Ena Columbié se viste de ‘Sepia’
La palabra sepia nos remite, sin proponérnoslo, a tiempos idos, pedazos de historia que quedaron retenidos, por desidia o por azar, en alguna parte –una vieja fotografía de un álbum descolorido, por ejemplo–, y que tal vez por lo que contiene de pérdida, de desolación en ruinas, de muerte aparentando vida, provoque una nostalgia difícil de definir; y más difícil aún, de asimilar.
Una nostalgia que a veces viene en ráfagas de palabras, se aproxima en versos que no pretenden embellecer un estado de ánimo o una sensación, aunque lo consigan; se presenta en versos cortantes, ríspidos, ariscos; versos sepia, que dibujan lo mismo el silbido del viento que “susurra desastres en mis oídos”, o “la tarde que cae en picada zanjando los caminos / a veces roja a veces sepia a veces profetizando la lluvia”. Porque “son épocas sombrías”; resuenan las palabras y el eco las esparce como caricias que no llegan a cuajar: “porque igual estamos hechos de tiempo”, y entonces “las sombras del presente se sientan frente a mí / para borrar el pasado que me hacía soñar” y quizás, como se ha repetido a lo largo de la historia, “la salvación está en apurar el trago”.
Palabras transparentes en versos sepia, así me llega, en torrente indetenible, la poesía de Ena Columbié (Guantánamo, Cuba) en este libro que no podría llamarse de otra manera, Sepia (Betania, 2016), porque es sepia, igual que las magníficas fotografías de la autora, que lo ilustran “como llanto de muerte”, y donde prima todo lo que mencioné antes, más la soledad: “La soledad invade todo / hasta el susurro de la lluvia / que desciende por los techos / y rompe el equilibrio”.
Palabras encadenadas con dolor que intentan ocupar el vacío de los que no están, los que arrasó la muerte para dejar una casa a la intemperie, definitivamente rota y vacía, aunque intacta en la memoria, a donde es imposible regresar porque sería como un viaje hacia un espejismo, un tránsito hacia un reflejo en medio del aire calcinado. No se puede volver porque: “Ya no hay nadie de nosotros” en una isla que es “espanto de hambre y muerte”. Y, como si no fuera suficiente todo lo anterior, está la madre que la prepara y no deja de advertirle en un susurro tenue que: “Ahora es amargo el olor de las flores y la alegría es triste”.
Poesía sabía, pero con poco espacio para la esperanza. Se avanza en este libro aunque sin respiro, sin un árbol o una columna firme donde apoyarse, a puro pulmón. Versos duros, escoltados por el sepia de unas paredes ruinosas en escorzo, cúpulas truncadas, un bote podrido que agoniza cerca de una orilla que no tocará jamás, bejucos, lianas, maleza, como hilos, incrustada, haciendo rajaduras en lo que queda de ancianos muros, sin un cuerpo al que asirse porque no hay en las espléndidas fotografías de Ena Columbié ni la sombra de una presencia humana.
De ahí que yo piense que las fotos no ilustran los poemas, sino que los amplían, los continúan, los complementan. Una simbiosis de palabra e imagen, de poesía en versos y en imágenes, que deja huellas como cicatrices, profundas, imborrables, en cada lector.
Sepia, con un excelente prólogo del también poeta Juan Carlos Valls, es un libro sobre el que hay que volver. Así pasa siempre con los buenos libros.
Ena Columbié, pintora, fotógrafa y escritora, es licenciada en Filología. Ha obtenido numerosos premios en crítica literaria y artística, cuento y poesía. Tiene publicados los siguientes libros: Dos cuentos (narrativa, 1987), El Exégeta (crítica literaria, 1995), Ripios y Epigramas (2001), Ripios (poesía, 2006), Solitar (poesía, 2012) y Las horas (antología, 2011). Muchas de sus fotos y de su pintura forman parte de colecciones privadas, de galerías y museos. Ha expuesto en diversos países. Mantiene el blog “El Exégeta”.
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de noviembre de 2016, 2:28 p. m. with the headline "Ena Columbié se viste de ‘Sepia’."