Trasfondo

Notre-Dame de París o Notre Dame de París

El guioncillo intercalado en el nombre de la catedral más célebre de Europa habla por sí solo. Para diferenciar a la Virgen (o sea, a Notre Dame o Nuestra Señora), en cuerpo y alma, del nombre de un edificio que lleve su nombre o el de cualquier otro santo, la lengua francesa suele intercalar guiones. Así, por ejemplo, saint François (sin el guión) es San Francisco, en carne y espíritu; de la misma manera que Saint-François (esta vez con el guión) sería cualquier edificio religioso u obra que lleve el nombre de este popular santo italiano.

Esta regla sutil del francés significa mucho: seamos o no creyentes de lo que se trata aquí es de recuperar un monumento cuyo incendio conmocionó al mundo entero. Es decir, salvar a Notre-Dame con guión, esa mole de piedras legendarias, maravillosa y única, ese libro abierto repleto de relatos, y cuyos símbolos viajan hacia lo infinito para materializar lo que todo ser sensible aspira: a elevarse cada día hasta en los actos y acciones más ordinarias.

La armazón de robles milenarios de Notre-Dame ardió en la tarde del 15 de abril, en plena celebración de la Semana Santa. Esa armazón de carpintería sofisticada y enrevesada, conocida como ‘‘el bosque’’ era invisible a simple vista porque se hallaba entre la techumbre de plomo exterior y las bóvedas interiores de la nave y el transepto. Por ser de madera muy seca de árboles que ya tenían 400 años cuando empezó su construcción en 1163, ardió tan rápido que resultó imposible salvarla.

Como cuando las Torres gemelas de Nueva York me encontraba en la calle, ocupado en asuntos cotidianos sin importancia, cuando la pantalla de televisión de un café por donde pasaba me devolvió la imagen dantesca de la aguja de Viollet-le-Duc cayendo envuelta en llamas. Y luego, como muchos, viví horas de angustia esperando a que toda la estructura se derrumbase de un momento a otro consumida por el fuego.

Había visitado Notre-Dame, justo unos días antes, con el escritor Carlos Manuel Álvarez y su amiga Carla, ambos de paso por París, la ciudad en que vivo desde hace casi tres décadas. Me quejé, como hago a menudo, por el exceso de visitantes, la larga cola en la explanada y la masa compacta de turistas dentro del templo. Así y todo, en medio de las voces de los guardianes exigiéndole silencio a la muchedumbre, pude evocar la admirable altura de los contrafuertes de las naves y recordamos que el arte gótico surgió justamente en esta región de Francia porque la altura, la verticalidad y la disposición armoniosa de las columnas no es otra cosa que la imitación del paisaje natural de los bosques que rodeaban (y rodean aún) a París. No podía imaginar entonces que ese ejército de piedra, como lanzas enhiestas, y el de troncos de roble de su corona pudieran arder pocos días después.

Notre-Dame es mítica por múltiples razones que no voy a enumerar aquí porque desconocidas no son las coronaciones y funerales allí ocurridos, la riqueza del tesoro y sus reliquias, las intertextualidades literarias, las representaciones pictóricas y musicales, la absoluta perfección de lo que se dice es el órgano más completo y valioso del planeta, los estigmas provocados por guerras, saqueos, decapitaciones y expolios.

Este libro incunable repleto de símbolos que data de la época en que el pueblo analfabeto solo podía (y debía) leer a través de las imágenes esculpidas, talladas, pintadas o representadas en vitrales u otros objetos, es como un barco que boga hacia la desembocadura del Sena y que espera paciente, en el corazón de París, para soltar sus amarras.

Notre-Dame ardía. Una idea fija, la de conminar el destino más que la de elevar una plegaria a la propia Notre Dame (esta vez sin guión), ocupaba mi mente. ¡Qué se salven los rosetones, que los vitrales de los siglos XII y XIII (los más valiosos de Francia con los de la Sainte-Chapelle) no se resquebrajen por el efecto del fuego al derretir sus marcos de plomo!

La violencia de las llamas, la impresión de que los bomberos no daban abasto, tal vez la conciencia del valor incalculable de este rompecabezas escenográfico de vidrio, unido a la fatalidad de la que nunca he podido desprenderme por venir de un país hundido por la debacle de la Historia, hacía que diera el monumento por perdido. Y así me acosté, frustrado y dolido, para no ver la muerte de la dama, con el temor de levantarme al día siguiente huérfano y de encontrar en su sitio un Ground Zero, esa pesadilla de hueco que una vez dejó el WTC en Manhattan.

Los seres racionales seguimos preguntándonos cómo la obra pudo sobrevivir. La estructura, los vitrales, el órgano, las esculturas, la mayor parte de las bóvedas, las torres, los contrafuertes, el tesoro, las reliquias, la sillería del coro y hasta el gallo que se elevaba por encima de la aguja y que alguien rescató de entre las teas chamuscadas de la techumbre porque el gallo es el símbolo de Francia y porque contiene la razón fundacional de la nación.

En vez de malgastar Legiones de Honor y otras distinciones en dictadores corruptos, ladronzuelos y otros simuladores, la República Francesa debería condecorar a Jean-Marie Fournier, el capellán del cuerpo de bomberos y a cada bombero allí presente. En lugar de perder el tiempo en debates estériles sobre lo desprorcionado del impacto mediático, la gente debería (ya que casi siempre son los que más protestan quienes menos conocen el tema) aprovechar para enterarse del porqué de su valor. En vez de buscar signos, profecías y entregarse a otras supercherías, sería mejor mirar ahora hacia otros tesoros inestimables del mundo, cuidarlos y velar por que algo así no vuelva a ocurrir.

Todavía no sé muy bien, en medio de la congoja y la desgracia, a quién agradecer porque Nuestra Señora (sin guiones porque en español las dos son la misma cosa) haya resistido. Ahora espera paciente, una vez más, a que la acicalemos, como otras tantas veces, para surcar el Sena. Para llevarnos, como siempre hizo, desafiando el tiempo, en su eterno y memorable viaje.

William Navarrete es un escritor cubano residente en París.

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