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Trasfondo

El destape de los pedófilos: Análisis

Wade Robson, (izq), el director Dan Reed y James Safechuck realizaron el documental “Leaving Neverland” que contó los abusos de la estrella del pop Mickael Michael Jackson cometió contra ellos cuando eran niños.
Wade Robson, (izq), el director Dan Reed y James Safechuck realizaron el documental “Leaving Neverland” que contó los abusos de la estrella del pop Mickael Michael Jackson cometió contra ellos cuando eran niños. Taylor Jewell/Invision/AP

Después de ver el documental de HBO (Leaving Neverland), los testimonios de los hoy adultos -ayer niños- que fueron abusados sexualmente por la superestrella Michael Jackson, se entiende mejor el dolor que queda en el alma de esos hombres. Aquellas criaturas inocentes de 5, 7 o 9 añitos, empujados a realizar actos sexuales de todo tipo con un adulto que a la vez era su ídolo -ídolo mundial de multitudes-, son todavía hoy víctimas de una confusión que marcó para siempre su psiquis. Tan fuerte fue el miedo que los descubrieran, bajo la amenaza de cárcel, que no es hasta ahora que se han atrevido a contarlo, después de muchos años de psicoterapia, maduración, honestidad ante el mundo y sinceridad consigo mismos.

¿De qué tamaño es el desconcierto y angustia en un niño que crece con este secreto guardado tan celosamente que no es capaz sino hasta 30 años después de hablarlo, analizarlo en toda su dimensión, comprender el horror vivido, y tratar de curar la herida todavía abierta?

No pocas víctimas han permanecido en silencio durante años, sin compartir el recuerdo con nadie. Cada vez son más lo que se atreven hoy en día a romper el sello del silencio que los arropaba hasta ahora. Sobre todo aquellos que han sentido la responsabilidad, al ser padres, y plantearse la posibilidad de que a su hijo pueda sucederle lo que a él. Es entonces cuando se disponen a confrontar su pasado, y recordar con valentía los hechos y decidirse a hablar con el fin de pedir ayuda, y enfrentar la situación. Al confrontar el horrendo recuerdo aguantado en secreto, empieza la sanación. Ahora, como adulto, y ante la posibilidad de que esa pesadilla se repita en otro ser inocente, despierta de golpe al verse reflejado en su hijo. Y habla. Ese terrible temor, planteado desde ese pasado callado, abre las puertas con el fin de evitar un temor mayor. Sirve entonces no solo para evitar algo monstruoso, sino también para comenzar el camino hacia el perdón propio. Uno de esos niños, ahora adulto y padre, ha roto las cadenas de su secreto, y ha declarado públicamente lo que Michael Jackson le obligaba a hacer y callar, bajo la más terrible amenaza.

En sus habitaciones privadas, en su mansión de California, esa criaturita de apenas siete años era compelido a ver películas pornográficas con Michael, y, entre otras cosas, a practicar sexo oral al amigo-ídolo-estrella máxima y única de la música pop, que para entonces tendría 30 años de edad cronológica. Ese mismo Michael Jackson que continuaba con voz y personalidad infantil, y le gustaba jugar con niños pequeños, terminaba practicando la pedofilia con ellos. Aquel niño que el cantante invitaba a vivir en su casa -para jugar-, sentía una cosa rara en el estómago, que no sería otra cosa que pánico, ante aquellos pedidos, prácticas, y actos atroces a su tierna edad. No fue hasta el 1993 que por primera vez Jackson fue acusado de “molestar” a otro niño, y obligado a pagar $23 millones para cerrar un caso civil (to settle a civil case).

Diez años más tarde, en 2003, la estrella pop fue acusada de dar alcohol y mostrarle pornografía a otro niño para seducirlo. De este caso también salió absuelto (aquitted) dos años más tarde.

Hoy son adultos y profesionales aquellos dos niños, Wade Robson y James Safechuck, que en días recientes fueron el centro de un documental realizado y presentado por la cadena HBO de televisión.

¿En qué mundo hemos estado viviendo? Y ¿en qué mundo vivimos? ¿Es diferente ahora porque ahora nos enteramos todos los días de casos similares, de abusos sexuales entre figuras prominentes y menores de edad? ¿O es que ahora hay más denuncias que antes porque antes los tabúes y la vergüenza no permitían hablar de eso? Si ahora son miles los que denuncian actos de pedofilia es porque una vez que se destapa la olla habría que inferir que esto ha sucedido siempre y es ahora que el mundo se atreve a denunciarlo. Son miles los casos que han salido y siguen saliendo a la palestra mundial.

Empujar, obligar a que una criatura pierda la inocencia, -la característica más hermosa de un ser humano porque no ha abierto los ojos a la conciencia de la maldad-, es el acto más abyecto, deshumanizado, reprobable, violento, y espantoso en que puede incurrir un ser humano.

¿Qué puede ser peor que esta inhumanidad? ¿Puede haber algo más perverso que inducir a un pequeño o a una pequeña a actos lascivos, que ni entienden, ni sienten, ni saben hacer, pero que se convierte en algo espeluznante desde el momento en que es a puertas cerradas, en secreto, bajo amenaza de cárcel si los descubren con alguien que lo obliga y que a la vez es respetado y admirado por la sociedad? ¿Con premeditación, coerción y alevosía?

Si, además, esta relación sexual -adulto/niño- comprende una persona consagrada a Dios con un menor -el acto se vuelve todavía más repugnante.

