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Testigos de la historia y del discurso de Martin Luther King Jr.

Medio siglo después de que una inmensa multitud, de un cuarto de millón de personas, se apretujara en el (Paseo Nacional) National Mall, la Marcha a Washington por Empleo y Libertad es recordada a menudo en unas pocas palabras de un breve discurso dado por un mártir muy querido.

“Tengo el sueño de que mis cuatro hijitos vivirán algún día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel, sino por la integridad de su carácter”, dijo el reverendo Martin Luther King, Jr. “¡Hoy tengo un sueño!’’

Pero la marcha fue mucho más que eso. Fue una gozosa celebración del orgullo, la dignidad y la esperanza. Fue una protesta pacífica contra la segregación, la injusticia y la pobreza. Fue una exigencia al presidente, el Congreso federal y todos los estadounidenses a que cumplieran la promesa fundacional de la nación de libertad universal.

Ese día, negros y blancos, viejos y jóvenes, cantaron, lloraron y sudaron al unísono. Y ese día, King fue un héroe entre gigantes. Otros hablaron también con pasión y urgencia, como John Lewis, ahora representante federal de Georgia.

Tenía 23 años, era iracundo e impaciente, y tan radical que los líderes del movimiento censuraron su discurso. Es la única persona que dio un discurso ese día que todavía está viva.

Para los organizadores de la marcha y todos aquellos a quienes ellos inspiraron, la marcha no fue una culminación, sino una inspiración para seguir adelante.

Después de la marcha, la lucha se intensificó. Semanas después, cuatro niñas pequeñas murieron al estallar una bomba en una iglesia para negros de Birmingham, Alabama.

Al año siguiente, miembros del Ku Klux Klan asesinaron a los trabajadores por los derechos civiles James Chaney, Andrew Goodman y Michael Shwerner en el condado Nashoba, Mississippi.

El 7 de marzo de 1965, conocido como el Domingo Sangriento, un patrullero estatal de Alabama le rompió la cabeza a John Lewis cuando este guiaba a cientos de manifestantes pacíficos por el Puente Edmund Pettus en Selma, Alabama.

Seis meses después, la Ley del Derecho al Voto de 1965 entró en efecto.

Pero, hace apenas dos meses, el Tribunal Supremo de EEUU derogó una de las secciones clave de la ley, el desempleo y el encarcelamiento de los negros continúan siendo altos, de modo que mientras algunos veteranos de la marcha original regresan a Washington para participar en eventos que conmemoran su aniversario, ellos advierten que la lucha no ha terminado.

BOB ADELMAN

Empezando por las sentadas de los estudiantes en la primavera de 1963, el movimiento de los derechos civiles adquirió una nueva dimensión para Bob Adelman, el periodista gráfico cuyo retrato del doctor Martin Luther King Jr., alzando la diestra al cielo mientras concluía su discurso “Yo tengo un sueño”, es la imagen icónica de la Marcha a Washington.

El movimiento — o, como lo ve Adelman, “la última batalla de la Guerra Civil” — se convirtió para él en algo físico, y no sólo una idea, mientras afroamericanos colocaban sus cuerpos en lugares que una sociedad racista les decía que no eran suyos.

“Sus cuerpos eran foco de esclavitud”, dijo Adelman, de 82 años, vecino de Miami Beach. “El cuerpo había sido encadenado y golpeado, y ahora era liberado por medio de llevarlo a lugares prohibidos”.

Trabajando como voluntario para la Comisión de Coordinación No Violenta de Estudiantes (SNCC) y el Congreso de Igualdad Racial (CORE), Adelman pasó años documentando la lucha en el Sur Profundo, donde la segregación estaba al orden del día, y en ciudades del Norte donde existían tensiones raciales.

Sus fotografías aparecieron en todas las revistas importantes y en numerosos libros, el último de los cuales acaba de ser publicado por la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, que King dirigiera: I Have A Dream: A 50th Year Testament to the March that Changed América (“Yo tengo un sueño: un tributo de 50 años a la marcha que cambió Estados Unidos”).

El era muy cercano a King y le decía “Doc”.

El 28 de agosto de 1963, el cuerpo del movimiento se instaló en el corazón de una nación que negaba igualdad a millones de sus ciudadanos. Adelman asistió “para capturar a mis héroes, al espíritu del movimiento y su atmósfera Yo mantenía un ojo en los sucesos y el otro en la historia”.

Eso nunca hubiera tenido lugar sin la campaña de acción directa de esa primavera en Birmingham, Alabama, dijo Adelman.

Adelman, quien fotografió a la policía rociando a los manifestantes con mangueras contra incendios, dijo que “Doc” dijo a los fotógrafos que no hicieran labor de rescate, sino que tomaran fotos.

“El dijo: ‘Necesitamos esas imágenes’, porque eran esas fotografías y filmaciones los que demostraban lo que significaba la segregación”.

King, dijo Adelman, “era nuestro líder moral y más sabio que todos nosotros. Un ser humano realmente iluminado”.

CAROLE ANN TAYLOR

Carole Ann Taylor y su hermana, Priscilla Taylor, eran adolescentes cuando sus padres las llevaron a la marcha.

Ellas vivían en los suburbios de Nueva York. Su padre, el reverendo Carl Taylor, predicaba en una iglesia bautista de Harlem, y su madre Harriet “Toni Belle’’ Taylor era una activista comunitaria.

Carole Ann Taylor estudio en la Universidad Wilberforce, históricamente negra, en Ohio. Ella tenía 19 años en 1963, un año más que su hermana.

Como muchos jóvenes, Taylor salió de la marcha decidida a hacer la diferencia.

En las semanas previas a la marcha, “existía un sentimiento de anticipación, de que este iba a ser un evento único en nuestras vidas, muy especial, y nos sentíamos muy orgullosos de ser parte del mismo”, recordó Taylor.

“Recuerdo cuando iba caminando junto al agua”, el Espejo de Agua del Monumento a Lincoln, “casi hasta el frente, a la izquierda del podio”.

La multitud creció hasta llegar a los 250,000, y las autoridades estaban convencidas de que habría disturbios, pero para Taylor, “nunca tuvimos ninguna preocupación Era una celebración. Una bienvenida”.

Tampoco hubo disturbios.

“Todas las generaciones estaban representadas”, dijo Taylor, “desde bebés hasta ancianos”.

Taylor vino a Miami a fines de la década de 1970, trabajando como funcionaria de información pública para la Administración de Negocios Pequeños.

Ella decidió quedarse a vivir en Miami después de los disturbios raciales de 1980.

“Como persona de la raza negra, creí que había oportunidades por todas partes” en Miami, dijo. “Pero no fue hasta que vine a Miami que realmente sentí el impacto de eso que se llama el racismo. Fue algo tan atrasado para mí, pero también fue un reto”.

En la década de 1980, ella sirvió de asistenta al alcalde Maurice Ferré y dirigió la Coalición Caribeña de 100 Mujeres Negras de la Florida.

Ella recordó que los discursos, coronados por las palabras inmortales de King, “tuvieron un efecto enorme y transformativo. Fue un mensaje de esperanza cierta que fue dicho y recibido de una manera diferente. Y fue además hermoso estar allí con tantos tipos de personas diferentes”.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de agosto de 2013, 5:00 a. m..

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