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Hace 25 años, el caso Arnaldo Ochoa preocupó a los hermanos Castro

“Para mí esa fue la gota que derrama la copa”, dijo Juan Reinaldo Sánchez, ex guardaespalda de Fidel Castro y que vive ahora en Miami. “Que él fuera capaz de ejecutar a un hombre (Arnaldo Ochoa) que era un héroe verdadero”.
“Para mí esa fue la gota que derrama la copa”, dijo Juan Reinaldo Sánchez, ex guardaespalda de Fidel Castro y que vive ahora en Miami. “Que él fuera capaz de ejecutar a un hombre (Arnaldo Ochoa) que era un héroe verdadero”. el Nuevo Herald

Fidel Castro tenía tanto miedo de una revuelta en la unidad paramilitar más exclusiva de Cuba que ordenó que su caravana de automóviles evitara pasar cerca de su base, afirma su principal guardaespaldas de esa época.

Raúl Castro estaba deprimido y se emborrachaba tanto que se orinaba en los pantalones.

El héroe principal de las Fuerzas Armadas de Cuba, el general Arnaldo Ochoa, había sido fusilado por tráfico de drogas. Y un miembro del círculo íntimo de Fidel, el ministro del Interior José Abrantes, estaba en la cárcel en espera de un juicio por no haber parado el narcotráfico.

Ese verano hace 25 años fue uno de los retos más difíciles de todos los tiempos para los hermanos Castro: mostrar que sus principales subalternos habían traficado drogas sin su consentimiento, y evitar una reacción de otros soldados que consideraban que los Castro estaban mintiendo.

“Para mí esa fue la gota que derrama la copa”, dijo Juan Reinaldo Sánchez, de 65 años, quien pasó 17 años en la escolta personal de Fidel, y vive ahora en Miami. “Que él fuera capaz de ejecutar a un hombre que era un héroe verdadero”.

Ochoa, de 59 años, era el principal ícono militar de Cuba. Era un veterano de las campañas en Angola, Venezuela, Etiopía y Nicaragua, había recibido la condecoración más alta del país, Héroe de la Revolución, y era miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

No obstante, fue ejecutado el 13 de julio de 1989, junto con otros tres altos oficiales del Ministerio de las Fuerzas Armadas (MINFAR) y el Ministerio del Interior (MININT), luego que una corte marcial militar los halló culpables de tráfico de drogas y de traición.

No había conspiración

Ochoa no estaba conspirando para derrocar a Fidel, como se rumoró en esa época, dijo Sánchez, quien en 1989 estaba al lado del gobernante cubano como la persona que llevaba el diario de sus actividades cotidianas. Ochoa no contaba con las tropas ni los medios para un golpe de estado, agregó.

Pero evidencia presentada en su juicio militar mostró que Ochoa y los otros tres ejecutados —Antonio de la Guardia, Jorge Martínez y Amado Bruno Padrón— habían de hecho organizado envíos de cocaína a través de Cuba para el cartel colombiano de Medellín.

Abrantes, uno de los asistentes más antiguos y cercanos a Fidel, ex jefe de su escolta personal, y general, fue arrestado luego junto a otros seis oficiales del MININT por no haber impedido el narcotráfico y corrupción. Murió de un ataque al corazón en 1991, mientras cumplía una condena de 20 años.

Fidel había aprobado la participación de Abrantes en el narcotráfico, alegó Sánchez. Y Raúl, entonces ministro de Defensa, había aprobado la participación de Ochoa. La Contra Inteligencia Militar (CIM), que reportaba directamente a Raúl, tenía que estar enterada de las actividades de Ochoa, pero ningún agente de la CIM compareció en el juicio, ya sea como acusado o como testigo.

“Fidel y Raúl lo manejaron todo bien porque al final consiguieron su objetivo, sobrevivir”, dijo Sánchez. “Ochoa, quien pudiera haber involucrado a Raúl, fue fusilado. Y Abrantes, quien pudiera haber involucrado a Fidel, murió en la cárcel. Y ya”.

Pero hubo efectos secundarios a consecuencia de ambos casos, especialmente para Raúl, quien tiene un historial documentado de beber mucho cuando está bajo presión.

Raúl cayó “en una depresión enorme” poco después del arresto de Abrantes, dijo Sánchez, quien incluyó la anécdota en su libro recién publicado, La vida secreta de Fidel Castro. Su versión no se puede confirmar de modo independiente, pero él ha probado ser una fuente confiable anteriormente.

Raúl temía que, si Fidel era capaz de sacrificar a Abrantes por “no saber” sobre el narcotráfico en el MININT, Fidel podría asimismo sacrificar a su hermano menor por “no saber” de los delitos de Ochoa en las fuerzas armadas, escribió Sánchez en el libro.

El jefe de la escolta de Fidel, el coronel José Delgado Castro, dijo a Sánchez que la escolta de Raúl había reportado que él estaba tan borracho que con frecuencia “se meaba y se defecaba en los pantalones”, dijo el guardaespaldas a el Nuevo Herald en una entrevista la semana pasada.

La esposa de Raúl, Vilma Espín, había pedido a los guardaespaldas de su esposo que contactaran a los de Fidel y solicitaran al hermano mayor que interviniera porque tenía miedo de que Raúl podría matarse durante una de sus borracheras, agregó Sánchez.

El pedido de Espín le fue comunicado a Fidel un viernes, dijo Sánchez. Delgado llamó por teléfono a la escolta de Raúl para decir que Fidel se encontraría con su hermano ese domingo en la casa de Raúl, conocida como La Rinconada, cerca de la residencia del propio Fidel en el área del oeste de La Habana.