Los curas pedófilos

Durante décadas “la cultura del secreto” ha predominado en la Iglesia Católica por encima de la cultura de la verdad, de la transparencia, de la humildad y de la compasión con las víctimas. Ha llegado el momento del ¡Basta ya!

Mientras los niños han sido presas fáciles para los sacerdotes pedófilos, sus superiores se han hecho de la vista larga y han desconocido los abusos o rotado a los culpables a otras parroquias, repitiendo el comportamiento abusivo en la siguiente ciudad. Ahora, 20, 30 o 50 años después se ha sabido de múltiples acusaciones de pedofilia que en ciertos lugares han vencido por ley.

De 1950 a 2002 en Estados Unidos fueron reportados 4,392 casos de pedofilia cometidos por sacerdotes, según las cifras recopiladas por el John Jay Report (2004), a petición de los Obispos Católicos de Estados Unidos.

Las denuncias de pederastia y pedofilia han alcanzado no solo a los sacerdotes sino también a obispos y cardenales. (Cardenal McCarrick de Washington expulsado del sacerdocio, Cardenal Pell en Australia, condenado solo a seis años de prisión, entre otros).

Desde la década del 1950 la Iglesia ya enviaba a los sacerdotes pedófilos a centros médicos o a una institución en New Mexico para “curarse”. Y en 1992, la periodista de televisión Diane Sawyer presentó el caso de un sobreviviente de abuso sexual por un sacerdote al que acusaron de haber abusado de 100 niños en Massachusetts.

Pero no fue hasta que se proyectó la película Spotlight en 2015 que el escándalo empezó a tomar fuerza en el conocimiento del público. El filme fue basado en la extensa investigación sobre curas pedófilos realizada por el periódico The Globe, de Boston (2002).

Pasados los años, y más recientemente, denuncias similares han alcanzado cifras tan alarmantes en todo el mundo católico que el Papa Francisco se ha visto precisado a citar a una Cumbre de Obispos en Roma el pasado febrero en la que se tomaron algunas medidas preventivas para tratar de detener este tipo de crimen.

En los últimos meses, en Estados Unidos se han reportado tantos casos en diócesis del Este del país que han llamado la atención de los medios de comunicación. Las historias se repiten casi a diario si no es en periódicos o en los canales de televisión, por los medios digitales.

Por ejemplo, en agosto pasado en el estado de Pensilvania un Gran Jurado publicó un informe de 900 páginas que detalla décadas de abuso sexual practicado por 301 curas a 1000 víctimas en las diócesis de ese estado. A su vez, Brooklyn, en Nueva York, reportó 100 casos de sacerdotes pedófilos. En New Jersey, 200 casos, en otras ciudades del Noreste, 50. Igualmente se han destapado casos de pedofilia por sacerdotes de Virginia, Texas, Louisiana, Missisipi, South Dakota, Maine. En la Florida, 41 sacerdotes fueron acusados en la Arquidiócesis de Miami hasta 2013, y en Orlando acusaron a 13. (Cifras obtenidas en SNAP Survivor Network of Abused persons by Priests, un grupo de apoyo formado por hombres y mujeres que han sido afectados por religiosos o autoridades institucionales.)

En un informe que vio la luz el jueves pasado, la Iglesia Católica de Polonia dio a conocer la cifra de niños abusados sexualmente que fueron reportados de 1990 a 2018: 625 casos de niños menores de 15 años. Los curas pedofilos acusados suman 382, en un país eminentemente católico (87 por ciento confiesan esa fe).

La Iglesia Católica ha sido muy lenta y sigue siéndolo en resolver este magno problema que afecta la vida de tantos hombres y mujeres en el mundo. Hasta ahora solo hay denuncias, destape público, artículos de periódicos, regaños, obispos encargados de trasladar a religiosos abusadores a otras diócesis, encubrimientos, mentiras, reincidencias, repudio, y desequilibrio.

La Cumbre o Congreso realizada en el Vaticano el mes pasado ha sido un comienzo bastante vago y débil. Que se resume en “prevenir el encubrimiento” futuro, que solo sirve como paliativo para proteger la reputación de la iglesia católica y el papado de Francisco I.

La comunidad católica se plantea dudas hasta de fe ante estos hechos: ¿hasta dónde se puede confiar en un sacerdote? ¿Qué castigo merecen? ¿Cómo es posible que estos sacerdotes sigan dentro de la Iglesia? Hace poco le oí decir a una señora católica que el Papa debería fabricar un edificio/cárcel para los curas pedófilos, aislados del mundo exterior, en donde se dedicaran a hacer algún trabajo que ayude a la Humanidad.

Otras personas opinan que el problema es tan enorme, serio y catastrófico que la Iglesia no se puede permitir el lujo de tomar acción rápida y tenaz contra estos curas pecadores, y que tomará mucho tiempo en limpiar la casa de los violadores de la inocencia. Y pienso en las palabras de aquel Jesús del Evangelio que predicaba por las calles de Judea cuando dijo furioso: “Al que escandalice a uno de estos pequeños más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino lo hundan en lo profundo del mar. (Mateo,18,6)”

¿Qué diría hoy ese mismo Jesucristo de sus consagrados obispos y sacerdotes violadores sexuales de pequeños inocentes?

Mientras tanto, ¡caiga todo el peso de la ley a los infractores del más sagrado derecho de todo ser humano: la protección de la infancia!

Gloria Leal es periodista y escritora.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de marzo de 2019, 11:56 a. m..

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