Artes y Letras

El viaje alucinado de Joaquín González


‘Exodo’, (2014).
‘Exodo’, (2014). EL Nuevo Herald

Joaquín González (La Habana, 1957) podría ser una suerte de pez piloto del maestro José Bedia, y no solo por servirle de escudero en sus expediciones amazónicas, sino también por compartir algunas de sus preocupaciones místico-antropológicas. Pero habría que aclarar que, pese a su humildad y su caos creativo, no es segundo de nadie, ni siquiera del gran Antoni Tàpies, cuya retrospectiva Tàpies: From Within se exhibe por estos días en el PAMM, y a quien lo unen la misma inquietud estética, una potente energía informal y la fascinación por el objet trouvé y los materiales crudos.

Caminos y visiones, su obra reciente reunida en el Centro Cultural Español de Miami, invita, por obra del azar y salvando obvias distancias, a un pertinente diálogo entre ambas exhibiciones, una casi frente a la otra, al cruzar Biscayne Boulevard. Mientras Tàpies ensaya sobre el esplendor de la pobreza urbana, las cicatrices y rastros de una cultura del primer mundo, de una generación, la suya, de posguerra, golpeada por la austeridad incluso emocional; Gonzáles lo hace sobre otra precariedad no menos esplendorosa: el imaginario aborigen, sus marcas y su mágica cosmogonía, la relación atávica, ancestral, con un entorno vivo. Ambos cuestionan, abundan y polemizan, en fin, sobre la concepción contemporánea del progreso histórico.

La muestra, que incluye 12 piezas de mediano y gran formato, es una excursión por los territorios de la etnia asháninca, en la amazonia peruana, expresada en el particular lenguaje de González, partiendo del expresionismo abstracto, a la manera del mismo Tàpies o de Tuymans, con gestos fortuitos, automáticos, que dan paso al trazo controlado para provocar una gestual abstracción figurativa, cercana, en este caso, a los pictogramas aborígenes.

Como toda auténtica expedición americana, este viaje tiene su pátina de realismo mágico. Los cantos chamánicos, el ceremonial de la ayahuasca, con la ingestión del brebaje alucinógeno, serán ritual de arranque para atravesar la puerta de ese doble territorio simbólico en el que ya no hay otra realidad que la percepción. Joaquín González intenta registrar esa experiencia vertiginosa, desde que los hombres se reúnen en la Maloka, o casa tribal, para mascar coca e implorar a sus dioses antes de salir de caza, hasta las narrativas de la supervivencia.

Excepto Familia (2014), un mosaico de dibujos en tinta sobre papel, y dimensiones variables, en el que los seres-insectos ensayan alguna danza reproductiva, el resto de las piezas están elaboradas en técnica y medios mixtos sobre paneles sintéticos de vinyl banner, lo que le permiten manipular el color y la textura con ácido nítrico —un tratamiento que el lienzo no resistiría—, creando manchas, reservando espacios, decolorando u oxidando pigmentos. En esta reducción está el secreto de las texturas de las piezas y las tonalidades de su paleta natural, que va desde los colores tierra hasta el rojo óxido, el gris acero y el amarillo azafrán.

Hay en todas las obras una atención por los sucesos cotidianos. Grandes tragedias humanas, como el Éxodo (2014), son reducidas a muestras de laboratorio. En esta pieza, por ejemplo, homúnculos y animales amorfos huyen, se acercan, a la frontera: una cerca-bestia, serpiente que marca los confines de lo (des)conocido.

Tres alegorías centrales en esta serie son las nasas de fibras naturales, las colmenas y los “artesanales” nidos de las oropéndolas crestadas, que cuelgan como herméticas jaulas de fibra de los árboles para proteger a sus crías de los depredadores. Con esos elementos altamente metafóricos, Joaquín González se atreve a proponer una poética del manido dúo simbólico nacimiento-muerte, en el que descansa una de las guías conceptuales de la muestra, y que sintetiza en Nasa y Nido (2014). Como si se tratara de un buen guión, la angustia y la ansiedad no están en el clímax, sino en la espera. Y el nido, así como los aparejos de caza y pesca, contienen la ansiedad de la anticipación, el suspenso de ser herramientas o preámbulo del nacimiento y la muerte: la casa versus la caza, la supervivencia versus la protección.

Caminos y Visiones no es suma de abstracciones caprichosas: contiene un cosmos, y merece, por ende, una pausa. Una vez que descubrimos la dinámica clave, las obras revelaran ideogramas y pistas, cada mancha adquiere forma, y se experimenta, por unos segundos al menos, el portentoso tiempo de la ayahuasca. Ese en el que nos conectamos mediante el viaje psicotrópico con la realidad interior, y lo que vemos es apenas un reflejo de lo que somos. Ese en el que las narrativas quedan en suspenso, los orígenes y finales postergados, y la historia del hombre, con todas sus angustias y verdades, cobra forma en las memorias de un viaje alucinado.

Joaquín Badajoz es escritor, comisario y crítico de arte. Escribe de arte para diferentes publicaciones y galerías.

jbadajoz@aol.com

‘Paths and Visions’. Hasta el 10 de abril en el Centro Cultural Español de Miami . 1490 Biscayne Boulevard.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de febrero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "El viaje alucinado de Joaquín González."

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