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Trasfondo

Azafrán, el ‘oro rojo’ y la salvación de Afganistán

Empleadas en un centro de procesamiento del azafrán.
Empleadas en un centro de procesamiento del azafrán. NYT

En los primeros días del control del Talibán en 1990, un agricultor que ganaba muy poco comenzó a viajar de pueblo en pueblo en el oeste de Afganistán proponiendo a los agricultores algo inusual: cambien las cosechas de trigo tradicionales y enfóquense en el azafrán, la especia conocida por que requiere labor intensiva.

Para muchos, incluyendo algunos de los jefes de ese hombre en la organización danesa de ayuda, la propuesta estaba mal enfocada, incluso podía parecer absurda, y por supuesto más allá de los $50 que le pagaban mensualmente. Afganistán estaba en medio de una sequía brutal con amenaza de hambruna. Darle de comer a los afganos era la prioridad.

Pero ese trabajador, Hashim Aslami, estaba obstinado y su argumento tanto para con sus jefes como para con los agricultores era que aunque la cosecha de esa especia podía ser difícil y consumía tiempo, la recompensa financiera podía ser sustancial: conocida como “el oro rojo”, el azafrán se puede vender hasta por $700 la libra en un mercado local y por mucho más en otros lugares. Incluso el azafrán podría ser un sustituto competitivo para las flores de opio, explicaba Aslami, aunque sabía que no era adecuado para todas las áreas del país.

Eventualmente convenció a los jefes y se ganó una beca de $100 para comenzar un programa piloto en cuatro fincas en la provincia de Herat.

Dos décadas después, Aslami, de 63 años es uno de los orgullosos visionarios de una historia extraña de éxito: una industria de exportación de $25 millones que continúa creciendo a pesar de la guerra aparentemente interminable de Afganistán. Afganistán es hoy en día la tercera productora mundial de azafrán, detrás de Irán e India.

Aslami se convertido en el principal consejero del gobierno en cuanto al floreciente sector de azafrán, que según él está creciendo cerca de un 20 por ciento año. Como alguien que ve en el trabajo el mayor propósito de su vida, Aslami pasa sus horas inmerso en azafrán, en reuniones, en lecturas y en conversaciones.

“Excepto cuando duermo, el resto de mi tiempo está dedicado al azafrán”, dijo Aslami con una sonrisa durante una entrevista en su pequeño apartamento sobre un banco en el centro de Kabul, la capital de Afganistán. Su esposa, con la que lleva casado 30 años, Talat Aslami, está sentada a su lado.

Incluso sus sueños, dijo, han sido infiltrados por la especia. “Una vez soñé que había conseguido todos mis deseos”, explicó. “Que estábamos produciendo 50 por ciento del azafrán mundial y ¿qué se supone que hiciera entonces? De momento me desperté”, dijo riendo.

Por el momento le falta bastante para realizar su sueño. El azafrán afgano es solo un 4 por ciento de la producción global. De las casi 430 toneladas de azafrán que se produjeron el año pasado, 16 vinieron de Afganistán, dijo Aslami. La mayoría, un 90 por ciento, vino de Irán, que fue donde el primero conoció esta especia.

Allí llegó en 1981 como refugiado, recién acabado de graduar con un diploma en agricultura de la Universidad de Kabul. Se había enfocado en agricultura por consejo de su madre quien solía plantar vegetales para ayudar a alimentar a su familia de 10.

Fue una época complicada. En 1979, cuando Aslami lleva dos años estudiando en Kabul, la Unión Soviética invadió, derrocando la naciente república afgana e instalando un gobierno comunista. Según Afganistán se iba sumiendo en un caos, Aslami dijo que su clase de 120 estudiantes acabó con 15. Algunos se fueron del país, otros fueron desaparecidos por el brutal nuevo régimen, muchas veces sacados del aula a la fuerza.

“Si alguien venía a la clase y leía tu nombre, sabías que estabas acabado”, comentó.

