Artes y Letras

‘Punto negro’ sobre fondo blanco, poemas de L. Santiago Méndez Alpízar

L. Santiago Méndez Alpízar
L. Santiago Méndez Alpízar Foto de cortesía

La palabra punto es seguramente uno de los nombres que reúne una gran variedad de sentidos, pero siempre intenta representar la acción de punzar o de marcar, ya sea en un mapa, en una hoja o en un juego. Es a la vez un cruce de líneas o un lugar que apenas posee una extensión, otra marca de lo insignificante. Es la guía para hacer un dibujo en un texto, en un tejido, es inicio o final de un proceso, una elevación en el terreno plano. Si negro es también una palabra polisémica que acoge sentidos tan dispares como señalar la falta de color o la carencia de luz, el duelo que afronta el luto, la raza y los derechos civiles, es la tristeza y el blues, es otro modo de apuntar sobre una cierta noche oscura en la intimidad.

En los poemas que configuran Punto negro (Bokeh, 2016), el libro más reciente de L. Santiago Méndez Alpízar (San Juan de los Remedios, Cuba, 1970), se ofrece un viaje personal que trata de unir estos polos reales e imaginarios, identificables por extensión con la infancia y la juventud del poeta, cuando después del paso del tiempo uno está dispuesto a estar —como César Vallejo— de “regreso a los muertos de mi casa”. El itinerario del poeta no se limita a cambiar de suelo, sino de convertir su paso por la plaza de la infancia en el disfrute del paseante en una nueva isla urbana. Una posibilidad que Méndez Alpízar ha reunido en Punto negro, abarcando veinte años de experiencia poética propia.

A través de una metáfora que traza una huida a través del recuerdo, el punto negro deviene lugar de accidentes, es la localización en un mapa, es la piel manchada: “Hay un punto// Alrededor del punto/ la sombra y yo// Sobre todo fin// hay un/ punto// Un punto/ negro”. Cuando emerge, suele ligarse a algo enfermo que hay que extirpar, pero también sirve para marcar el destino de una escritura que mantiene el ritmo y la preocupación por el poema como si tratara de alcanzar alguna isla soñada, tras la expulsión del paraíso. En última instancia, asociar la poesía a las islas es un tópico literario que recorre desde la Odisea hasta El Criticón, desde las islas encantadas de Herman Melville a la poesía en archipiélago de René Char o La isla en peso de Virgilio Piñera.

Otro sentido oculta el fatídico punto negro, cuando la sombra es más pequeña y comparece el vampiro del mediodía. Este encuentro con lo demónico es la alucinación que marca el inicio o el final de un proceso o un paseo, navegando en la noche para acabar en una cafetería, como si se tratara de una pintura de Hopper ambientada en el trópico, cuando perdemos el camino de regreso a casa: “Cayendo los sonidos// Soy la aguja y el camello//…y en Nebraska/ llueve/ llueve/ llueve”. El punctum que Roland Barthes había señalado con relación a la comprensión de una fotografía, la importancia de la acción interpretativa del espectador que se descubre en una imagen. En el caso de Méndez Alpízar, se convierte en la oportunidad para que el poeta resulte lector de su propio recuerdo, a través del poema donde se integran memorias personales, deseos y una especie de inversión de los valores, compartiendo su paradójica presencia: “Valga la memoria/ Valga la suerte de rajarse el cerebro/…archivar los sonidos// Valga el almacén// El hombre no es mucho más/ que su memoria”.

El asunto proustiano del poema como símbolo o huella de una rememoración de lo que pudo haber sido, conduce desde la ausencia de lo familiar, a la presencia de lo inhóspito en el seno de una isla imaginaria. Un libro compuesto de diversos poemas que dieron forma a su primera versión cubana en 1995, donde la poesía tropical urbana de Méndez Alpízar nos devuelve al aislamiento y al asilo propio de la huida de un espacio en abandono, donde se pierden los límites: “Corre mi sangre/ y no soy más que cenizas”.

El poeta nos avisa en “Rockasón con Virgilio Piñera” que un punto negro es una fuga, una superposición de temas relacionados con la vivencia de un mundo propio, donde aquellos lugares que habitan en la memoria, reproducen el sentido de este límite urbano e íntimo que unen lo político y lo poético en la trayectoria de Chago, que es como le llamamos los que le conocemos. A veces, la poesía ofrece su punto oscuro, entremezclando una cultura de la pobreza con el peculio propio de la exuberancia y la sensibilidad, digamos metafísica, deslizándose a aquellos elementos que vienen a coincidir no solo en las ciudades europeas, sino en cualquier lugar donde se celebra un instante.

En esa actualidad de la literatura de Lázaro Santiago Méndez Alpízar, el punto negro no se alcanza con el disfrute de la palabra bien situada, sino transitando en el espacio de la ciudad que una vez fue otra cosa, manteniendo en la memoria una zona bien marcada donde la naturaleza idílica del paraíso cercano coincide con la artificiosidad propia de las urbes que, como islas casi utópicas, no dejan de configurar otra relación con nuestra condición íntima: “La banda de música y/ los niños que hacen la suerte más alegre/ con los viejitos del baile/ Al centro del poema”. Una identificación de la situación de una plaza urbana con la estructura del poema, como quien inventa una ciudad imaginaria que espera a ser situada en algún mapa.

José Luis Corazón Ardura es ensayista y comisario de exposiciones. Profesor de Literatura Dramática en la Universidad de Girona, y editor para España y Latinoamérica de “Cura Magazine”.

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de enero de 2017, 11:08 a. m. with the headline "‘Punto negro’ sobre fondo blanco, poemas de L. Santiago Méndez Alpízar."

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