Diez años después del terremoto, las iglesias cobran vida otra vez en Haití
La imponente fachada de mampostería de la Iglesia Católica de San Gérard está en la cima de una colina empinada en el histórico barrio de Carrefour-Feuilles desde donde se ve la capital haitiana, el campanario inacabado que se eleva hacia los cielos, el techo de cúpula descubierto y parcialmente oculto por flamboyanes que aún no florecen.
La construcción se detuvo hace tres meses. Los contenedores que transportan el techo metálico, las luminarias y las baldosas, todos enviados desde España, han quedado atascados en el principal puerto marítimo de Haití.
Mientras tanto, más de dos docenas de operadores de equipos, pintores y trabajadores calificados no han podido trabajar en la iglesia. Un prolongado estancamiento político entre el presidente haitiano Jovenel Moïse y buena parte de la sociedad haitiana ha paralizado todo.
“Cada mañana miramos la situación en las calles y tenemos que decidir si podemos ir a trabajar o no“, dijo Patrice Well, cuya firma de construcción Gateway Office Park está reconstruyendo St. Gérard y la catedral destruida en la ciudad portuaria de Jacmel desde cero.
Una de las instituciones más grandes y afectadas de Haití en el terremoto del 12 de enero de 2010, la Iglesia católica, quedó abrumada hace 10 años este mes, cuando el terremoto causó daños estimados en $200 millones en edificios religiosos en esta nación predominantemente católica.
Alrededor de 250 estructuras y edificios en 70 lugares en tres de las 10 diócesis del país resultaron fueron dañados o destruidos, mientras que el clero, los líderes laicos y religiosos, entre ellos el arzobispo de Puerto Príncipe, Serge Miot, estuvieron entre los muertos.
Pero donde los gobiernos extranjeros y haitianos han luchado por avanzar después del terremoto, la Iglesia ha tenido un gran éxito, aunque sus esfuerzos de reconstrucción tuvieron un comienzo lento y sus problemas son emblemáticos de todo lo que ha afectado al país en el tiempo transcurrido desde entonces: parálisis de la reurbanización, ineficacia del gobierno y menos interés de los donantes extranjeros que en su momento se apresuraron entregar asistencia financiera y humanitaria.
“Pocas organizaciones en Haití hoy en día pueden afirmar haber reconstruido más de 30 edificios significativos según las normas internacionales de construcción sísmica con todos los fondos contabilizados y auditados externamente”, dijo Jacques Liautaud, un ingeniero que representa el programa latinoamericano de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, el mayor donante a la reconstrucción de la Iglesia católica en Haití.
“Pocos también se han tomado el tiempo y el esfuerzo de trabajar en colaboración dentro de las instituciones locales como lo hemos hecho nosotros”, agregó.
Al igual que la mayoría de las organizaciones internacionales después del terremoto, los grupos católicos trataron de hacer las mismas cosas: proporcionar ayuda humanitaria, evaluar los daños a las estructuras y planear la reconstrucción. Pero las iniciativas carecían de coordinación y los líderes católicos rápidamente se dieron cuenta de que muchas de las estructuras cayeron porque fueron construidas indebidamente, dijo Liautaud.
Una recolección especial de fondos para Haití por parte la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos recaudó $100 millones, de los cuales $33 millones se destinaron a la reconstrucción de iglesias, mientras que el resto se dedicó a labores humanitarias. Además de dejar 316,000 muertos, el terremoto dejó 1.5 millones de personas sin hogar y un número igual de heridos.
“Nos enfrentamos a una nueva realidad”, dijo monseñor Launay Saturné, presidente de la Conferencia Episcopal Católica de Haití y arzobispo católico de Cabo Haitiano, que se salvó de la devastación. “Fue una realidad que provocó muchas lágrimas, una realidad que hizo sangrar el corazón de la gente; fue algo sin precedentes porque no estábamos preparados”.
Frente a la enorme tarea de reconstrucción, los obispos católicos de Haití, junto con líderes de iglesias hermanas en Alemania, Francia, Estados Unidos y el Vaticano, se reunieron en Miami en septiembre de 2010 y crearon la Asociación para la Reconstrucción de la Iglesia en Haití (PROCHE).
El papel principal de PROCHE era asegurar que con el dinero recaudado se construyera la mayor cantidad de iglesias y edificios relacionados posibles a partir de una lista de prioridades creada por los obispos. También tenía que rendir cuentas y asegurar que todo edificio nuevo o reconstruido respetara las normas internacionales de construcción contra terremotos y huracanes, a pesar de que el Parlamento de Haití todavía no ha aprobado los códigos.
“Si tuviera que decir lo que este programa representa en términos de lo que se ha reconstruido, representa entre el 70% y el 80% de los fondos para la reconstrucción dentro de la Iglesia católica”, dijo Stephan Destin, director ejecutivo de PROCHE, que ha desembolsado alrededor de $28 millones desde 2011 y construido 43 estructuras hasta la fecha.
