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El último Quijote del periodismo libre

José Ignacio Rivero, último director del Diario de la Marina .
José Ignacio Rivero, último director del Diario de la Marina .

Los sucesos que precipitaron la clausura del Diario de la Marina, legendario bastión de la prensa cubana por 128 años, están fijados en su memoria con precisión fotográfica. José Ignacio Rivero, el último Quijote del periodismo libre frente a la arrolladora oleada revolucionaria de 1959, recuerda aquellos días con la entereza de un patriarca que no claudicó ante el acoso y las amenazas del poder, y optó por discrepar a riesgo de su propia supervivencia.

El próximo 10 de mayo se cumplen 49 años de la ocupación del Diario de la Marina por una cuadrilla de uniformados que irrumpió en el edificio de Prado y Teniente Rey, fusiles en mano, para impedir la publicación de una carta de los empleados en apoyo a su director y proceder al cierre de una verdadera leyenda del periodismo continental. Dos días después se producía el "entierro simbólico'' del periódico con un acto multitudinario en la escalinata de la Universidad de La Habana, donde hablaron los entonces comandantes rebeldes Raúl Castro y Rolando Cubela. Rivero presenció por televisión aquel sainete político, estando ya asilado en la Embajada de Perú en La Habana.

"El féretro tenía mi nombre y Raúl Castro afirmó allí que no importaba que yo me fuera al extranjero, que me irían a buscar donde estuviera'', relata Rivero mientras muestra un ejemplar del diario Revolución con la noticia desplegada en primera página.

En camino hacia los 89 años, conserva una lucidez envidiable y responde a cada pregunta con la vitalidad de un periodista que se resiste a descansar. De figura esbelta, impecable en el vestir y con un inocultable talante aristocrático, Rivero es un conversador amenísimo, poseedor de un anecdotario sin fin.

Un caballero venerable que transita por el siglo XXI con la compostura de una época que se aferra definitivamente a la memoria.

La entrevista con El Nuevo Herald tomó varias jornadas, siempre en compañía de su asistente y entrañable amigo desde los tiempos del Diario de la Marina, Oscar Grau Esteban (Grau conserva aún su tarjeta de presentación del diario y siempre se refiere a Rivero como "El Director''). Del portafolio que lo acompaña van saliendo documentos, fotos y viejos recortes de prensa para respaldar sus palabras. Entre los papeles conservados hay apuntes de su puño y letra en oposición a las airadas "coletillas'' revolucionarias que cuestionaban el contenido de ciertos artículos del diario, y hasta el recibo de la última suscripción, enviada en abril de 1960 a nombre de una enigmática señorita Soledad Díaz, residente de la barriada habanera de Santos Suárez.

Rivero presentará el próximo jueves en Miami su libro Biografía de un crimen, una suerte de testamento político que se remonta a los albores de la revolución de Fidel Castro para explorar las razones que condujeron a la imposición de un régimen comunista en la isla. El volumen contiene una recopilación comentada de artículos suyos aparecidos en el Diario Las Américas.

"He hecho este libro para las nuevas generaciones de cubanos, porque viví en el vórtice de muchos acontecimientos de hace 50 años que son desconocidos o conocidos por muy poca gente, y la mayoría de los protagonistas están ya en la otra vida'', confesó el autor.

Entre las historias rescatadas del olvido está el fracasado plan de compromiso democrático que Rivero fraguó a fines de 1959 con el propósito de legitimar una oposición pública al naciente régimen totalitario.

"El plan era crear un movimiento cívico nacional de oposición, con el concurso de las personalidades y los sectores más representativos de la sociedad cubana, y anunciarlo por la [cadena de televisión y radio] CMQ y los demás medios'', señaló Rivero. "A Fidel Castro le hubiera sido difícil encarcelar a uno solo de los participantes, pero todo se malogró por el miedo a lo que les pasaría... Al final el régimen terminó pasándoles a todos por encima''.

Tras un primer momento de entusiasta aprobación al nuevo gobierno, los cuestionamientos del Diario de la Marina no se hicieron esperar en virtud de la radicalización del proceso revolucionario y su viraje hacia el comunismo. "Pepinillo'' --que es como se le identificaba popularmente a Rivero-- comenzó a publicar una sección titulada Relámpagos bajo el seudónimo de Vulcano, con fuertes críticas a la situación del país.

Su periódico fue además el único que publicó en Cuba las cartas de denuncia del comandante Huber Matos desde la cárcel, luego de su arresto en octubre de 1959.

La incomodidad manifesta por Fidel Castro y otros altos dirigentes ante la conducta del Diario de la Marina inauguró la "coletilla'', un breve texto que apostillaba las presuntas "difamaciones contrarrevolucionarias'' de los reportajes, caricaturas y artículos publicados, y que decía recoger la posición del sindicato de empleados. Pero Rivero afirma que sabía quiénes eran los "coletilleros''.

Las turbas callejeras también se alistaron en la ofensiva. Rivero era sistemáticamente asediado a la entrada del diario con gritos de "¡Pepinillo paredón!''. Fue retenido por una noche en una estación de policía como "sospechoso'' de un delito indeterminado, y su casa de Miramar fue bloqueada por milicianos armados que se apostaron en el jardín en actitud desafiante.

