La huella española en la independencia de Estados Unidos
Cada 4 de julio Estados Unidos celebra el aniversario de su independencia. En la memoria histórica más extendida, el protagonismo internacional de aquel proceso suele asociarse sobre todo con el apoyo prestado por Francia a las trece colonias en su enfrentamiento con Gran Bretaña. Sin embargo, la historia es más amplia. En ella también desempeñó un papel relevante España, cuya participación contribuyó de forma significativa al desenlace del conflicto.
Tras la Guerra de los Siete Años, las rivalidades imperiales entre las potencias europeas continuaban marcando la política atlántica. Francia declaró la guerra a Gran Bretaña en 1778 en apoyo de las colonias rebeldes y España, aliada de la monarquía francesa a través de los Pactos de Familia entre los Borbones, entró en el conflicto en 1779 de la mano de Carlos III y su secretario de estado, el conde de Floridablanca. Aunque la intervención española respondía formalmente a sus propios intereses estratégicos frente a Gran Bretaña -estamos hablando de Gibraltar y Menorca, posesiones británicas en aquel entonces-, sus consecuencias resultaron decisivas para debilitar la posición británica y facilitar la causa de la independencia norteamericana.
España proporcionó apoyo financiero, logístico y militar a los insurgentes llegando a movilizar cerca de 11,000 hombres. A través del puerto de Nueva Orleans y del territorio de Luisiana se canalizaron suministros, armas, uniformes y recursos destinados al ejército continental. En ese contexto resultaron decisivas figuras como el embajador Diego María de Gardoqui y los gobernadores españoles de Luisiana, Luis de Unzaga y Bernardo de Gálvez, en respuesta a las peticiones de ayuda formuladas por George Washington.
Este último protagonizó algunas de las operaciones militares más decisivas del conflicto en el escenario del Golfo de México. Sus victorias frente a los británicos en Baton Rouge, Mobile y especialmente en Pensacola en 1781 contribuyeron a debilitar de manera sustancial la presencia británica en la región. Fue precisamente en Pensacola donde este virrey malagueño expulsó a los británicos, lugar que desde entonces tiene un escudo con el lema “Yo solo”, tras entrar en la bahía prácticamente en solitario con el célebre desafío: “El que tenga honor y valor que me siga”. Hoy, Bernardo de Gálvez es reconocido en Estados Unidos como uno de los aliados extranjeros de la independencia norteamericana.
La contribución española incluye también episodios menos conocidos. Entre estos episodios destaca también la figura de otro malagueño, Luis de Unzaga, Gobernador de Luisiana, que trazó una red de espías que podrían ser la primera CIA de aquel país, o mejor dicho, considerada por algunos historiadores como una de las primeras redes de inteligencia vinculadas al futuro país. Unzaga envió en 1776 una famosa carta al General Reed, ayudante de George Washington. En esa carta se refiere a él como General de los Estados Unidos Americanos, es decir, nada de revolucionarios y nada del término “thirteen” que siempre aparecía en alusión a las trece colonias. La carta la llegó a leer George Washington en público viendo como una potencia extranjera les reconocía como país. ¿Fue Luis de Unzaga quien bautizó, sin saberlo, al nuevo país como “Estados Unidos Americanos”? Lo que no cabe duda es de que esta formulación constituye uno de los primeros reconocimientos explícitos del nuevo país por parte de una autoridad extranjera.
No obstante, la relación entre España y el actual territorio de los Estados Unidos es muy anterior a la guerra de independencia. La presencia hispánica en Norteamérica se remonta al siglo XVI y dejó una huella profunda en amplias regiones del continente. La ciudad más antigua de los actuales Estados Unidos es española: San Agustín, fundada en Florida en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés.
