Bob Dylan, un Nobel a la poesía en libertad
Una tarde lejana a fines de los años 1970, esperaba un ómnibus que parecía no llegar nunca en la calle Línea y G, en pleno barrio del Vedado, La Habana. Iba a devolverle a un buen amigo, hijo de uno de los mejores poetas cubanos del siglo XX, un disco que me había prestado. Pero no era un disco cualquiera. Se trataba de Highway 61Revisited de Bob Dylan.
¿Cómo era posible que un habanero tuviera la rara oportunidad de hacerse con un disco de Dylan? Y no era uno, sino la colección completa que mi amigo (quien a su vez era amigo de Allen Ginsberg, autor intelectual del envío) había recibido ¡por correo postal sin que le faltara uno! ¿Temor a una nueva perreta de Ginsberg? ¿O de Bob Dylan por interceptar un paquete enviado a un joven recién salido de prisión por “delitos contra la seguridad del Estado”? Aun a estas alturas ni mi amigo ni yo hemos podido descubrir el misterio.
Pero volvamos a la parada del ómnibus. Allí estaba yo, perdido en la multitud, llevando con orgullo aquel disco que me comunicaba un misterioso poder capaz de vencer cualquier temor, excepto el de que se me pudiera extraviar. De repente, una religiosa cuya presencia no había advertido, se me acercó sigilosa para decirme con un guiño de entendimiento y un acento que no era precisamente habanero: “Me gusta Bob Dylan, pero más me gustan los jóvenes que como usted desafían las amenazas y expresan aquello en lo que creen. Eso se llama, aquí y en cualquier parte, libertad”.
No pude responderle a la religiosa extranjera, porque en ese momento se armó la desbandada ante la presencia del ómnibus repleto, que, por supuesto, no pude tomar. Pero me sentí lo suficientemente estimulado para seguir andando, rumbo al Malecón, devorando las 17 cuadras que me separaban de la casa de mi amigo, cercana al Hotel Riviera.
Jamás he olvidado la confianza que aquellas palabras me infundieron. Con Dylan bajo el brazo, volaba casi por aquellas calles, silbando aquellas canciones que, en aquel tiempo, no entendía en su totalidad, pero que inspiraron a tantos jóvenes que buscaban una alternativa a la incultura oficial.
Tampoco puedo olvidar a aquel otro amigo que se las arregló para equilibrar guitarra y filarmónica, a la Bob Dylan, a quien escuchábamos casi en trance reproducir a su manera, mezclando palabras en inglés, español y hasta en lenguaje de signos, canciones como Like a Rolling Stone o Mr. Tambourine Man, y cuya habilidad instrumental nunca pudimos imitar.
Ahora, y de manera tan imprevisible como la vida misma de Bob Dylan, le otorgan el Nobel, dejando en la estacada a Philip Roth y tantos otros que aún lo esperan. Por supuesto, Dylan también tiene libros en su haber, pero la distinción honra fundamentalmente a la poesía, a “su” poesía que abarca en sí misma una tradición que se remonta a los griegos, a los salmos bíblicos, a las Sibilas y a las mejores tradiciones orales.
El Dylan que recibirá el premio no es el mismo de otros tiempos. Su naturaleza variable, contestataria, burlesca, de búsqueda perenne, es consecuente con el tránsito de su vida y de sus canciones. Sin embargo, hay, aparte de una profunda búsqueda existencial, un ímpetu y un ansia de libertad que nutre toda su creación, desde Blowin’ in the Wind hasta las piezas de su reciente Fallen Angels.
Las canciones y la propia existencia de Bob Dylan cambiaron el curso de la historia, desde las andanzas de los beatniks hasta aquella tarde reveladora, presa eternamente en una burbuja de tiempo, en que un joven habanero se identificaba para siempre con lo que constituye la poesía en libertad.
Celebremos este Nobel a un poeta siempre al margen, pero no marginal, como mejor merece: escuchando toda su discografía.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de octubre de 2016, 4:18 p. m. with the headline "Bob Dylan, un Nobel a la poesía en libertad."