Artes y Letras

Antonio Orlando Rodríguez: solo para adultos

Antonio Orlando Rodríguez
Antonio Orlando Rodríguez Foto de cortesía

Obtener el Premio de Novela Alfaguara por Chiquita (2008) significó el reconocimiento a una biografía monumental, detallada y con vuelo literario, pero también, que la obra de Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, Cuba, 1956) salga a la luz de manera internacional, con la justa gratitud a una labor en las letras de varias décadas.

Así, muchos de sus libros se reeditaron y encontraron nuevos y agradecidos lectores. De esos rescates, sin duda, la publicación de Salchichas vienesas y otras ficciones (Huso) ocupa un lugar especial. Rodríguez es conocido por su labor como autor para niños y juvenil, y esta reedición reúne su narrativa breve para adultos publicada en Strip-tease (1985) y Querido Drácula (1989).

En este libro el escritor se ocupa de la realidad, aunque con la astucia narrativa de recuperar el placer de contar de una manera clásica –en el sentido de no perderse en artificios verbales– una buena historia. No hay color local, rastros de Cuba, son cuentos que podrían haber sido escritos por un autor checo o inglés. Esa no identidad edifica otro rasgo sumamente atractivo en el libro.

¿Qué sintió al releer historias que había escrito en su juventud en La Habana, y otras en los primeros años de exilio?

Fue una experiencia singular, una suerte de desdoblamiento. Me reconocía en esa voz narrativa, pero al mismo tiempo las historias me parecían escritas por otro. Al releer esas narraciones a solicitud de Mayda Bustamante, directora de Huso Editorial, para reunirlas en el libro Salchichas vienesas y otras ficciones, reviví mi vida cotidiana en La Habana de los años 1980, mis experiencias traumáticas y mis sueños, que fueron los de muchos cubanos de mi generación en un entorno a menudo hostil y represivo, pero en el que, extrañamente, había cabida también para la alegría de vivir y la esperanza de un futuro más amable. Nunca había querido volver a publicar esos cuentos, pero ahora, tantísimos años después de su creación, tienen la oportunidad de llegar a un número mayor de lectores de distintos países.

¿Tuvo la tentación de realizar modificaciones en algunos de los textos?

Hice unos pocos cambios mínimos, ninguno significativo. La idea nunca fue reescribir las historias, sino respetarlas como testimonio de un momento de mi carrera como escritor. Para mi satisfacción, varios periodistas en España me comentaron que los cuentos les parecían muy actuales, como acabados de escribir. Eso fue muy estimulante. Solo excluí del volumen algunos relatos que por algún motivo no me convencieron del todo al reencontrarme con ellos.

En varios relatos de Salchichas vienesas y otras ficciones hay una conjunción entre realidad y fantasía.

Para mí fantasía y realidad forman parte de un todo inconsútil. Para mí, lo que soñamos, lo que imaginamos, es parte inherente de eso que llamamos realidad. Así pues, en mi narrativa lo insólito y lo cotidiano van de la mano, se entremezclan. Es resultado de mi manera de ver el mundo. Cada vez que escucho decir que en mi narrativa hay mucho absurdo, me digo para mis adentros: “Sin dudas lo hay, pero mucho menos del que descubrimos a nuestro alrededor día tras día”.

¿Cómo concibe en su literatura los vínculos entre historia y política?

Creo que los relatos de este libro exploran esos vínculos de forma tangencial, a través de símbolos y alegorías. En libros míos posteriores, como las novelas Aprendices de brujo y Chiquita, aparecen de manera más explícita. Son interrelaciones que se desarrollan de forma natural, a veces sin proponérmelo, convocadas por el momento y el espacio en que transcurre la trama, por los conflictos sociales y por el deambular de los personajes en ellos. Como narrador, me interesa más la historia que la política, pero a veces es difícil deslindar una de la otra cuando creas un universo de ficción.

Usted empezó escribiendo literatura infantil y luego narrativa para adultos.

En los años 1970, cuando comencé a escribir, la cultural oficial de Cuba esperaba de los escritores, en especial de los de mi generación, obras con temas relacionados con la épica de la construcción del socialismo y la exaltación de los valores del hombre nuevo. Lo fantástico y lo absurdo eran mal vistos y se cuestionaban por considerarse formas de evadir la realidad del país. Una manera de sortear esos temas sociales que tanto se fomentaban fue refugiarse en la literatura infantil, un territorio más propicio para las metáforas y las parábolas. Al cabo de los años, cuando las editoriales cubanas volvieron a abrirse a otras formas y contenidos, incursioné en el cuento para adultos con el libro Striptease, publicado en 1985.

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