Destin y otros dicen que están satisfechos con el trabajo hasta ahora, pero no el ritmo.
Además de los problemas comunes en Haití, como determinar la validez de los títulos de propiedad y hacer frente a las reclamaciones de terrenos falsas, el esfuerzo también se ha visto empantanado por desacuerdos sobre el diseño arquitectónico, problemas presupuestarios y luchas internas, como en el caso de la Iglesia del Sagrado Corazón, en el barrio Turgeau de Puerto Príncipe.
La iglesia de Turgeau fue destruida en el terremoto y solo quedó una cruz solitaria en medio de las ruinas. La reconstrucción se detuvo temporalmente incluso antes de la reciente ola de conflictos civiles debido a problemas internos por el trabajo y problemas financieros con la empresa de construcción, dijo Destin.
El mayor obstáculo en el programa de reconstrucción dirigido por la Iglesia, dijo, ha sido la década de inestabilidad de Haití, y ahora el llamado peyi lock, la parálisis nacional que afecta el país.
La prolongada agitación política, además de una creciente inseguridad y una economía colapsada, han afectado todo, desde el costo y la disponibilidad de materiales de construcción hasta la capacidad de los trabajadores para llegar a las obras
“Si hubiera seguridad, si hubiera estabilidad, se habría hecho más”, dijo Saturné. “Estamos viviendo una crisis, una de las mayores que ha habido en Haití... El país está cerrado. El país está bloqueado. Hay barricadas a lo largo de las carreteras. Hay protestas. No se puede planear nada. Así que eso ha llevado a una desaceleración”.
En septiembre, justo antes de que una escasez de combustible de una semana se convirtiera en la tercera parálisis nacional y la ola sostenida de protestas más prolongada durante mandato del presidente Moise, Destin estaba tratando de determinar cómo reanudar los trabajos en 13 obras en todo el país.
“Los proveedores no quieren llevar material a las obras”, dijo. “No quieren sacar sus camiones a las carreteras porque corren el riesgo de perderlos materiales y los camiones. Por eso no podemos llevar cemento, no podemos conseguir bloques de construcción de calidad, ni gravilla.
Incluso conseguir que los ingenieros inspeccionaran el trabajo para asegurar que cumplieran los códigos sísmicos internacionales resultó difícil.
Patrice Well el dueño de la constructora, dijo que cuando comenzó a construir la estructura de 12,722 pies cuadrados de St. Gérard en febrero de 2018, las cosas se estaban moviendo sin problemas.
Desde entonces, una escasez de cemento en todo el país ha retrasado la construcción, las bandas armadas amenazaban a los trabajadores y al menos tres bloqueos nacionales a partir de julio de 2018 detuvieron las obras.
“Hemos perdido al menos cuatro o cinco meses de trabajo”, dijo Well en octubre, ya que el tercer y más largo período del encierro se deslizó en noviembre.
“Es difícil dejar de trabajar dos semanas, luego empezar de nuevo y volver a parar”, dijo Well. “Necesitamos tres meses de trabajo interrumpido”.
En Haití, un país profundamente religioso, existe un fuerte vínculo entre los haitianos y sus instituciones religiosas. Incluso en su estado actual, St. Gérard genera entusiasmo cuando la gente del lugar, que pasa por un camino montañoso de adoquines, mira hacia arriba para comprobar los avances en la obra, el hormigón expuesto, columnas redondas y aberturas en forma de arco.
“San Gérard es nuestro patrón, es nuestra parroquia”, dijo Rodrigue Paulo, de 63 años, una mañana mientras se detenía frente a la estructura mientras se dirigía al trabajo. “Es algo hermoso. Ahora, podemos decir que tenemos nuestra propia iglesia en Haití”.
Con tantas estructuras que reconstruir, los obispos y los líderes de la Iglesia local han tenido que tomar algunas decisiones difíciles sobre lo que se reconstruye y lo que no.
Por ejemplo, la Catedral de Puerto Príncipe, también conocida como la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, no fue incluida en las obras que el costo estimado de la reconstrucción, $50 millones, supera con creces los fondos disponibles.
Entre los proyectos tampoco está: el gran seminario de Notre Dame, que se derrumbó y cuya reconstrucción cuesta $9 millones.
Una iglesia que se reconstruye, aunque no por PROCHE, es la nueva Notre-Dame du Perpétuel Secours en el barrio de Fragnauville de Delmas. La enorme iglesia de tres pisos, dedicada a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, la patrona de Haití, está construida en un estilo arquitectónico neoclásico con columnas y una gigantesca cúpula redonda con una cruz en la parte superior.
En el momento del terremoto, la iglesia operaba desde una casa que se derrumbó, dijo el padre Jean Jacques Frédéric, quien fundó la parroquia y la iglesia en 2005. Frédéric dijo que le pidió a PROCHE que incluyera la construcción de la iglesia en su programa, pero se lo negaron.
