El veredicto de Chauvin abre un mundo de posibilidades. ¿Las desaprovecharemos?
Después de que un jurado de Minneapolis condenara al ex agente de policía Derek Chauvin por el asesinato de George Floyd, la primera mujer vicepresidenta de color de la nación utilizó un tono de optimismo, pero moderado por el peso del realismo que nuestra historia nos impone.
“Los estadounidenses afroamericanos, y los hombres afroamericanos en particular, han sido tratados a lo largo de nuestra historia como menos que humanos”, dijo Kamala Harris, y añadió: “Todos formamos parte del legado de George Floyd. Y ahora nuestro trabajo es honrarlo”.
La vida de los afroamericanos, sugirió Harris, sigue sin ser “valorada” en lo fundamental, pese a las “generaciones” dedicadas a luchar contra la “injusticia racial”. El trabajo inacabado que queda por delante, dijo Harris, está “muy atrasado”.
Una cosa insoportable de este momento es que realmente parece que se ha abierto de repente un mundo de posibilidades. Pero, al mismo tiempo, todos somos muy conscientes de lo rápido y sigilosamente que se pueden esfumar esas posibilidades.
Mientras la nación asimilaba la condena de Chauvin por tres cargos de asesinato y homicidio, Harris y el presidente Biden pidieron al Congreso que aprobara la George Floyd Justice in Policing Act.
Esta medida facilitaría hacer responsables a los agentes de policía por la violencia y brutalidad excesivas, al reducir el estándar procesal que se debe cumplir. Desalentaría las tácticas policiales violentas facilitando la presentación de demandas contra los agentes deshonestos.
Y otorgaría a los agentes federales nuevas competencias para investigar los abusos de “patrones o prácticas” en un departamento, lo que les permitiría examinar los abusos como algo sistémico, y no a través del marco de “una sola manzana podrida”. Otras ideas de reforma incluyen un estándar nacional más estricto sobre el uso de la fuerza, aplicada con mecanismos de financiación federal, y la designación de las maniobras de estrangulamiento como violaciones de los derechos civiles federales.
La urgencia de la reforma no ha disminuido. Como señala Karen Attiah, durante el propio juicio, la policía siguió matando a personas a un ritmo alarmante, la mayoría afroamericanas o latinas: “¿Quién cree que los cadáveres no seguirán acumulándose?”
Muchos estados están aprobando sus propias leyes que hacen más estrictas la responsabilidad y las restricciones al uso de la fuerza. Pero los críticos dudan de que vayan lo suficientemente lejos, sugiriendo la necesidad imperiosa de una acción federal.
La condena de Chauvin –que llega después de las protestas multirraciales a nivel nacional del movimiento Black Lives Matter tras el horror del asesinato de Floyd, una demostración de un tipo de energía política que no habíamos visto desde la década de 1960– hace que esas reformas parezcan estar al alcance de la mano.
Es tentador llegar a la conclusión de que estamos viviendo el mismo tipo de sensación de rápida expansión de lo políticamente posible que el movimiento por los derechos civiles y partes de la Nueva Izquierda experimentaron a principios de la década de 1960. Pero la comparación también sugiere los peligros que se avecinan.
El historiador Robert Mann, autor de varios libros sobre el movimiento de los derechos civiles, señala que el asesinato de Floyd es similar a las escenas de 1963 en Birmingham, Alabama, en las que la policía soltó a perros de ataque contra manifestantes de los derechos civiles, lo que impulsó un despertar moral en todo el Estados Unidos blanco.
“El comportamiento brutal de la policía conmocionó la conciencia del país”, dijo Mann. “La opinión pública empezó a cambiar. Hay un corolario en el caso de George Floyd”.
De hecho, en la primavera de 2020, cuando la campaña de reelección del presidente Donald Trump hizo demagogia con las protestas raciales al prometer explícitamente que desarticularía la violencia policial para restaurar “la ley y el orden”, las mayorías se pusieron del lado de los manifestantes y estuvieron de acuerdo con sus quejas subyacentes. Eso incluyó a votantes blancos.
Poco después de Birmingham, por supuesto, llegó la Civil Rights Act, el discurso “We shall overcome” de Lyndon B. Johnson y la Voting Rights Act. Pero, como señala Mann, a eso le siguieron disturbios urbanos, una fractura del movimiento en medio del surgimiento de un ala más militante y dos mandatos presidenciales de “ley y orden” de Richard Nixon, en medio de una reacción blanca abrasadora.
“La gente, comprensiblemente, tuvo la sensación de que el camino hacia adelante era llano y suave”, dijo Mann. “A la vuelta de la esquina, la pendiente era mucho más pronunciada. Se convirtió en un mundo diferente”.
Hay razones para estar menos preocupados por la reacción de los blancos esta vez. El politólogo Omar Wasow señala que la comprensión del Estados Unidos blanco de las desigualdades raciales sistémicas está mucho más desarrollada. La cobertura mediática es más matizada. El apoyo de las empresas estadounidenses al BLM y su oposición a las restricciones al voto sugieren la presión de tener que navegar por la evolución de las bases de empleados y clientes y por una cultura más sofisticada.
Además, la sociedad estadounidense era más violenta entonces, lo que hacía que la política de reacción fuera más potente. De hecho, los esfuerzos de los demagogos de la derecha de hoy por fabricar la impresión de que los manifestantes nos están empujando al colapso civil parecen ahora cómicamente desesperados.
Mientras tanto, está la explosión de la capacidad de las redes sociales para documentar las atrocidades. Como señala Margaret Sullivan, un video de la muerte de Floyd tomado por una chica de 17 años se convirtió literalmente en el testigo estrella de la acusación.
“¿Cuánto más rápido se habría producido el movimiento por los derechos civiles si alguien hubiera filmado lo que le ocurrió a Emmett Till frente a ese almacén general?”, se pregunta Mann.
Sin embargo, a pesar de todo, resulta difícil pensar en lo poco posible que es que se logren reformas al nivel de las de los 60. Entonces Johnson gozaba de amplias mayorías en el Congreso y los grandes avances bipartidistas fueron más posible.
Ahora los demócratas necesitan 10 republicanos para superar a los obstruccionistas. Aunque el esclarecedor debate público sobre el obstruccionismo ha creado posibilidades inesperadas de reforma también aquí, falta por ver si los demócratas se atreven a dar el paso.
“La gente se hace ilusiones en momentos como este, pero es noticia de primera plana porque es muy inusual”, dijo Mann. “La realidad es que los próximos tres o cuatro policías podrían ser absueltos, o ni siquiera acusados. Y es bastante probable que el Congreso no apruebe ninguna ley de reforma”.