El arte espiritual de Gladys Triana
Gladys Triana (Camagüey, 1937) acaba de recibir la beca Pollock Krasner, un reconocimiento al “mérito artístico” así como a la continuidad de “un trabajo realizado durante un significativo período de tiempo”, con una dotación de $25,000, que ante todo permite celebrar la extraordinaria tenacidad de esta creadora que no se ha sujetado al dictamen de las tendencias en boga. Han pasado 59 años desde cuando Mario Carreño, entonces director de Bellas Artes de la Habana, la incluyó en la exhibición itinerante Cinco pintores de oriente, que se inauguró en el Liceo de Santiago de Cuba, en el mismo 1957 en que no por azar ella comenzó a tomar cursos de filosofía. Todo su trabajo es una indagación en la existencia a través de múltiples prácticas artísticas que extraen el don del asombro de los rescoldos de la vida cotidiana.
En el texto de presentación para su exhibición en el Instituto Cervantes de Nueva York, Gladys Triana. Reflexiones en las sombras, Ricardo Viera, director del Director Museo de Lehigh University, en New Jersey, apunta que en su obra la artista sopesa “la misteriosa persistencia y el silencio de un secreto visual” y afirma: “El acto de ver equivale a saber más (…), ese es el fuerte de Gladys”. Esta es la razón por la cual mirar su obra genera “reflexiones filosóficas”.
Su laberíntica travesía -premiada con la beca Cintas en 1994 y 2009, entre otros honores como el Programa “CALL (Creando un legado viviente) que la Joan Mitchel Foundation otorga para construir en vida archivos de la propia obra- incluye la experimentación en diversos medios. En 1969 dejó la isla natal con destino a Madrid, España, donde permaneció cinco años y estudió grabado en la Escuela de San Fernando. En 1974, invitada por Sarduy Gallery, viajó a Nueva York, la ciudad donde ha creado todo. A comienzos de los 80´s, después de haber obtenido un máster en educación (fue siempre maestra de arte en escuelas de zonas difíciles) construyó una serie de collages con los fragmentos de sus pinturas anteriores. Las rasgó en pedazos, con un gesto que marca su capacidad de ave fénix: hacer resurgir de las cenizas de sus obras algo nuevo.
Un día de 1984, el escritor Reinaldo Arenas visitó su estudio y se entusiasmó por los dibujos en tinta negra que representaban rostros en fuga, alargados, distorsionados hasta el punto de transformarse en manchas grises en un proceso de desintegración. “Eran dibujos realizados mediante la repetición de líneas entrelazadas que creaban una atmosfera de tensión y contenían la transitoriedad de la vida y la fugacidad de toda materia”, evoca Triana. Un par de semanas después, Arenas la sorprendió con un cuerpo de textos poéticos dedicados a cada dibujo. Desde entonces se han exhibido siempre juntos. El poeta y narrador de Antes de que anochezca escribió por ejemplo: “Como sombras que la misma claridad auspicia y borra, pasan las figuras”.
El signo de la transformación no sólo está presente en sus retratos en tinta sino en las numerosas piezas e instalaciones con las cuales exploró la ontología del mundo femenino en los márgenes de la historia; en los dibujos alusivos al juego vital en el exilio; en las pinturas de mandalas o formas sacras personales; y por supuesto en la obra de este milenio, fotografías y piezas de videoarte donde pequeños objetos (como peones de ajedrez o fragmentos de cosas ya sin uso) configuran un cosmos, un alfabeto visual que nos adentra en la trascendencia.
Ciertamente ha desembocado en un espacio ya vacío de cualquier referencia al territorio de origen o al género para contener en el lugar sin tiempo de sus fotografías abstractas la infinitud del ser. Si las fotos nos recuerdan la magia que asombraba a Malraux del medio: la potencialidad de alterar las dimensiones de todo lo existente; las obras de videoarte, filmadas y musicalizadas por James Carman bajo su dirección, narran de modos diversos la marcha del universo hacia la nada. Pero lejos de contener un sentido trágico muestran que en el interregno que se llama existencia, es posible contemplar algo bello. El conjunto de su obra está tensado por el hilo de una voluntad indoblegable y por la búsqueda de un lenguaje capaz de articular desde el silencio la emoción que antecede las revelaciones. Triana escucha la voz del visionario Kandinsky que en De lo espiritual en el arte, invitaba a ser ciego y sordo a los dictámenes de una época, y, en cambio, seguir la voz de la necesidad interior.
Hay artistas que escudriñan las tendencias que se imponen y se pliegan a estas, que aprenden los trucos del oficio –esos tácitos manuales- como las aparentes transgresiones que el mercado aplaude y se aseguran el éxito de un momento. Los triunfos de Gladys Triana son de otro orden: más modestos, menos comprendidos posiblemente, pero de modo indiscutible, fieles a la esencia de una búsqueda continua que a fuerza de perseverancia ha desembocado en la construcción de un lenguaje no sólo propio, sino capaz de contener una visión filosófica de lo atemporal. Un arte que puede llamarse “espiritual” como Andrés Malraux esperaba que fuera la creación del siglo XXI.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de septiembre de 2016, 6:51 p. m. with the headline "El arte espiritual de Gladys Triana."