Trasfondo

La naturaleza que deslumbró al muchacho de Vinci

Facsímil del 'Codex sobre el vuelo de los pájaros' conservado en la casa natal de Leonardo, en Vinci.
Facsímil del 'Codex sobre el vuelo de los pájaros' conservado en la casa natal de Leonardo, en Vinci.

¿Cómo surge un genio? La respuesta es compleja pero se puede afirmar que ya desde su infancia, Leonardo observó con ahínco el mundo agreste que le rodeaba, el ímpetu motriz del agua, el brillo de la luz, la densidad del aire o el comportamiento de la flora y de la fauna.

Fenómenos todos con los que tuvo contacto en su tierna infancia en Vinci (centro de Italia) y que alimentaron su legendaria imaginación, enriquecieron sus tratados científicos e impregnaron indeleblemente su creación artística.

Vinci es un remanso de calma y sosiego en plena Toscana italiana solo profanado por el deambular de grupos de turistas que peregrinan por esta pequeña localidad medieval atraídos por el mito de su vecino más ilustre, Leonardo, que da nombre a prácticamente todo: estancos, bares, restaurantes, hoteles y negocios de todo tipo.

En esa tranquilidad nació Leonardo Da Vinci, genio universal del que ahora se cumplen quinientos años de su muerte en Francia.

Vino al mundo como hijo ilegítimo en el seno de una familia bien avenida de notarios, la de su padre, ser Piero, que dejó embarazada a una joven campesina de nombre Caterina de la que poco se sabe.

EL JOVEN LEONARDO ANTE EL MUNDO

La tradición asegura que vivió en una casa en la próxima pedanía de Anchiano, aún hoy visitable. Se trata de una vivienda de piedra y techo con grandes vigas de madera dividida en tres grandes salas entre las que destaca una gran chimenea de ladrillo. Allí creció el muchacho, en continuo contacto con la naturaleza, hasta su traslado a Florencia en algún momento entre 1462 y 1469.

En ese entorno, bajo la tutela de su abuelo Antonio y de su tío Francesco, afloró su inquietud por el mundo y su sagaz observación, legada a la posteridad en sus numerosos tratados sobre la anatomía de hombres y animales, así como en sus ingenios para la arquitectura, el transporte e incluso para la guerra.

En la casa se expone un facsímil de su “Codex sobre el vuelo de los pájaros” (1505), custodiado en la Biblioteca Real de Turín (norte del país) y que le sirvió para sus diseños de máquinas voladoras, lo que da nueva muestra de lo insaciable de su curiosidad ante la naturaleza.

La directora del Museo y de la Biblioteca Leonardianos de Vinci, Roberta Barsanti, cree que este ámbito “juega un rol importantísimo” en sus creaciones: “Tanto en su actividad artística como en sus especulaciones científicas y filosóficas reserva una gran atención a la naturaleza y sus fenómenos”, subraya en una entrevista.

El elemento que inquieta en mayor medida al joven artista es el agua, al percatarse de los cambios que generaba a su paso por la zona de Vinci, bañada por varios regatos.

En su vida planteó un conjunto de presas en su pueblo, una “autopista” fluvial para conectar Florencia con el mar, ideó puentes de rápida construcción, destinados a la ingeniería militar, así como un sinfín de embarcaciones inspiradas en la tradición clásica pero con aplicaciones que harían más ágil la navegación, como los molinos.

LA NATURALEZA VIVA DE SUS OBRAS

Como no podría ser de otra manera, este universo natural está también muy presente en sus obras pictóricas más célebres, como el fondo de “La Gioconda” o “La Virgen de las rocas”. Pero sobre todo en sus estudios, copados por infinitos dibujos y bocetos sobre animales o plantas.

El Museo de Vinci custodia ahora con celo el considerado primer paisaje que el maestro realizó con apenas 20 años, datado en 1473 y prestado por la florentina Galería de los Uffizi con motivo del quinto centenario de su muerte. En este grácil dibujo en tinta Leonardo representa en primer plano un promontorio de roca sobre el que los árboles se mueven azotados por el viento.

De su parte más alta cae una catarata sobre un lago delimitado por juncos, en frente hay un castillo y en el fondo se impone un horizonte cortado por montañas entre las que destaca el pico de Monsummano, aún hoy perfectamente visible desde los campanarios de Vinci.

El fondo del dibujo además aparece difuminado, gracias a su técnica del “sfumato”, pues Da Vinci se percató de que la densidad del aire afecta al modo en que se ven los objetos más lejanos.

“Son estos parajes y estas vistas las que Leonardo se llevó consigo”, apunta la directora Barsanti, asomada a un mirador que da a un frondoso bosque.

TRASLADO A LA CAPITAL DEL RENACIMIENTO Y NACIMIENTO DEL MITO

En los primeros años de juventud el artista, empapado por todo el conocimiento adquirido en su pueblo natal, llega a una Florencia que había hecho de la cultura, el arte, la filosofía y el pensamiento su principal patrimonio. Allí su padre le introduce en el taller del pintor Andrea Verrocchio.

Es el inicio de una trayectoria que le llevaría a trabajar para las casas nobiliarias más potentes de aquel mundo, como los Medici de Florencia o los Sforza de Milán.

Y en la capital toscana enseguida despuntó. Cuenta el biógrafo Giorgio Vasari (1511-1574) que en una ocasión, el joven Leonardo pintaba un ángel para una tabla sobre el bautismo de Cristo de Verrochio, posicionándolo de espaldas al espectador, y este, al ver la destreza del muchacho, decidió abandonar los pinceles y dedicarse a otras disciplinas.

Fue el origen de un vida en la que conjugó como nadie antes en la historia la ciencia con el arte, despuntando en disciplinas como la ingeniería, la física, la mecánica, la óptica, la botánica, la geología, la anatomía, la música, el urbanismo, la arquitectura, la lengua, la pintura, la escultura o la filosofía.

En su libro “Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos” (1550), Vasari asegura que el maestro “hubiera obtenido grandes beneficios de sus estudios de ciencias y letras si no hubiese sido caprichoso y voluble, pues comenzaba a estudiar muchas cosas y luego las abandonaba”.

Aunque sus estudios temáticos y su destreza artística le convirtieron en uno de los artistas más apreciados de su tiempo y, a la postre, de la historia, capaz incluso de hacer llorar a un rey, Francisco I de Francia, el día de su fallecimiento. Fue el 2 de mayo de 1519.

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