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Afirman que Hemingway no frecuentaba la Bodeguita

En La Habana, sobre la barra del restaurante La Bodeguita del Medio hay un cartel que dice: “Mi daiquirí en El Floridita y mi Mojito en La Bodeguita”. Y debajo, una firma en la que se lee Ernest Hemingway.

Durante años se ha asegurado que el escritor norteamericano alternaba sus visitas a la lujosa barra del restaurante El Floridita -donde bebía daiquiríes dobles sin azúcar- con el caluroso salón de La Casa Martínez, el nombre original de La Bodeguita, en Empedrado 207, en el casco histórico de La Habana.

“No, no, Hemingway nunca fue cliente de la Bodeguita, puedes estar seguro de eso”, me dijo una vez, allá por los años 80, Angel Martínez, antiguo propietario y fundador de la Bodeguita del Medio.

Conversábamos en la sala de su pequeño apartamento. Estaba sentado en su sillón preferido, y de fondo tenía el enorme retrato al óleo que le hizo su amigo el pintor cubano Víctor Manuel. Martínez y su esposa Armenia sonrieron cuando le pregunté si era cierto que el autor de Fiesta frecuentaba La Bodeguita.

“Estuvo una sola vez, eso de que venía por aquí es algo inventado, para promoción”, me dijo haciendo un gesto de despreocupación con la mano, como restándole importancia a la historia.

Martínez, quien recuerda a Hemingway como alguien de un carácter difícil, me contó que su relación con el escritor se había limitado a una ocasión en que Errol Flynn lo visitó en su casa de Finca Vigía, en San Francisco de Paula, en las afueras de La Habana.

“Hemingway vino a verme para que le ayudara a conseguir una marca de whisky que le gustaba mucho a Errol Flyn, y que yo importaba desde Estados Unidos. Luego le hice una visita de cortesía, después nos vimos a lo mejor un par de veces más, pero no, no iba La Bodeguita”.

Al margen de su obra literaria que le valió el Nobel de Literatura en 1954 y un premio Pulitzer por El viejo y el mar, en 1953, la vertiginosa vida que llevó Ernest Hemingway (21 de julio de 1899 - 2 de julio de 1961) tiene todos los ingredientes para convertirlo en un personaje casi mítico entre los cubanos, a lo que se agrega haber vivido durante 40 años en la isla. Los hechos violentos en que participó, pudieran ser material de primera para una saga cinematográfica.

Deprimido por la hipertensión, la diabetes y varias sesiones de electroshocks, se voló el paladar con una escopeta de caza el dos de julio de 1961, en su casa de Ketchum, en Idaho. Pero antes fue herido en la Primera Guerra mundial como conductor voluntario de una ambulancia, cuando salvó a un soldado italiano; fue corresponsal activo de otras tres guerras; participó en varias misiones de reconocimiento aéreo en Alemania, y desembarcó en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. Se involucró de tal manera en la contienda, que años después le aseguró a un amigo que había matado a 122 alemanes en el frente de batalla, uno de ellos un joven soldado que intentaba escapar, al que le disparó tres veces con un fusil, y luego lo remató de un disparo en la cabeza.

Era un experto cazador, y conocía como nadie las mañas de la corriente del Golfo, donde forcejeaba con un pez espada, o mantenía a raya a los tiburones con una subametralladora Thompson .45 ACP para que no despedazaran sus trofeos de pesca, como le ocurrió a Santiago, su héroe de El viejo y el mar.

Organizó expediciones en su yate “El Pilar” para rastrear submarinos nazis entre los cayos al norte de Camagüey, y sobrevivió en África a dos accidentes aéreos en menos de una semana. Se casó cuatro veces, y a través de Thomas Hudson, su alter ego de Islas en la corriente, aseguraba haber impuesto un record al beberse más de 20 daiquiríes durante una mañana en la barra de El Floridita, uno de los bares más famosos del mundo a mediados del siglo pasado, del que sí era cliente habitual.

A Hemingway lo imaginan aventurero, corpulento, y de barba canosa, tal como se le ve en las fotos que le tomaron a principios de los años 50: en bermudas, camisas Aberchrombie a cuadros, y con una desteñida gorra de pelotero. Se sentaba a beber mojitos cerca de las mamparas de La Bodeguita del Medio que daban a la calle, mientras contaba sus aventuras. Desde allí disfrutaba la brisa de la bahía, que en las tardes se escurría por las bocacalles de la Plaza de la Catedral habanera, hacia el suroeste de la ciudad.

Nada más idílico, y aunque muy lejos de la verdad, más o menos así es la pintoresca historia que cuentan los guías de turismo y los folletos publicitarios en La Habana, a todo el turista que llegue con el buen ánimo de escucharla. La historia ha ido tan lejos que en la distante Kuala Lumpur existe un bar llamado Hemingway´s Mojitos.

En su libro Hemingway en Cuba, el escritor cubano Norberto Fuentes explica que el creador de la frase que lo sitúa como cliente de La Bodeguita fue el periodista Fernando G. Campoamor, otro de los que luego negó varias veces que Hemingway visitara el lugar.

Años más tarde, en compañía de mi amigo el pintor cubano Pedro Luis Rodríguez (Peyi), visité al editor Félix Ayón en su apartamento del barrio habanero de Ayesterán. Ayón, uno de los primeros clientes que tuvo La Bodeguita, corroboró el testimonio de Martínez. Explicó que entre los años 40 y 50 la Bodeguita no pasaba de ser un pequeño restaurante que solo visitaban los empleados de las imprentas y editoras que funcionaban en las cercanías. “Eso sí”, me dijo, “allí se reunían amigos con inquietudes literarias, que crearon el ambiente medio bohemio que la hizo famosa después, entre ellos el poeta Nicolás Guillén”.

Definitivamente las visitas de Hemingway a la Bodeguita y su afición por el mojito son un leyenda urbana, pero el lugar se mantiene como un sitio pintoresco y de interés para quienes viajan a La Habana, y desean sentarse a cenar donde sí es cierto que estuvieron Gabriela Mistral, Nat King Cole, Agustín Lara, Julio Cortázar, Joan Manuel Serrat, Margaux Hemingway, Pablo Neruda, o Salvador Allende.

Desde hace unos años La Bodeguita dejó de ser el sitio encantador, caluroso y de ambiente informal y espontáneo, que cerraba bien tarde en la madrugada, solo cuando el último de los amigos que se habían dado cita esa noche lanzaba la toalla sobre la barra.

Buena parte de ese encanto se fue con el último grupo de habituales, cuando platos tan criollos como el cerdo asado, el arroz blanco, los frijoles negros dormidos, y la yuca con mojo, comenzaron a cobrarse en dólares.

La Bodeguita del Medio hoy es un restaurante de mobiliario rústico, con el dudoso atractivo de las paredes garabateadas, repelladas y repintadas, a donde viene gente de todas partes del mundo a garabatearlas de nuevo. Allí están las réplicas de los taburetes originales de piel de chivo donde sentarse a escuchar las historias medio falsas y medio ciertas que se cuentan. Una de ellas es que de vez en cuando Ernest Hemingway se dejaba caer por allí.• 

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