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Florida y Cuba: La conexión indígena

En algún rincón de Miami o de Cuba, un cubano o cubanoamericano pudiera guardar en su sangre la huella de las civilizaciones precolombinas del sur de la Florida.

De ser así, su ADN ratificaría un capítulo poco estudiado de la historia: la emigración de cientos de aborígenes de la Florida a Cuba durante la era colonial española, en la cual ambos territorios constituían la Capitanía General de Cuba.

Hallazgos antropológicos recientes sobre las relaciones entre los colonizadores españoles y las tribus nativas de la Florida entre los siglos XVI y XVIII no solo ilustran las alianzas forjadas entre indios y europeos, sino también el puente migratorio que ha existido entre las orillas del Estrecho de la Florida desde mucho antes de la emigración cubana a Cayo Hueso y Tampa durante la segunda mitad del siglo XIX.

Con el descubrimiento de la Florida un Domingo de Pascua como hoy hace 500 años —día en que el conquistador Juan Ponce de León avistó desde su embarcación una tierra en la cual anhelaba hallar la mitológica Fuente de la Juventud—, los españoles sembraron una herencia que hoy florece por doquier, desde los vestigios de misiones cristianas y fortines, hasta la cultura hispánica reverdecida por múltiples olas de inmigrantes latinoamericanos que impulsan al estado a regresar a sus raíces originales.

La historia de la Florida española, período que comprende casi 300 años con un intervalo de dos décadas de dominio británico, ha sido prácticamente marginada de la cultura norteamericana, aunque un reducido grupo de eruditos se ha dedicado a estudiar las relaciones entre nativos y colonos en suelo peninsular. Poca atención, sin embargo, ha recibido el vínculo entre los aborígenes del sur de la Florida y Cuba. Tribus como las Tequesta, Calusa y Jobe mantenían una conexión más cercana con La Habana que con San Agustín, sede de la expansión colonial en el sureste de los actuales Estados Unidos.

“La mayor parte tanto de los indios cristianizados que quedaron al final en las misiones del norte de la Florida española como de los no conversos que quedaron en el sur de la Florida fueron trasladados durante el siglo XVIII a las afueras de La Habana, donde tal vez sería posible descubrir descendientes de varias culturas indígenas extintas”, sostiene en un trabajo académico John Worth, antropólogo de la Universidad del Oeste de la Florida especializado en la era colonial europea en el sureste del país.

El traslado esporádico de una pequeña cantidad de indios comenzó en el siglo XVI, cuando los españoles que prosiguieron a Ponce de León fracasaron en al menos ocho expediciones por conquistar Florida entre su descubrimiento y la fundación de la primera colonia, San Agustín, en 1565. En ese contexto, el puerto de La Habana fue el hogar de estos nativos que eran usados por los españoles como intérpretes y guías de navegación.

“Por su ubicación estratégica en el sistema de transporte marítimo español, La Habana pronto se transformó en el principal eslabón entre San Agustín y el resto del mundo colonial español”, afirma Worth.

Confrontaciones y alianzas

El encuentro entre dos civilizaciones a partir de 1513, al igual que en otros lugares de América, fue un choque hostil que diezmó a sectores de la población indígena. Los españoles sufrieron muchas dificultades también por mantener la Florida hasta que, en 1763, al final de la guerra de los Siete Años, la cedieron a Gran Bretaña a cambio de La Habana, entonces ocupada por los ingleses.

Una vez que los españoles consiguieron dominar el sureste de Estados Unidos años después de la fundación de San Agustín, un giro repentino se produjo a finales del siglo XVI.

“Hay un cambio en la diplomacia que marcará los próximos 200 años”, explica Bob Carr, director ejecutivo del Archeological and Historical Conservancy, entidad en el Condado Broward consagrada a la preservación histórica y arqueológica de Florida. “Ahora se tornan aliados los indios y los españoles. Las misiones [de los franciscanos] tuvieron algo de efecto, pero lo que fomentó una relación más estrecha fue el intercambio económico”.

El valor real de los indios del sur de la Florida para los españoles, explica Carr, se hizo evidente durante el salvamiento de naufragios que sufrían sus embarcaciones a lo largo de la costa peninsular y las actuales islas de Bahamas. Los nativos eran buenos buzos y les pagaban a cambio de su trabajo con alcohol, tabaco, implementos de hierro y abalorios.

“El cortejo de los indígenas del sur de la Florida fue exitoso en 1607 cuando fueron invitados por el gobernador de la Florida [Pedro Ibarra] a un festival en San Agustín”, escribe Carr en su libro Digging Miami. En 1628, nuevamente los convocaron, pues los españoles necesitaban “que mantuvieran vigilancia ante la expansión de la presencia holandesa e inglesa”.