"Sentía temor por mi vida todos los días, pero por encima del miedo había algo que me impulsaba a no retroceder, que era el deber profesional'', rememoró. "Así que iba todos los días a hacer mi columna, porque creía que el Diario de la Marina no podía claudicar y que Cuba lo necesitaba en ese momento crucial''.

Una estrategia atrevida

Fue entonces que decidió poner a su familia a buen resguardo en Estados Unidos y aprovechó una visita a Washington en diciembre de 1959 para explorar el rumbo de la política estadounidense hacia la isla. Lo acompañaba en el viaje su amigo Juan Antonio Rubio Padilla, fundador de la Agrupación Católica Universitaria y ministro de Salubridad durante el gobierno de Carlos Prío Socarrás (1948-1952).

"Nos percatamos que Washington estaba totalmente desorientado en cuanto al modo de enfrentarse a Fidel Castro'', señaló. "En camino hacia Miami planeamos una estrategia atrevida para poner en práctica sobre el terreno cubano... Mi plan consistía en una concertación de fuerzas de la sociedad civil cubana, hacendados, colonos, industriales, comerciantes, banqueros, médicos, líderes estudiantiles y obreros, para hacer una declaración ante la nación a favor de elecciones libres y respeto a las libertades ciudadanas''.

Rivero y Rubio Padilla permanecieron por dos semanas en Miami reuniéndose diariamente en casa del empresario estadounidense William Pawley, con quien habían hecho amistad en La Habana. El documento redactado se leería ante las cámaras de CMQ con la presencia de todos los firmantes. Una tarde consiguieron hablar por teléfono con el vicepresidente Richard Nixon desde las oficinas de Pawley en Biscayne Boulevard.

"Nuestra petición a Nixon fue que se paralizaran todos los demás esfuerzos de Washington para contrarrestar al régimen de Castro y se priorizara el avance de nuestro plan, que era pacífico y estaba despojado de todo matiz político o de grupo --comentó Rivero--. "A Nixon le entusiasmó el proyecto, se comprometió a apoyarlo y aceptó incluso nuestras condiciones. La idea era quitarle el argumento a Castro de que toda la oposición a su gobierno venía de los batistianos y los latifundistas''.

Al regreso a Cuba, en enero de 1960, Rivero recibió luz verde de Abel y Goar Mestre, los dueños de la CMQ, para presentar el plan en vivo a través de la cadena, la más poderosa de Cuba y Latinoamérica. Pero la gestión quedó trunca tras la negativa de comparecer en público los mismos empresarios, profesionales y líderes cívicos que en privado le manifestaban total respaldo a la iniciativa.

"Fue una total cobardía, porque mucha gente que vino a darme su apoyo no quería después que publicásemos su nombre'', narró Rivero. "En ese justo momento comprendí que la lucha contra el régimen de Fidel Castro estaba terminada, y que no había conciencia ni hombres suficientes para la salvación de la patria''.

Los días de Diario de la Marina estaban contados. Rivero sostiene la fotografía donde aparece el cilindro de rotograbado que fue destruido en dos ocasiones por asaltantes armados, con la intención de abortar la publicación de una carta de respaldo a su gestión. En su lugar, los interventores forzaron a los trabajadores a firmar una declaración de rechazo al director y ocuparon su despacho.

Grau, el asistente, apenas atinó a rescatar el crucifijo de marfil que colgaba en el despacho y escapó por la azotea del edificio. Rivero emprendería la senda del exilio rumbo a Lima la noche del 26 de mayo de 1960.

El dilema de Gastón Baquero

La desaparición del Diario de la Marina preconizó el descalabro de la prensa democrática en Cuba. Tribuna de las más prominentes figuras intelectuales de la nación cubana, sus páginas acogieron las contribuciones de Jorge Mañach, Ramiro Guerra, Francisco Ichaso, Gastón Baquero, Emeterio Santovenia, José María Chacón y Calvo y otros nombres imprescindibles de la cultura nacional.

Su línea editorial fue inalterablemente conservadora y anticomunista, siempre en defensa de los valores tradicionales de la familia, la religión católica, la propiedad privada y la libre empresa, lo que lo convirtió también en blanco de ataques del pensamiento liberal desde su nacimiento en el siglo XIX.

Rivero asumió la dirección del periódico en 1945 tras la muerte de su padre, José Ignacio Rivero Alonso, el afamado columnista de "Impresiones'' y a su vez heredero de una dinastía familiar iniciada por el asturiano don Nicolás Rivero Muñiz en 1895. Tenía 25 años y acababa entonces de graduarse de Periodismo en la prestigiosa Universidad de Marquette, en Milwaukee. No podía imaginarse entonces que tendría que sortear los más escabrosos accidentes de la historia cubana contemporánea: el golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952, y la lucha insurreccional que conduciría a la victoria de Fidel Castro en 1959.