Hoy en día, se enorgullece de que los $1.5 millones invertidos en la nueva estructura hasta los han donado los feligreses y la economía local. La construcción, que comenzó hace tres años y está en curso, es un ejemplo, dijo, de lo que los haitianos pueden hacer por sí mismos sin ayuda externa.
“Siempre estamos diciendo que otros nos tienen que ayudar, como si no pudiéramos hacer las cosas nosotros mismos”, dijo Frédéric, de pie en el interior de la iglesia, donde un pequeño equipo de trabajadores estaba enyesando las paredes. “Podemos reconstruir nuestro propio país”.
Como todavía hacen falta más fondos para el techo metálico, los vitrales y la pintura, Frédéric dijo que no puede estimar la fecha en que concluyan las obras. Pero se completarán, afirmó.
“Se está trabajando con pasión. Nadie nos está obligando a hacerlo; nosotros somos los que decidimos hacerlo”, dijo, señalando que el programa de reconstrucción de PROCHE probablemente no habría aceptado un diseño tan ostentoso.
La idea de que los haitianos contribuyan a la reconstrucción no es exclusiva de esta iglesia. Saturné, el jefe de la Conferencia Episcopal, dijo que los feligreses han contribuido a la reconstrucción de sus iglesias financiando servicios o recaudando fondos para completar las fases finales de un santuario.
La iglesia Sainte Teresa de Petionville, por ejemplo, estuvo más de dos años después de su reconstrucción sin techo interior o vitrales, hasta que la iglesia finalmente terminó las obras hace unos meses, gracias a los feligreses.
En St. Louis Roi de France en Turgeau, donde una grúa todavía se alza sobre el edificio, los sacerdotes han tenido que conformarse con un comienzo sencillo. Los feligreses rezan dentro de una estructura hermosa y moderna pero mal ventilada con pisos de mármol verde; hay electricidad, grandes puertas de roble, una rampa para discapacitados y un entresuelo de acero en el segundo piso.
Debido a que la congregación insistió en tener una rectoría, se añadió un piso en el sótano, lo que hizo aumentar el costo. Eso no dejó dinero para pintar el exterior o un sistema de aire acondicionado.
“Esto es lo que se llama una iglesia funcional”, dijo el padre Laurent Pierre después de la misa dominical.
En algunos casos, PROCHE tuvo que tomar decisiones aún más difíciles debido a los costos.
Después que el terremoto dañó la emblemática catedral centenaria de Jacmel, se pensó mucho en restaurarla y reforzarla. La se contactó a la firma Miyamoto International para determinar si podía rehabilitar el edificio, que originalmente se construyó en dos fases a finales del siglo XIX.
Pero restaurar la estructura de madera con techo metálico y paredes de mampostería de 40 pies de altura resultó ser demasiado para un presupuesto de $4 millones.
“El precio era dos veces y media lo que habría costado reconstruir el edificio”, dijo Destin.
Después de varias reuniones para evaluar las opciones, se tomó la decisión de demoler la estructura y construir una réplica con un interior moderno pero con el altar original.
En algunos casos, las parroquias han sido menos flexibles, lo que ha forzado a PROCHE a ceder a las exigencias de los feligreses.
Este fue el caso de la iglesia de Santa Rosa de Lima en Léogéne. Situada en el epicentro del desastre, la iglesia de 500 años se derrumbó cuando el suelo tembló violentamente durante 35 segundos. Después que los ingenieros hicieron pruebas, descubrieron que la iglesia, que estaba cerca de la línea de falla principal y previamente desconocida de Léogéne, se asentó sobre suelo movedizo y había un río subterráneo a 131 pies de profundidad.
A pesar de la sombría realidad, la parroquia insistió en reconstruir la nueva iglesia en el mismo lugar. ¿El precio de cavar a más de 131 pies de profundidad para encontrar suelo firme para reforzar los cimientos y proteger el edificio de un posible terremoto futuro? $2.9 millones.
“Se construyeron todas las estructuras principales, se hizo la instalación eléctrica y de plomería. Eso es todo. Sin puertas, sin ventanas”, dijo Destin sobre Santa Rosa. “Si esta iglesia se hubiera construido en otra zona habría costado un tercio del precio. Debido al terreno, los cimientos fueron muy caros “.
Destin dijo que si hay una lección que ha aprendido del proceso de reconstrucción es que los haitianos están muy apegados a sus casas de culto.
Un ejemplo es lo que sucedió cuando PROCHE estaba restaurando la campana de la Catedral de Miragoéne y los vecinos escucharon el repicar por primera vez desde el 12 de enero de 2010.
“Eran las 9 de la noche”, dijo Destin. “La ciudad no había escuchado la campana en muchos años... Cuando tocamos la campana, todo el mundo se quedó mirando hacia la iglesia y entonces vimos que toda la ciudad estaba frente a la iglesia mirándonos, porque era el llamado a misa, así es como se juntan. Y entonces se dieron cuenta: ‘Vamos a recuperar nuestra iglesia’ “.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2020, 6:11 a. m..