La singular historia de una estatua de Velázquez en Madrid
Durante la 85ª Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro, en donde ambos hemos firmado nuestros libros, me encuentro con Nancy Berthier, hispanista y directora de la Casa de Velázquez, una de las instituciones académicas francesas internacionales, fundada en 1920 e inaugurada ocho años después, en un terreno cedido por el rey Alfonso XII en la ciudad universitaria de Madrid.
Directora desde 2022 y ahora cumpliendo con un segundo mandato, Nancy Berthier es una catedrática especialista en Artes Visuales que ha ocupado anteriormente funciones directivas en centros de investigación de París relativos a la cultura hispánica. También ha consagrado importantes estudios a la propaganda franquista y de la revolución cubana mediante el cine. Es, en calidad de directora de la mencionada institución, que entrega el muy documentado ensayo Destino roto, exclusivamente dedicado a la asombrosa estatua ecuestre del pintor español Diego Velázquez, realizada por el escultor francés Emmanuel Fremiet a finales del siglo XIX, en una época en que proliferaban las estatuas y que la autora llama “la estatuomanía”.
La creación de este singular monumento corresponde al periodo en se empieza a revalorizar la obra pictórica del genio de la pintura ibérica. Es por ello que Emmanuel Fremiet, escultor parisino nacido en 1824 y autor de una prolífica obra que abarca unas 200 piezas, muchas de ellas monumentales y otras ecuestres, además de oficiales, se interesa en este tema.
Nancy Berthier cuenta cómo durante años atravesó los jardines delanteros de la Casa de Velázquez en Madrid sin fijarse apenas en la estatua colocada sobre un zócalo y, por tanto, visible desde muchos ángulos. No fue hasta mucho más tarde, cuando ocupaba ya la función de directora de esta escuela francesa, que un buen día comenzó a fijarse realmente en ella, mirándola más detenidamente a través de las ventanas de su propio despacho.
La estatua fue poco a poco avivando su curiosidad intelectual, y las primeras búsquedas que realizó sobre su historia arrojaron una historia fascinante que resume muy bien lo que ha sido parte del siglo XX en la capital madrileña, así como los nexos de España con su vecino país al norte de los Pirineos.
Lo primero que sucedió para que la estatua cobrara cuerpo fue la participación del escultor (quien nunca visitó España) a una corrida de toros que se llevó a cabo en París en la década de 1880 y de la que, al parecer, quedó impresionado por la presencia del jinete alguacil en el ruedo. Fue entonces que se le ocurrió esta imagen poco común del pintor cabalgando, más bien reservada hasta entonces a personalidades históricas del ámbito gubernamental, militar o a simples guerreros.
La obra recibirá, como muy bien investiga Berthier, el beneplácito de la crítica durante el Salón parisino de 1894, algo que facilitará su traslado hacia un sitio prestigioso: unos de los jardines del Museo del Louvre, en donde permaneció por algo más de cuatro décadas, muy cerca del perímetro reservado a la pintura española entre las colecciones del museo. En su investigación, la autora rastreó el material iconográfico disponible, a través de tarjetas postales y la publicidad de la época, desde perspectivas diversas.
Pero su destino –que la autora cataloga de “roto” y ya veremos la razón–, era otro. En 1935 se sella su destino en los jardines frontales de la Casa de Velázquez madrileña.
Fue en 1933 cuando se formalizó la petición de la estatua al Gobierno francés para ornamentar los jardines de la institución madrileña, aunque inicialmente se trató solamente de la autorización de realizar una réplica a partir del vaciado. La investigación de Berthier revela que la obtención del vaciado acarreó dificultades financieras y burocráticas, de modo que se decidió trasladar el original del Louvre a Madrid, influenciando positivamente en las relaciones franco-españolas, algo que contó con el visto bueno del heredero del artista.
El desplazamiento por vía férrea de la monumental estatua imprimió cierta teatralidad al suceso, que el ojo de la autora supo detectar. No solo la secretaría general de ferroviarios españoles logró bajar el precio del traslado utilizando la argucia de considerar a la obra como “carente de valor artístico”, sino que hubo que acostarla para que pudiera atravesar los túneles de la Península cuya altura impediría un traslado vertical, visualmente más digno.
La estatua llega entonces a Madrid “como símbolo unitario entre Francia y España” y a su repercusión mediática dedica también varias páginas la autora, reproduciendo artículos periodísticos españoles. De este modo, Nancy Berthier considera que se trató de un regalo providencial, pues evitó que la obra fuera fundida en 1941 como ocurrió entonces con otros monumentos franceses por orden del Gobierno de Vichy.
En 1935 tuvo lugar la segunda inauguración de la Casa de Velázquez. La estatua ecuestre ocupaba ya un lugar privilegiado, pero su destino fue otro. Apenas un año después, la Casa y la estatua se convirtieron en víctimas colaterales de la metralla y el fuego durante la Guerra civil española. La posición estratégica de la institución francesa, en el noroeste de la capital y dominando desde lo alto el río Manzanares, convirtieron a ambas en el blanco perfecto de la ofensiva nacionalista. El fuego cruzado colocó al recién inaugurado edificio en el epicentro de la batalla y, luego, en un campo de ruinas. La estatua mutilada sin su jinete materializa como ninguna otra la violencia bélica del conflicto.
A pesar de la paulatina restauración de la Ciudad Universitaria bajo la égida del franquismo, la Casa de Velázquez, en calidad de “institución extranjera”, y su estatua, permanecieron como un amasijo de escombros hasta 1958. A la Guerra civil siguió la Segunda Guerra Mundial y un contexto económico y político que, según nos indica Nancy Berthier, relegó a un segundo plano su restauración. Situada en el eje entre la Moncloa y El Pardo, la imagen deplorable de aquellos escombros, empezó a generar molestias y la prensa se hacía eco a menudo de aquellas ruinas “escandalosas”, muy a pesar de la censura imperante.
Finalmente, para la reconstrucción de las partes desaparecidas de la estatua, se utilizaron dos modelos de vaciados: uno de 1894 conservado en el Museo de Bellas Artes de Dijón (Borgoña) y otro de 1917, que había sido destinado a una reedición privada en París. Lo que no fue posible en el siglo XIX por las razones ya explicadas, se cristalizó más de medio siglo después en el monumento “herido”.
Sin pretenderlo, Nancy Berthier ha marcado definitivamente con su investigación y, en consecuencia, con su muy bien documentado libro, el mapeo de la Guerra civil en la capital española. El remiendo como solución que prevaleció durante la restauración de la estatua ya no pasará desapercibido. Ahora, cuando pasemos delante del monumento, no lo veremos como “una estatua decimonónica más”, sino como el compendio de la Historia con mayúsculas, de lo efímero de las empresas humanas, pero también de la enorme voluntad de los seres de reconstruir incansablemente la memoria.
William Navarrete, escritor establecido en París.