"Contrario a lo que dice la historia oficial fabricada por el totalitarismo castrista, nunca fuimos un periódico probatistiano'', reflexionó. "El propio Batista llegó a enviarme mensajes con sus personeros para decirnos que el Diario de la Marina estaba equivocado al reflejar ciertas cosas de su gobierno, y que él actuaba así por el bien de la república... Los censores del Ministerio de Gobernación que permanecían en la Redacción hasta la hora del cierre nos impusieron varias veces la censura''.

Sin embargo, el Diario de la Marina mantuvo como jefe de Redacción al poeta Gastón Baquero, quien figuraba en un amplio consejo consultivo nombrado por Batista. El nombre de Baquero apareció con asignaciones de $18,000 pesos mensuales en una lista de connotados periodistas, hallada en la mansión presidencial en los primeros días de 1959.

"Reconozco que era discutible su conducta'', acotó Rivero. "Desde que salió su nombre en el consejo consultivo le pedí personalmente que renunciara a la jefatura de redacción si aceptaba ser miembro de ese organismo político. Baquero era un periodista extraordinario y yo no iba a destituirle, pero ahora, a la distancia de los años, pienso que hubiera podido nombrar al puesto a otra figura de igual competencia profesional''.

¿A quién se refiere?

"A Francisco Ichaso''.

La pistola de Castro

Las discrepancias del Diario de la Marina con el curso de los acontecimientos revolucionarios derivaron también en escisiones internas. Un grupo de columnistas entre los que figuraban Mañach, Rafael Suárez Solís, Medardo Vitier, Anita Arroyo y Miguel Márquez de la Ferra enviaron a Rivero una carta de renuncia a sus colaboraciones, cuestionando la presunta tendenciosidad del periódico al criticar los cambios en marcha en el país.

El periódico sufrió además las pérdidas de Baquero, quien marchó al exilio antes de la llegada de los rebeldes a La Habana, y de Ichaso, arrestado injustamente bajo acusaciones de delación.

Rivero decidió dirigirse personalmente a Fidel Castro para reclamar la liberación de su colega. Se encaminó al Palacio Presidencial, donde sesionaba una reunión del gabinete revolucioario --presidido por el primer ministro José Miró Cardona. Pero ya Castro se había marchado del lugar.

Aquel incidente quedó grabado en su mente como una revelación de los rumbos torcidos que comenzaban ya a manifestarse en la cúpula de poder.

"La puerta estaba entreabierta y me dirigí a Miró Cardona para pedirle que hiciera algo por Ichaso, pero su respuesta me produjo una profunda tristeza... Se movió lentamente hacia la puerta y en voz baja me comunicó que él no podía hacer nada, porque Fidel Castro era el que mandaba en todo. Y añadió: ‘Esto es comunismo, pero yo tengo que estar aquí para evitar que las cosas se vayan de las manos' ''.

Finalmente Castro lo recibió en su puesto de mando en Cojímar, al este de La Habana. Al entrar a la habitación donde transcurrió la entrevista, el líder revolucionario tenía puesta su pistola sobre un editorial del Diario de la Marina que criticaba una legislación para suspender los títulos obtenidos en universitarias privadas durante el período batistiano.

"Me dijo que era una imagen simbólica de que había que defender la prensa y seguidamente me habló sin parar por tres horas sobre las posibilidades de explotar el henequén para en un futuro cercano facilitarle el papel gratis a los periódicos, que la prensa cubana iba a ser superior a la de Estados Unidos... pero no me permitió siquiera hablarle de Ichaso'', contó Rivero.

Fue finalmente el periodista José Pardo Llada quien intercedió por Ichaso y logró sacarlo de la cárcel. Ichaso permaneció en reclusión domiciliaria hasta su salida del país con destino a México a mediados de 1960.

Otra vez en La Habana

En 1952 el Diario de la Marina terminó la construcción de su nuevo edificio y la instalación de modernas máquinas de impresión a un costo de $4 millones. Tras su cierre, la instalación fue irónicamente destinada al periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular (comunista), desaparecido cinco años más tarde.

En el exilio, Rivero publicó un Diario de la Marina con frecuencia semanal, realizado desde una oficina de Miami Beach. Tras el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, decidió cerrar la edición.

"Allí se acabaron nuestras esperanzas de un pronto regreso a Cuba'', sentenció.

Rivero no ha abandonado sus sueños del renacimiento del Diario de la Marina en una Cuba futura mediante la eventual contribución de algunos de sus descendendientes: cuatro hijos, 12 nietos y 14 bisnietos.

"En una Cuba con plena libertad y democracia, el periódico tendrá que resurgir con más patriotrismo que nunca'', aseveró. "Tengo la convicción muy dentro de mí que no seré yo, pero que algunos de mis descendientes recuperarán la legítima propiedad del periódico y del edificio, y que sacaremos el Diario de la Marina otra vez en La Habana''.

El lanzamiento del libro Biografía de un crimen, publicado por Nueva Prensa Cubana, se realizará el próximo jueves 7 de mayo, a las 7 p.m., en la sede del ICCAS de la Univesidad de Miami, en el 1531 Brescia Ave, Coral Gables.

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