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Los católicos rumanos, una minoría diversa, influyente y perseguida

La primera escala del pontífice -que visita Rumanía veinte años después de que lo hiciera Juan Pablo II- fue en Bucarest, capital del país y de la región de Valaquia.
La primera escala del pontífice -que visita Rumanía veinte años después de que lo hiciera Juan Pablo II- fue en Bucarest, capital del país y de la región de Valaquia. AFP/Getty Images

Los católicos rumanos que agasajaron la semana pasada al papa Francisco durante su visita de tres días han desempeñado un papel esencial en la historia del país, pese a representar actualmente apenas el 5 por ciento de la población.

“La jerarquía católica está presente en la actual Rumanía desde el siglo XI”, dice Ioan-Aurel Pop, rector de la Universidad Babes-Bolyai de Cluj y miembro de la prestigiosa Academia Rumana.

La primera representación de la jerarquía católica en esta parte de Europa es el Episcopado Romana-Católico de Transilvania, que fue fundado en el año 1009 por el rey Esteban I de Hungría en Alba Iulia, en el centro de Rumanía.

“Después de la consolidación de los principados medievales rumanos, hubo episcopados católicos también en Valaquia y Moldavia”, señala Pop sobre los dos grandes territorios históricos que, junto a Transilvania, integran la Rumanía contemporánea.

La agenda del papa Francisco en el país reflejó justamente las particularidades históricas y geográficas del catolicismo en territorio rumano.

La primera escala del pontífice -que visita Rumanía veinte años después de que lo hiciera Juan Pablo II- fue en Bucarest, capital del país y de la región de Valaquia, donde ofició una misa en la catedral romano-católica de San José.

De la capital viajó al santuario mariano de Sumuleu-Ciuc. Situado en el corazón geográfico de Rumanía, el santuario es el mayor lugar de peregrinación católico de Transilvania.

Sumuleu-Ciuc, es especialmente popular entre la minoría húngara de Transilvania, que llaman Csiksomlyo al lugar.

Los húngaros étnicos representan más del 80 por ciento de la población en la provincia de Harghita, donde está el santuario.

Los 1,2 millones de rumanos de origen húngaro suponen el 6 por ciento de la población total del país, y se concentra en Transilvania, que perteneció a Hungría en distintas épocas.

Alrededor del 40 por ciento de los húngaros de Rumanía son católicos, lo que los convierte en el grupo étnico más numeroso entre los más de un millón de católicos del país, seguidos de los rumanos y, a mucha distancia, de la diezmada minoría de habla alemana.

Desde Sumuleu-Ciuc, el papa Francisco voló en helicóptero a Iasi, la capital de la región de Moldavia. Allí visitó la catedral católica y se reunió con jóvenes y familias de la zona.

La última parada del papa fue en la localidad de Blaj, también en Transilvania. En Blaj está la sede histórica de la Iglesia Rumana Unida con Roma, más conocida como la iglesia greco-católica rumana.

Los orígenes de esta iglesia se remontan a finales del siglo XVII.

Cuando la dinastía Habsburgo, de confesión católica, se hizo con el control de Transilvania, algunos prelados ortodoxos rumanos aceptaron la autoridad suprema del papa en Roma, aunque obtuvieron permiso para seguir utilizando el rito griego-bizantino de los ortodoxos.

“Los greco-católicos transilvanos fueron los iniciadores del movimiento de emancipación nacional de los rumanos de Transilvania y han contribuido de lleno a la construcción de la Rumanía moderna”, dice Pop sobre este grupo religioso especialmente fértil a la hora de producir políticos, intelectuales y figuras influyentes en Rumanía.

Como recuerda el académico, la comunidad greco-católica -formada por unas 150,000 personas en la actualidad- tuvo una importancia crucial en los esfuerzos “para unir Transilvania con Rumanía en 1918”.

“(Los greco-católicos) han promovido también la sincronización entre la civilización y la cultura rumana con el modelo de vida occidental”, afirma Pop sobre el papel de nexo entre el cristianismo oriental y el occidental de esta iglesia híbrida.

Los greco-católicos rumanos tuvieron asimismo un papel destacado en la resistencia contra el comunismo después de la II Guerra Mundial, cuando esta rama catolicismo de rito oriental superaba el millón y medio de fieles en Rumanía.

El régimen comunista prohibió y persiguió sistemáticamente a esta Iglesia durante los más de cuarenta años en que controló Rumanía, algo que no ocurrió, por ejemplo, con los católicos-romanos.

Además de celebrar una misa en Blaj, el papa Francisco beatificó a siete obispos greco-católicos que murieron en las cárceles comunistas por hacer frente al totalitarismo.

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