmarlo.
Besana reconoció que hay combatientes extranjeros ocultos en las colinas de Jolo, bajo el mando de Hatib Hajan Sawadjaan, quien se cree que remplazó a Hapilon como emir regional del Estado Islámico.