Ya para entonces los pueblos indígenas en Cuba, taínos y siboneyes, habían sido diezmados por los conquistadores tras el impacto devastador de dos culturas incompatibles y las enfermedades importadas por los europeos, con excepción de algunos grupos que lograron escapar a las montañas y los cayos vecinos.

Durante el siglo XVII, algunos indígenas insurgentes de las misiones del norte de Florida fueron encarcelados y juzgados en La Habana, según la investigación de Worth. En 1688, el jefe del cacicazgo de los indios Calusa, en la costa suroeste de la Florida, que se habían mantenido virtualmente aislados, divulgó que estaba dispuesto a convertirse al cristianismo.

La Diócesis de Santiago de Cuba envió un barco para negociar con el cacique, pero sus consejeros advirtieron que podría ser esclavizado al llegar a La Habana, por lo que éste despachó a unas cuantas familias para poner a prueba las intenciones del obispo.

“Sentó un precedente en la historia de los indios del sureste de Florida en Cuba”, escribe Worth. “Las familias Calusa fueron asentadas por las autoridades cubanas sobre el acantilado llamado La Cabaña directamente al otro lado de la bahía del centro de La Habana”.

Forzados al exilio

En los albores del siglo XVIII, soldados ingleses protestantes con sus aliados indígenas de la colonia Carolina descendieron a la Florida decididos a extirpar la presencia española católica, así como la de los aborígenes de la región.

El avance de tribus enemigas guerreras como las Creek y Yamasee aceleró la desintegración cultural de los Tequesta que habitaban los Everglades y la bahía Vizcaína (Biscayne). También habían sufrido incontables muertes a raíz de las epidemias que trajeron los europeos.

Las invasiones de los indios —esclavos de los ingleses— obligaron a las tribus locales a abandonar su hábitat; para muchos la única opción era refugiarse en Cuba o, de lo contrario, corrían el peligro de ser vendidos como esclavos para trabajar en las plantaciones de arroz y añil.

En 1704 las autoridades cubanas aprobaron la inmigración permanente de un grupo de indios Tequesta, Calusa y Jobe, entre otros, que se encontraba en Cayo Hueso. Dos mil aborígenes anhelaban escapar, pero los dos buques enviados por el obispo Jerónimo de Valdés tenían capacidad únicamente para 270 refugiados. Según Carr, las élites de los cacicazgos tuvieron prioridad para subir.

Antes de que zarparan otros navíos, la operación del obispo desató una polémica en La Habana debido al uso de fondos de la Corona real. De todos modos, en apenas tres meses, unos 200 inmigrantes asentados en la isla murieron por plagas de tifoidea y viruela. Una veintena de supervivientes regresaron a la Florida.

El resto, asevera Worth, “fue dispersado entre algunos residentes cubanos dispuestos a acogerlos, no solamente en la proximidad de La Habana, sino también en otras regiones de Cuba”, como la Bahía de Jagua, en la actual provincia de Cienfuegos.

La historiadora de Miami, Arva Moore Parks, una de las pioneras en el estudio de las tribus autóctonas, ha documentado dos migraciones posteriores de Florida a Cuba, una en 1711 —que resultó exitosa—, y otra fallida en 1732. Un documento hallado por Worth indica que más de 200 indios formaron una comunidad en La Habana, y al menos una mujer Calusa bautizada dio a luz a dos hijas, pero se desconoce el nombre del padre.

“Realmente fue un esfuerzo de rescate entre aliados”, afirma Parks, al mencionar la fundación, en 1743, de una misión y un fuerte triangular en la ribera del Río Miami nombrado Pueblo de Santa María de Loreto —el segundo nombre que tuvo el actual Miami.

Las migraciones esporádicas continuaron; la población indígena fluctuaba alrededor de la Cabaña, escribe Worth, al destacar que los indígenas también servían como fuerza laboral para la emergente industria pesquera cubana.

La firma del Tratado de París tras siete años de la guerra angloespañola puso fin, en 1763, al primer período colonial español de la Florida. Con la evacuación de las fuerzas españolas también salieron indios que estaban en Cayo Hueso, quienes se asentaron en Guanabacoa.

“Sus descendientes pasaron a formar parte del tejido de cubanos mestizos y mulatos, y los que sobrevivieron en Florida, que pasaron a llamarse ‘indios españoles’, fueron absorbidos por los Seminoles [descendientes de los Creek]”, apunta Carr.

“Hubo mucha mezcla y reproducción”, concluye. “Irónicamente, algunos con ascendencia Tequesta pudieran haber regresado a Miami después de Fidel Castro”.

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