‘Trabajos recientes’ de Ramón Alejandro
Hacía diez años que, por diversos motivos, Ramón Alejandro (La Habana, 1943) no realizaba una exposición personal. De ahí que Trabajos recientes, además de recoger sus obras más recientes, sea también una especie de test sobre el carácter de la expresión de sus últimas producciones. La exposición está compuesta por más de una decena de obras, la mayor parte de 2016 y el resto de 2015 y 2003.
Quienes conozcan la trayectoria artística de Ramón Alejandro, coincidirán en que esta ha sido una trayectoria incombustible, zigzagueante como un thriller policíaco y, a menudo, por avatares del destino, también, rocambolesca. Salió de Cuba en 1960 con destino a Buenos Aires, pero en breve tiempo se traslada a Uruguay, donde estudió Bellas Artes en Montevideo, para luego recalar en Brasil. En 1963 cruza el Atlántico, llega a la España franquista, visita los museos españoles y, ese mismo año, aterriza en París. Allí combina estudios de grabado al metal en el taller Friedlander, con viajes por Paisajes Bajos, Alemania y Reino Unido, leyendo y estudiando su pintura y literatura. Después de residir en París durante 50 años se afinca en Miami.
Entre tanto, Alejandro ha realizado más de una veintena de exposiciones personales —y otras tantas importantes colectivas— en Europa, América Latina y Estados Unidos. Convirtiéndose en uno de los pintores neofigurativos más personales de su generación (incompresiblemente menos visibilizados). Pero además de ello, Ramón Alejandro ha desarrollado una intensa labor como editor e ilustrador de libros, colaborando con una pléyade de escritores como, entre otros, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Antonio José Ponte, Germán Guerra y Pedro Juan Gutiérrez.
Las obras de Trabajos recientes encandilan la retina con una apoteosis del color y una neo figuración rebosante de sensualidad. Colores intensos rojos, azules, amarillos de reverberaciones ácidas, saturados desde una luz intensa y, a la vez parpadeante como sucede por ejemplo en Aprendiz de Brujo (2015), o Combustión espontánea (2016). Esto produce claroscuros y fuertes contrastes, cuyos efectos visuales transmiten a los objetos un movimiento, una viveza que fija y a la vez hace ondular el ambiente. Ondulan suavemente el paisaje y los elementos representados como imágenes de celuloides metidas en agua. En ellos están trenzados el sueño y la vigilia implacable, lo apacible y convulso.
Son pinturas que se mueven entre un oficio académico barroco y un surrealismo tardío, borrachas de sensualidad voluptuosa, que llevan tanto de realismo como de imaginario psicodélico. Realismo y psicodelia que se manifiestan en obras como Jugando con candela (2016) y El universo está iluminado por las llamas del Infierno (2016). Aquí, unas “máquinas” aparecen posadas en la tierra de un paisaje estival, un paisaje de atributos románticos, sí, pero cubiertos por la tormenta con un estigma tenebroso. Son imágenes que, simbólicamente, convocan pasiones y sentimientos intensos pero también encontrados, alcanzando un clímax de emociones que parecen interrogar dramáticamente el sentido de la vida y sus enigmas.
Alejandro sorprendió el efervescente circuito artístico parisino de finales de los años 1960 y 1970, pintando precisamente extrañas “máquinas” o artefactos que, desde entonces, han sido un sello distintivo de su visualidad pictórica. Roland Barthes se refiere a ellas en estos términos: “los objetos pintados por Alejandro parecen máquinas de tortura, jaulas, cajas, rejas, estacas, tapones, rastrillos, diseñados para encerrar, lacerar, aplastar; o aves rapaces cartilaginosas, poseedoras del horror más profundo”.
Artefactos o “máquinas” desprovistas de uso práctico alguno, monocromáticas y sobre fondos planos. Pero en lo adelante, estos artefactos comienzan transfigurarse, sobre todo a partir de finales de los años 1970 y principios de los 1980. De un lado, se van desprendiendo de su apariencia mecánica, del cinetismo abstracto y maquinal, para mutarse o travestirse en objetos mitad máquinas, mitad cosas naturales como por ejemplos frutas en clave de naturaleza muerta (La Guanábana, 2015). Por el otro, los fondos monocromáticos planos dan paso a los paisajes con perspectivas de acentuada profundidad, donde se acumulan detalles simbólicos que imprimen fuerza narrativa a un relato vibrante sobre deseos inconfesables, sobre anhelos lejanos. Las “máquinas”, los objetos, las frutas se hacen más totémicas, y adquieren atributos de órganos extraños, de heroicos hogares, evocando habitares fascinantes en medio de una campiña selvática y convulsa.
La obra de Alejandro manifiesta un temperamento artístico profundamente melancólico, una melancolía con referencias a los elementos naturales como también al propio cuerpo humano, dentro de una visión que tiene tanto de espíritu clásico como de barroco y renacentista. Es un espíritu empeñado, al decir de Walter Benajamin, “en el intento de descubrir a toda costa las fuentes del conocimiento oculto de la naturaleza”, lo que incluye el conocimiento del propio ser.
De ahí el simbolismo que atraviesa toda su obra, un simbolismo de tinte expresionista, que va de paraísos remotos a lugares tenebrosos, de la luz opaca y triste al rayo incandescente pletórico de euforia. Es su obra se funde el libro de la naturaleza con el libro de los tiempos, como una desesperada operación por encontrar el suelo y la techumbre que da cobijo y calidez a la vida.
“Ramón Alejandro. Trabajos recientes”. Latin Art Core. 1646 SW 8 St., Miami; del 27 de enero al 28 de febrero. www.latinartcore.com.
Dennys Matos es crítico de arte y curador independiente. Reside y trabaja entre Madrid y Miami. Dmatos66@gmail.com.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de enero de 2017, 11:17 a. m. with the headline "‘Trabajos recientes’ de Ramón Alejandro."