“Orquigónea”: santuario guatemalteco de orquídeas
La especie humana ha sido la mayor amenaza de las orquídeas, que aparecieron en el cretáceo tardío, entre 76 a 84 millones de años atrás y sobrevivieron gracias a su impresionante inteligencia adaptativa. Asombrado ante la respuesta evolutiva de sus formas a los insectos polinizadores, Darwin las consideraba “sublimes”, y escribió un libro sobre su fecundación.
Cerca de 30,000 variedades crecen en el planeta, excepto en los polos, pero su biodiversidad está en peligro creciente por factores como la deforestación y el calentamiento global. Por fortuna, hay quienes han dedicado su vida a su rescate y conservación. Es el caso del guatemalteco Óscar Archila Euler (1938-2007), en cuyo honor su familia abrió al público la reserva natural Orquigónea, y quien sostuvo una larga historia de amor con esta flor antediluviana, codiciada a lo largo de la historia.
Estas plantas sobrevivieron a su demanda como afrodisíaco entre los romanos, y a la fiebre comercial de la aristocracia inglesa que se exacerbó cuando inesperadamente floreció una orquídea brasileña en el invernadero de William Cattley. Pero la irrefrenable tala de bosques está reduciendo aceleradamente su población, incluso en países donde existen numerosas variedades endémicas, como en Guatemala.
Justamente allí, ante el espectáculo triste de su destrucción y bajo la fascinación por estas flores cuyas variedades pueden llegar a pesar media tonelada, o ser tan pequeñas que cabrían en la cabeza de un alfiler, Archila Euler decidió consagrarse a rescatarlas una a una. Siendo un empleado de banco, sin ningún grado en botánica, la constancia diaria en esa misión que desarrolló desde mediados de los setenta hasta el final de sus días llevó a la creación de Orquigónea. El lugar fue inicialmente un Jardín del Edén para las orquídeas guatemaltecas que se fue construyendo de manera privada para su rescate, conservación y reproducción. El lugar abrió al público en 2007, el año de su muerte, en memoria de su compromiso total con la protección de estas flores en las cuales se encuentran, “las manifestaciones más perfectas y armoniosas de la inteligencia vegetal”, como escribió el Nobel Maurice Maeterlink.
Según recuerda su hijo Francisco Archila, administrador que hoy inicia en este conocimiento a los visitantes de Orquigónea, situada en el kilómetro 206 de la Ruta de las Verapaces, a apenas cinco kilómetros de Cobán, fue después de hallar miles de orquídeas arrancadas en una tala para una milpa, cuando su padre comenzó su labor de rescate. En los mil cien metros cuadrados que tenía la casa de la familia incluyendo el jardín, Archila Eule empezó a sembrar las orquídeas que, primero él, y luego, la tribu familiar, encontraban en bosques y selvas arrasadas. Poco a poco comenzó a crear, como recuerdan sus hijos, “un arca de Noé para las orquídeas”.
Dada la limitación del espacio, salvaban al principio los ejemplares más bellos o raros, pero ellos recuerdan que se preguntaba: “¿Creen ustedes que hay orquídeas feas que no merecen vivir?”, soñando con un lugar en el cual cupieran todas. “Tenía la gracia de revivirlas y de que prendieran en cuanto las sembraba”, cuenta Francisco. Su vivienda acabaría dando paso a diversas ramificaciones del legado de “la colección más grande de Guatemala de orquídeas en su medio natural”.
Por su parte, Fredy Archila, otro de sus hijos, ingeniero agrónomo e investigador asociado al Marie Selby Botanical Gardens, y quien de modo independiente a Orquigónea, dirige el banco de germoplasma de orquídeas más importante del país, conocido como Estación Experimental de Orquídeas de la Familia Archila, recuerda que tenía nueve años cuando su padre llevó a su casa un ejemplar rescatado de la Monja Blanca, la flor nacional de Guatemala. “Él sabía lo que iba a pasar; sabía que se iban a acabar gran parte de las orquídeas del país”. Le legó la alta responsabilidad y la pasión por la defensa del género de “plantas más capaces de desplegar formas, aromas y olores para atraer a sus polinizadores”.
Muchos años después del día en que vio por primera vez esa flor albina, ya convertido en el investigador que corrigió su nombre científico -Lycaste virginales forma alba, Archilae & Chiron-, no sólo denunció su desaparición en la naturaleza, sino logró su casi imposible reproducción y su reinserción en los bosques nubosos. “En 2017, su blanca joya reapareció”, dice. Fue también Fredy quien reportó nuevas especies como la Plathystele Martinii, una de las orquídeas más pequeñas del mundo.
Mientras trabaja en su Estación Experimental -sólo abierta a la visita de científicos e investigadores-, otros miembros de este grupo familiar que se define como “una familia dedicada, desde hace cuarenta años, a proteger esa familia de plantas que se conocen como las orquídeas”, reciben en Orquigónea, con ayuda de guías de turismo comunitarios, a los viajeros interesados en el medio ambiente que quieren comprender la inteligencia de sus flores.
Aún en vida, Oscar Archila fue premiado como Héroe Anónimo por su trabajo de rescate y conservación en Guatemala, y obtuvo reconocimientos con sus plantas de la American Orchid Society. Pero no logró ver el alcance que tendría el sueño de Orquigónea, ese santuario con pequeños caminos de piedra, donde los bosques nubosos situados a 1,480 metros sobre el nivel del mar, son preservados. “Nosotros -dice Francisco Archila- decimos que cada quien debe construir su propia pirámide. Decidimos abrir Orquigónea que fue el sueño, la pirámide de mi padre, para contar la historia de amor que sostuvo con las orquídeas”.
Entre las más de cien mil orquídeas de centenares de especies que han logrado sembrar, hay ejemplares de la Monja blanca que fue muy significativa para los nativos pobladores quienes la llamaron ‘q’eqchi´, “una princesa convertida en flor”. En 2020 el gobierno emitió una colección de sellos postales con las orquídeas de Guatemala, que incluye especies como la Pleurothallis Archilarum o la Barkeria Archilae, cuyos nombres científicos inmortalizan el apellido del padre pionero.
Mientras recorremos las nueve estaciones de Orquigónea, descubriendo la historia milenaria de las orquídeas, recorrido que debe realizarse lupa en mano, pues existe una gran multitud de orquídeas que sólo así pueden apreciarse, oímos numerosas aves que han encontrado refugio en este paraje ecológico perfecto para su avistamiento entre helechos arborescentes u otras plantas del bosque. Vemos también agitarse las alas transparentes de la mariposa cristal libando de una orquídea, entre varios insectos tan abstraídos entre sus formas, que nos hacen pensar en la frase de Maeyerlink sobre esta flor que “conoce y explota las pasiones de los insectos”. “Mi padre -concluye Francisco Archila- nos enseñó que se puede restaurar la naturaleza. Cada flor atrae a un insecto y cada insecto a un ave. Su historia de amor por una flor, permitió formar una reserva natural para muchas otras formas de vida”.