Trasfondo

EEUU, una nación traumatizada por las matanzas

Los ataques cambiaron la forma en que los estadounidenses hablan y rezan. La expresión “tirador activo” no necesita explicación hoy.
Los ataques cambiaron la forma en que los estadounidenses hablan y rezan. La expresión “tirador activo” no necesita explicación hoy. AP

Pardeep Singh Kaleka experimentó en carne propia el dolor de mucha gente traumatizada por las matanzas que se suceden en Estados Unidos.

Hace siete años, un supremacista blanco irrumpió en un templo sij de Wisconsin y mató a siete personas, entre ellas el padre de Kaleka. Hoy, cada vez que un individuo baña de sangre una comunidad, Kaleka publica mensajes positivos en las redes sociales. Y a veces visita esa comunidad para alentar a la gente que siente el mismo dolor que él.

Ha estado en Newtown (Connecticut). En Charleston (Carolina del Sur). En Pittsburgh. “Somos casi que una familia“, manifestó Kaleka.

Las matanzas de los últimos años -la más reciente ocurrida el viernes 31 de mayo, donde 12 personas murieron en Virginia Beach, Virginia- han hecho surgir una verdadera comunidad de miles de personas aunadas por el dolor, gente cuyas vidas han sido trastocadas.

Ninguno de los sobrevivientes sale ileso. Tampoco sus familiares, sus vecinos y amigos. El personal de auxilio y los funcionarios.

Los ataques cambiaron la forma en que los estadounidenses hablan y rezan. La expresión “tirador activo” no necesita explicación hoy. Las escuelas realizan simulacros de ataques para estar prevenidas. Policías y bomberos, traumatizados por las carnicerías que presenciaron reciben tratamiento psiquiátrico. Se han abiertos centros para ayudar en la recuperación. Y se forman grupos de apoyo de sobrevivientes.

Alcaldes, médicos, policías y otras figuras que lidian con estas crisis ofrecen consejos y apoyo a la siguiente ciudad que enfrenta uno de estos episodios.

El ex alcalde de Oak Creek Stephen Scaffidi recuerda la noche del 2012 en que se produjo la balacera en el templo sij, cuando lo llamó el alcalde de Aurora, Colorado, donde 12 personas habían sido batidas poco antes en una sala de cine. “Me dio el mejor consejo. ‘Conserva la calma. Tranquiliza a tu comunidad. Mide tus palabras y habla solo de lo que sabes’”, recuerda Scaffidi.

El año pasado, dos días después de la matanza de 17 personas en la Marjory Stoneman Douglas High School, Christine Hunschofsky, alcalde de Parkland, Florida, se reunió con la madre de un niño de seis años que había muerto en la Sandy Hook Elementary School. “Me dijo que al principio todos se apoyan”, relató. “Pero luego es como si un tsunami azotase la comunidad. Surgen divisiones. Esto es normal después de un trauma tan masivo”.

Si bien estas matanzas representan un porcentaje minúsculo de los homicidios que hay en el país, son algo aparte. En 1999 la nación fue conmocionada por imágenes de adolescentes corriendo por la escuela con los brazos en alto en Columbine. Hoy la gente sigue estos episodios a través de videos en vivo o de tuits.

El Centro Nacional de Trastornos Postraumáticos calcula que el 28 por ciento de las personas que presencian una matanza de estas sufre estos trastornos y una tercera parte tiene problemas agudos.

April Foreman, psicóloga e integrante de la Asociación Nacional de Suicidología, compara estas matanzas con una epidemia de gripe.

“Algunas personas son inmunes o no son afectadas por esa cepa”, expresó. “Otras van a enfermarse un poco y algunas se van a sentir realmente mal. El suicidio es un desenlace extremo”.

Deborah Beidel, directora de UCF RESTORES, una clínica que ayuda a personas con estrés postraumático de la Universidad del Centro de la Florida, dice que el personal que interviene cuando hay matanzas enfrenta traumas parecidos a los de los soldados que han estado en combate.

Jimmy Reyes, bombero de 35 años, sufrió ataques de pánico después de acudir a ayudar a víctimas de la matanza de la discoteca Pulse de Orlando. Lo atormentaba el recuerdo de lo vivido esa mañana, la sangre y los gritos de personas heridas que agonizaban. Como parte del programa, relató todo lo que vio. Habló de un hombre que había sido herido en la cabeza y de otro que le preguntó “¿me voy a morir?”.

Al principio lloraba. Pero hacia el final de las sesiones, había recuperado la compostura.

Dice que ha cambiado. “Antes era una persona normal, feliz”, comentó. “Ahora me siento muy distinto, deprimido”.

Algo parecido le sucede al cirujano de Las Vegas, Dave MacIntyre.

En el caos que hubo tras una matanza en un concierto de Route 91 en el 2017, su hospital atendió a más de 90 heridos en 113 minutos. Hoy quiere dejar la sala de operaciones y planea ser consultor, para ayudar a los hospitales a lidiar con estas situaciones.

MacIntyre no se dio cuenta de que tenía estrés postraumático hasta que un instructor notó su ansiedad, su tensión y su intolerancia. “Me cuesta mucho hablar con los familiares y darles malas noticias, mucho más que antes”, comentó.

Brian Murphy, ex policía de Oak Creek, dice que no sufrió daños psicológicos después de la matanza del templo sij.

Recibió 15 balazos y todavía tiene un proyectil en la cabeza y otro en la garganta.

Se jubiló por razones médicas, pero no se aflige pensando en el pasado.

“No me levanto todos los días y me digo ‘no puedo creer lo que pasó’. Hay que vivir la vida. No creo que pase nada bueno cuando uno mira hacia atrás”.

Sharon Cohen (Chicago) está en scohen(at)ap.org o en https://twitter.com/scohenAP . Lindsey Tanner en https://twitter.com/LindseyTanner

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