El muñecón de los Castro
La transición presidencial en Cuba ha sido tan anodina que los medios occidentales, siempre ansiosos de proclamar novedades prometedoras en la isla, la cubrieron a regañadientes. Menciones más bien fugaces en los telediarios y páginas internacionales de los rotativos. Esta vez ni siquiera podían especular sobre un Papa que venía a redimir a los cubanos aherrojados. Ni sobre un presidente norteamericano que iba a llevar a la isla, escondida en una manga, la esperanza de democracia y libertad. Incluso nos han ahorrado hasta ahora –crucemos los dedos– las encuestas que típicamente anuncian el apoyo mayoritario de los cubanos de la isla y del exilio a la última pantomima castrista. No es, desde luego, como para agradecerle al régimen la falta de imaginación en su más reciente puesta en escena. Pero alivia comprobar que fue tan grotesca que no inspiró ni a ingenuos ni a compañeros de viaje.
Miguel Díaz-Canel, el delfín ungido por la familia Castro, cumplió obedientemente su papel ante la asamblea nacional no solo porque de haber hecho lo contrario –como han señalado con tino algunos comentaristas– habría resultado suicida, sino porque llevaba años preparándose para ello. Díaz-Canel fue un burócrata esforzado del régimen a quien amigos de la juventud en Santa Clara y Holguín recuerdan haberle escuchado bromas nada sutiles sobre los hermanos Castro y su sombrío régimen. Hoy es un apparatchik al parecer confiable que en su discurso inaugural no dejó dudas sobre su nueva misión al declarar: “Reafirmo… que Raúl Castro, como primer secretario del Partido Comunista, encabezará las decisiones para el presente y el futuro de la nación”. Entre aquel funcionario trabajador y jaranero de la juventud y el títere grave y sumiso de hoy se han interpuesto las prebendas con que lo han amaestrado los Castro, viejos expertos en el arte de crear hermandades mafiosas.
Dejemos, por tanto, a los corresponsales extranjeros acreditados en La Habana las referencias al “primer presidente de Cuba en décadas que no lleva el apellido Castro”. Algo tenían que destacar, los muy desventurados, para convertir en noticia tan patético mise en scene como el que se vivió en La Habana la semana pasada. La verdad es que en la Cuba castrista una presidencia que no lleve el apellido Castro nunca ha sido ni será presidencia. En el pasado fue el breve alarde reformista de un Manuel Urrutia Lleó quien, creyéndose presidente de veras, firmó su muerte política al denunciar el “febril comunismo” de Fidel Castro y su camarilla. Y fue la gestión gris de Osvaldo Dorticós Torrado, personaje tan invertebrado que ningún cubano se creyó la versión oficial de que se había suicidado en 1983 por un “padecimiento en la columna vertebral”.
Aquellos, por supuesto, eran otros tiempos. Ya en la Cuba de los Castro no está la figura abrumadora y energúmena de Fidel Castro. Por eso la cosa nostra castrista ha tomado precauciones especiales. Una es la designación de Alejandro Castro Espín, el hijo de Raúl y Vilma, como el jefe putativo del Ministerio del Interior, la tentacular policía política cubana. Otra es la consagración de su yerno, Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, como el jefe del imperio económico-militar cubano. Y la tercera es la permanencia de Raúl Castro en el verdadero trono del poder, que es el cargo de Primer Secretario del partido.
Dice Díaz Canel que el legado de Fidel Castro inspirará su gestión. No pudo haber escogido una metáfora más amenazante para los azorados cubanos. Sin embargo, un antiguo amigo suyo, exiliado ahora, opina que al flamante “presidente” no le sentará el papel de “muñecón de los Castro”. Puede que sí, puede que no. Nadie sabe a ciencia cierta cómo van a terminar las intrigas palaciegas que inexorablemente provocan las transiciones opacas como la que experimenta Cuba. Pero la designación del muñeco ofrece una nueva oportunidad a democracias influyentes, como la estadounidense y las europeas, para presionar al régimen cubano con el fin de que se tome en serio las reformas económicas y políticas que anhela la mayoría de los cubanos. Sin ellas, la isla continuará a la deriva, irremisiblemente condenada al subdesarrollo, la miseria y la opresión sea cual sea el apellido que lleve su gobernante.
Periodista cubano.
Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de abril de 2018 a las 6:00 a. m. con el titular "El muñecón de los Castro."