Trasfondo

Arte urbano: subversión, protesta, estética y negocio

Vista de un graffiti del artista callejero británico ‘Bansky’, en Queens, Nueva York, en octubre de 2013.
Vista de un graffiti del artista callejero británico ‘Bansky’, en Queens, Nueva York, en octubre de 2013. EFE/EPA

Los marchantes ya han entendido que algunos de los conocidos como artistas urbanos son los Piccasso y Monet de nuestra época. Sus acciones en las ciudades ponían en el mapa lugares olvidados y temas obviados, pero tiende cada vez más a un negocio. Y no siempre para los artistas.

PROTESTA, ACCIÓN Y REACCIÓN

En los años ochenta, Nueva York fue el escenario de la explosión del grafiti, uno de los cuatro pilares de la cultura hip hop, junto con la música rap, el “turntablism” y el “break dance”. En las calles, el hip hop se mezclaba con otras corrientes culturales subterráneas como el punk. Pronto el grafiti se convirtió en un modo de comunicación entre ellas.

Los artistas usaban espray para dejar sus firmas en paredes, baños públicos, estaciones de metro y tren, autobuses… A medida que su uso se extendía, el grafiti se utilizó para plasmar mensajes políticos y de protesta, dándole el carácter subversivo que algunos retienen hoy en día.

En el periodo entre los años 1960 a los 1980 se sitúan los artistas clave de la historia de este tipo de arte. Darryl McCray, más conocido como Cornbread, un chaval cuyo apodo le fue impuesto en el correccional en el que estuvo, es considerado el padre del grafiti.

Cuentan los gurús de este arte, que Cornbread se enamoró en los sesenta de una chica llamada Cynthia que también estaba en el reformatorio. Cuando salió, el joven escribió en las paredes cerca del edificio “Cornbread ama a Cynthia”, para que ella lo leyese. Acabó tomándole gusto y siguió firmando por toda Filadelfia. También en el avión de The Jackson 5, lo que lo llevó a pasar un tiempo en el calabozo.

En la siguiente década, a finales de los setenta, Jean Michel Basquiat llenó todo Nueva York con su firma, SAMO, que venía acompañada de pequeñas frases reivindicativas, poéticas o sarcásticas. SAMO murió con un grafiti en 1980 que ponía SAMO IS DEAD. Pero se reencarnó en un artista más convencional, de lienzos y galerías.

Keith Haring, considerado uno de los impulsores del arte moderno y urbano y coetáneo de Basquiat, comenzó a pintar en las pizarras en las que se dejaban anuncios del metro de la Gran Manzana.

Más allá de firmas o frases, sus líneas simples y sus personajes reconocibles pronto le dieron reconocimiento fuera de su EEUU natal. Antes de que acabasen los ochenta, cuando aún era un escándalo invitar a artistas callejeros a eventos artísticos, Haring ya viajaba por todo el mundo acudiendo a la llamada de ciudades y museos.

Haring solía elegir los barrios más deprimidos de los sitios que visitaba para dejar sus murales. En Barcelona (España), eligió una de las calles más castigadas por la epidemia de la droga en el barrio del Raval para pintar su mural contra el VIH.

En Ámsterdam, el año pasado se descubrió un mural que pintó durante una visita a la ciudad en 1986 en uno de sus barrios más pobres.

Arte y activismo. Arte y protesta. Arte y concienciación eran binomios que gran parte de los artistas urbanos dejaban claros con sus pinturas.

Europa no era una excepción y, cuando la cultura hip hop cruzó el charco, artistas locales empezaron a llenar las paredes con sus firmas y diseños. Xavier Prou, más conocido como Blek Le Rat, comenzó a pintar las paredes de su París natal en 1981.

Blek Le Rat fue el impulsor del esténcil, el uso de plantillas para pintar con espray. “Decidí usar plantillas por una razón: no quería imitar el grafiti americano que había visto en Nueva York en 1971. Quería tener mi propio estilo y empecé a plasmar con espray pequeñas ratas en las calles de París. Las ratas son los únicos animales salvajes que viven en las ciudades y solo ellas sobrevivirán cuando la raza humana haya desaparecido”, cuenta Prou en su página web. A menudo sus pinturas tenían un trasfondo social.

¿PROTESTA O NEGOCIO? PROTESTA Y NEGOCIO

La evolución del movimiento artístico fue paralelo al cambio de la imagen que se tenía de él. Aunque ahora siga siendo molesto tener paredes pintadas con grafitis de dudosa calidad o gusto, tener alguna obra de artistas urbanos reconocidos es un atractivo para cualquier ciudad.

Lo que antes era arte marginalizado, de protesta, ejercicios de vandalismo y creatividad indeseable para las autoridades, es ahora objeto de deseo para galerías y coleccionistas privados.

Y he aquí la encrucijada. Los más puristas creen que cuando una obra de arte callejero se vende, el artista se ha vendido, defienden que pierde la esencia original. Pero lo cierto es que el arte urbano se mueve ya paralelamente en un mundo de élites.