Por consejo de su familia, Aslami se fue a Irán, en donde se quedó por más de una década, llevando a cabo investigaciones y trabajando con aldeanos para mejorar las condiciones y técnicas de cultivo. Ahí fue también donde se percató de la promesa que el azafrán podría significar para los agricultores afganos.

El azafrán es una especia derivada de los tres estigmas secos del pistilo de la flor de Crocus sativus, una especie del género Crocus dentro la familia Iridaceae y que aguanta el clima severo de Afganistán. La flor, cada una con tres estigmas rojos que se convertirán en el azafrán, tienen que ser recogidos a mano temprano en la mañana, antes de que el capullo se abra con el sol.

La planta florece durante solo tres semanas al año, a fines de octubre y principios de noviembre. Una vez que se recoge la flor, se ponen a secar y los estigmas se separan después. Los recolectores deben llevar ropa limpia, guantes y máscaras porque el mínimo olor puede ser absorbido por la flor, lo que reduce la calidad de la especie. Es un trabajo intenso lo que justifica los elevados costos y las ventajas que Afganistán tiene sobre mano de obra más elevada como sucede en España.

De los cuatro agricultores con los que Aslami comenzó el programa, solo uno, Mullah Akbar, sigue en el negocio. Pero él es, según los estándares afganos, muy exitoso ya que tiene cientos de acres de tierra, incluyendo un viñedo y una plantación de pistachos. Durante la temporada del azafrán, da trabajo a 150 hombres y mujeres.

“El me dijo que tenía un acre de tierra y un burro - y que eran tres hermanos”, recuerda que le dijo el agricultor a Aslami cuando comenzó el negocio. “Ahora está cultivando 35 acres de azafrán -comenzó con 300 metros. Tiene una casa, tiene una compañía, tiene coches”.

Actualmente, según cuenta Aslami, unos 24,000 agricultores cultivan azafrán a lo largo de las 34 provincias de Afganistán, por lo general en pequeños lotes. La provincia de Herat se mantienen como el mayor productor de azafrán afgano.

Según el azafrán afgano continua creciendo y expandiéndose, las autoridades iraníes han comenzado a ponerse nerviosas. Al margen de las sanciones que complican el acceso de Irán a los mercados internacionales, es especialmente preocupante el hecho de que el azafrán afgano ha sobrepasado consistentemente los análisis de calidad.

Esto a llevado a una especie de guerra tenue entre los dos países, en donde millones de dólares están potencialmente en juego. El presidente afgano decretó recientemente una prohibición absoluta para importar azafrán iraní al igual que los bulbos de manera que no diluyan la calidad del producto del país. Las autoridades iranís, por su parte, se han quejado de que su azafrán es regularmente llevado a Afganistán de contrabando, re empacado y vendido en el extranjero como afgano.

A través de su trabajo, y pese a la crisis en Afganistán, Aslami ha logrado prosperar. Tiene tres hijos, incluyendo un hijo con un doctorado en economía y una hija graduada de leyes. Dice estar contento, pero se ve no está totalmente satisfecho.

“Quizás perdí muchas oportunidades siguiendo esta meta. Podía haberme ido a Europa, hacerme ciudadano y tener una vida más segura donde el futuro de mis hijos estuviera garantizado”, explicó. “Pero como un ser humano que tenía una meta en la vida, que tenía una idea y luchó por seguirla, estoy 100 por ciento satisfecho”.

“Pero lo que yo quería -lo que quiero”, dijo corrigiéndose después de una pausa, “esa capacidad no ha sido creada”.

“No hemos utilizado esa capacidad”, añadió. “Nuestro potencial es muy vasto”.

Aslami suele viajar al extranjero para promover el azafrán afgano. Su esposa Talat, lo acompañó en uno de sus viajes a Italia, e hicieron una demostración de cocina utilizando azafrán en arroz y en bizcochos.

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