Sánchez dijo que él acompañó a Fidel ese domingo. Los hermanos caminaron hasta un quiosco cercano, y Fidel le hizo señas a él y a Delgado de que se mantuvieran alejados. Los guardias se apostaron cerca del quiosco, pero Sánchez dijo que él escuchó la conversación sin dificultades.

“Fidel dijo: ‘A Abrantes lo sustituí porque no es mi hermano. Pero tú eres mi hermano... De la única manera en que te podría reemplazar es que tú sigas con ese comportamiento degradante y bochornoso”, dijo Sánchez a el Nuevo Herald. Raúl prometió dejar de beber.

Situación preocupante

Pero el caso de Abrantes continuó afectando a los hermanos Castro.

Preocupado acerca de la lealtad del MININT, a cargo de la seguridad interna del país, Fidel destituyó a los directores de casi todas sus agencias: las Direcciones de Inteligencia (DI) y Contra Inteligencia (DCI), la policía, inmigración, los guardafronteras y hasta el departamento de bomberos.

A algunos se les ofreció trabajar con las compañías extranjeras que entonces empezaban a aparecer en La Habana, y otros fueron transferidos a puestos estatales menos importantes. La edad oficial de retiro para los empleados del MININT fue rebajada a 45, y muchos fueron obligados a jubilarse.

“Yo acepté el retiro a los 45 porque yo sabía lo que sabía”, dijo Raúl Díaz, ex especialista de propaganda y contrapropaganda de DCI que vive ahora en la Florida.

A él se le había encargado la tarea de escribir un libro y filmar un documental para refutar las acusaciones de que Cuba estaba ayudando a narcotraficantes, dijo Díaz. En lugar de eso, él vio evidencia de que funcionarios cubanos estaban involucrados de hecho en el narcotráfico.

Mientras Abrantes languidecía en la cárcel, el general de ejército Abelardo Colomé Ibarra fue nombrado ministro del Interior y oficiales de CIM pasaron a ocupar cientos de puestos de menor rango, dijo Lázaro Betancourt, ex miembro de las Tropas Especiales del MININT.

Las Tropas Especiales eran en ese momento la unidad de mayor experiencia y fogueo de Cuba, veteranas de todo, desde la guerra de guerrillas en Latinoamérica a las guerras convencionales en Africa. Ellas habían sufrido más bajas que ninguna otra unidad en las fuerzas armadas.

Pero habían sido también las unidades de Abrantes y Antonio de la Guardia y su hermano gemelo Patricio, sentenciado a 30 años de cárcel en el caso de Abrantes. Patricio continúa en La Habana; lo último que se supo de él era que permanecía bajo arresto domiciliario.

Tras el arresto de Abrantes, a todos los miembros de las Tropas Especiales se les negó acceso a sus armas, y sus unidades, desde el nivel de batallón al de pelotón, fueron puestas al mando de oficiales de CIM por cinco meses, dijo a el Nuevo Herald Betancourt, de 52 años.

A los miembros de las unidades se les negó incluso sus pistolas para las ceremonias tradicionales del 26 de julio en 1989, las cuales conmemoran el nacimiento de la revolución de Castro, dijo a el Nuevo Herald Betancourt, quien desertó en 1999 y vive ahora en Miami.

Sánchez dijo que Fidel dio órdenes estrictas de que su caravana de automóviles no pasara cerca de la base de la unidad en el oeste de La Habana, junto a la bien conocida Quinta Avenida de la capital, porque temía a una revuelta dentro de las Tropas Especiales.

Para diciembre de 1989, la unidad y su principal fuerza de combate, el Batallón 20270, había desaparecido, dijo Betancourt. Los únicos sobrevivientes eran una escuadra súper élite, Comando 43, y sus secciones de inteligencia y contrainteligencia.

“La CIM nos ocupó. Yo lo llamo una ocupación”, dijo Betancourt. “Esa fue mi primera gran decepción con el sistema, lo que nos hicieron a nosotros la gente de Raúl, las FAR”.

Sánchez dijo que, hasta el día de hoy, algunos de los ex oficiales de alto rango de las Tropas Especiales permanecen bajo una vigilancia constante, y tienen los teléfonos tomados. El duda que nunca los dejen salir del país.

Los casos de Ochoa y Abrantes tuvieron además otras consecuencias.

En 1993, la fiscalía federal de Miami elaboró una acusación en contra de Raúl por presuntamente servir de cabecilla en una conspiración para enviar toneladas de cocaína colombiana a Estados Unidos a través de Cuba. El encausamiento nunca se presentó.

Y la Dirección de Inteligencia del MININT, otrora considerada como uno de los mejores servicios de espionaje a nivel mundial, por debajo solo de EEUU, Rusia e Israel, sufrió considerablemente luego de que su control fue asumido por oficiales de CIM con escasa o ninguna experiencia en operaciones en el extranjero.

“Conocemos, gracias a desertores y emigrados que la purga post-Ochoa de la DI tuvo como resultado el despido de alrededor de 500 inteligencia”, dijo Chris Simmons, experto retirado de contrainteligencia de Cuba en la Agencia de Defensa de Inteligencia del Pentágono.

“No obstante, el impacto de una pérdida de talento tan colosal fue tan grave que unos 300 oficiales fueron llamados de nuevo a filas... pocos años después de la purga”, añadió Simmons en un correo electrónico a el Nuevo Herald.

Sánchez afirmó: “El trabajo en cuanto a espionaje o contraespionaje se atrasó más de 10 años”.

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