En 2016, la Universidad de Warwick, en Reino Unido, publicó un estudio en el que se veía cómo los precios de los inmuebles subían en los barrios en los que había una mayor proporción de arte urbano.

Shepard Fairy, el artista detrás de los míticos carteles Obey, tiene un patrimonio estimado de alrededor de $15 millones, según WideWalls, una galería especializada en arte urbano.

Fairy comenzó con los pósteres “André Giant has a Posse”, sobre los que poco a poco ha construido un imperio. En 2008 hizo los carteles electorales para el expresidente de los Estados Unidos Barack Obama, después colaboró con Urban Outfitters para una línea de ropa, entre otras actividades empresariales.

Las marcas no son impermeables al éxito del “Street Art” y, desde hace algunos años, pelean por incluirlo en su oferta.

Por ejemplo, la firma francesa Lacoste acaba de lanzar una colección con los diseños de Haring y otras grandes compañías también usan este tipo de arte en sus campañas de publicidad.

BANSKY EL ARTISTA URBANO MÁS FAMOSO DEL MUNDO

“No me creo que de verdad que hayáis comprado esta mierda”. Esta frase es del británico y anónimo Banksy. El artista urbano más famoso del mundo. Y la escribió en su página web el día después de que la casa de subastas londinense Sotheby’s vendiese tres de sus trabajos por muchos cientos de miles de dólares.

En octubre del año pasado, la lámina de Banksy, de niña y un globo rojo que se escapa, salió a subasta. Cuando acabó la puja y se cerró en $1.3 millones, aproximadamente, el público asistió incrédulo a la casi autodestrucción de la misma.

Esto dejaba claro la opinión que le merece al artista que sus obras se vendan en galerías o subastas, a través de terceras personas. Él aseguró que algo falló durante la trituración de la hoja, porque la idea era la destrucción total de la misma.

Según algunos expertos consultados por un medio británico al día siguiente, esto que algunos vieron como una crítica anticapitalista, pudo elevar el valor de la obra.

La mujer que había pagado más de un millón por ese trabajo, aseguró que seguiría adelante con la compra ya que ahora adquiría, además, “un momento” en la historia del arte.

Hace algunos años, en Central Park, en Nueva York, se pusieron a la venta durante todo un día “lienzos de Banksy firmados, 100 POR CIENTO originales” a $60 cada uno. Solo se vendieron ocho, con un valor de mercado actual estimado, según Forbes, de $200,000. La intención del artista con esta venta, que era real, era evidenciar la mecánica mercantilista y capitalista del sistema de compraventa de arte.

el año pasado, un artista estadounidense que pagó $730,000 por un esténcil de Banksy, arrancado de la pared de un supermercado londinense, aseguró que lo destruiría porque “el arte callejero no debe ser vendido y comprado”. Tal vez el mensaje de Banksy sí haya calado en algunos.

Sin embargo, Banksy no necesita dinero. La revista Forbes publicó en 2013 que se estima que su patrimonio neto llegaba a los $20 millones, aunque contrastar estas cifras es casi imposible ya que nadie sabe quién es.

Banksy hace dinero como el resto de los artistas, vendiendo su arte. Sin embargo, lo hace por debajo de su precio de mercado, según aseguró a la publicación Artspace Huw Lougher, un marchante que vende Banksies, entre otras obras. Y sin intermediarios.

“Es inteligente y está claro que está en una situación privilegiada. Lo que él y su equipo han creado en los últimos 20 años significa que ahora, cuando vende, se lleva todo”, dijo Lougher a la revista.

Banksy también dirigió un documental, “Exit Through the Gift Shop”, que recaudó más de cinco millones de dólares en taquilla y ha publicado varios libros con fotografías de sus trabajos y textos escritos por él.

“The Office of Pest Control”, o la oficina de control de plagas, es la única vía por la que alguien puede comprar un Banksy de primera mano, pero en la página web siempre se señala que no hay nada disponible.

Es por esto que en las ventas de sus obras por parte de terceras personas se alcanzan precios que superan los cientos de miles de dólares. Sobre todo, en las de aquellas arrancadas de una pared y por las que el artista no se lleva nada.

Banksy vive de su trabajo y no parece tener problemas para llegar a fin de mes, sin embargo, el éxito comercial de sus obras no acaba de convencerle.

“No hay manera de evitarlo, el éxito es una marca de fracaso para un artista del grafiti. Cuando ves cómo la sociedad recompensa a tantas personas equivocadas, es difícil no ver la transacción como una insignia de mediocridad interesada”, dijo Banksy a Village Voice en 2013.

“Obviamente el trabajo hay que pagarlo, sino solo tendrías vandalismo hecho por empleados a media jornada y niños ricos”, dijo el artista. “Pero es complicado, cuando sacas provecho de una imagen que has puesto en la pared, mágicamente se transforma en publicidad. Si el grafiti no es criminal, pierde casi toda su inocencia”, añadía.

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