Durante siglos, exploradores, misioneros y colonos españoles recorrieron y administraron extensos territorios del sur y del oeste del continente, recorriendo California, Florida, Nuevo México, Alabama, Louisiana, Nebraska, Montana, Utah, Arkansas, Tennessee, Oklahoma, Missouri y hasta la mismísima Alaska. Las expediciones de Ponce de León, Hernando de Soto o fray Francisco Vélez de Escalante forman parte de esa temprana historia de exploración y es que Ponce de León descubrió la Florida, Hernando de Soto fue el primero en navegar el río Mississippi y Escalante fue el primer europeo en atravesar las Rocosas y el desierto de Mojave. Curioso es el caso de Álvar Núñez Cabeza de Vaca que anduvo 16,000 km atravesando de ida y vuelta territorios como los de Florida, Alabama, Mississippi, Texas, Nuevo México y el desierto de Sonora. En 1540, los hombres de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado, dirigidos por García López de Cárdenas, fueron además los primeros europeos en contemplar el Cañón del Colorado.
Por su parte, e introduciéndonos en el mundo de las misiones, el padre Kino (de origen italiano, pero al servicio de la corona española) fundó más de 30 ciudades y hoy figura en el Capitolio, mientras que el balear Junípero Serra levantó 21 campanarios en la actual California dirigiendo misiones en ciudades como San Francisco, San Diego, Santa Clara, San Luis Obispo, y otras más. Como si Junípero Serra hubiera querido garantizar que cada ciudad importante del futuro llevara un santo encima. Una suerte de geografía bautismal para la posteridad.
Y no sólo debemos hablar del territorio continental, ya que nuevamente otro malagueño, Rui López de Villalobos, pasó por Hawái a mediados del siglo XVI y la sorpresa que se llevó James Cook en 1778 fue mayúscula, puesto que los nativos de estas islas volcánicas ubicadas en mitad del Lago Español -así mencionaban las potencias europeas al océano Pacífico en el siglo XVI, puesto que sobre sus aguas sólo podían navegar barcos españoles- ya parecía que hablaban un poquito el castellano.
El legado de aquella presencia sigue siendo visible hoy en numerosos aspectos de la geografía y la cultura estadounidenses. Muchos de los nombres de ciudades del país -Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Sacramento o Santa Fe- remiten directamente a ese origen histórico. También perviven símbolos de aquella etapa, como la presencia del escudo de Castilla y León en emblemas municipales o referencias a la cruz de Borgoña en tradiciones históricas y banderas locales de distintos territorios como Alabama, Arizona, Texas o Puerto Rico.
Otro elemento decisivo de esa herencia fue la introducción del caballo por parte de los españoles en el continente norteamericano. Su difusión transformó profundamente el paisaje económico, social y militar de amplias regiones del territorio y acabaría desempeñando un papel fundamental en la vida de numerosas comunidades indígenas de las grandes llanuras. Sin olvidar que los soldados que protegieron hasta 4,000 km de frontera fueron los dragones de cuera, una unidad militar que inspiró al Séptimo de Caballería y que portaban unos sombreros que los cowboys norteamericanos denominaron “ten-gallon hat”, pero de galones no tenían nada, y es que la expresión viene del “sombrero tan galán” que utilizaban los militares españoles.
Todos estos elementos recuerdan que la historia de los Estados Unidos es el resultado de múltiples influencias y tradiciones. Entre ellas figura también la huella española, presente tanto en los primeros siglos de exploración europea del continente como en el propio proceso que culminó con la independencia de las trece colonias.
Recordarlo en una fecha como el 4 de julio no responde a un ejercicio de reivindicación retórica, sino a una exigencia de rigor histórico. La independencia de los Estados Unidos, y la propia historia del país, se entienden mejor cuando se incorporan todas las tradiciones y actores que contribuyeron a hacerlas posibles. Entre ellos, España ocupa un lugar más importante del que habitualmente se le concede.
Marcelino Lominchar, Director de IE Executive Education, IE University. Profesor de historia e Imparte clases de Historia y Management.