Artes y Letras

Pablo de Cuba arma una casa de ideas y palabras

Pablo de Cuba
Pablo de Cuba Foto de cortesía

Poeta, ensayista y coeditor de Casa Vacía, editorial que solventa junto a Duanel Díaz, Pablo de Cuba (Sgto. de Cuba, 1980) ha publicado en los últimos años dos libros notables: La última lectura de Orlando (Silueta 2015), un volumen de ensayos sobre poesía cubana, y Cantos de concentración (Letras cubanas 2015), una antología-resumen de su escritura obsesiva, tartamuda, neobarroca. Para saber un poquito más sobre su “propia mecánica”, le preguntamos…

En el prefacio a La última lectura de Orlando hablas de la obesidad del “discurso de la Nación [cubana]”. ¿Pudieras ser más preciso? ¿Existe también un discurso anoréxico de la Nación, un discurso “flaco”?

Cuba es un país todavía estancado (con sus excepciones, claro) en su momento romántico —ese romanticismo que dio lugar a la formación de los estados-nación modernos, hace más o menos dos siglos. Es una nación que apenas ha sido capaz de distanciarse de su Cecilia Valdés y su José Martí, de su negrito y su gallego bufos. Ese engendro marxistoide-solariego que fue la “Revolución Cubana”, simplemente vistió de miliciana a la Cecilia e hizo un pastiche entre esos dos engendros de la historia universal del kitsch que son “Nuestra América” y el “Manifiesto Comunista”. Pero para sostener tales engendros se han construido discursos que van de “lo cubano en la poesía” a los “cinco espías”, de “ese sol del mundo moral” a la mesa redonda, de “Abdala” a “La historia me absolverá”, de “las eras imaginarias” de Lezama al deporte revolucionario, del kimono de Casal al uniforme verde olivo. Es un discurso obeso que a la vez padece anorexia. La cultura cubana es una provincianita mal alimentada por tales delirios ideológicos-discursivos. Nos han atiborrado de demasiado Villaverde y nos ha faltado más Ramón Meza; poquísimas veces se ha reparado en que el bigotón de Martí es también el de Nietzsche; nos hemos/han ahogado en la cámara de calor insular y le hemos tenido muchísimo miedo a lo frío; hemos confundido guateque con humor. De ahí que en La última lectura de Orlando me propuse rastrear el espíritu de lo moderno —y por extensión vanguardista— en la poesía cubana. Que lo haya logrado o no, ya es otra cosa.

Entre los autores a los que dedicas ensayos en La última lectura… está Lorenzo García Vega. Teniendo en cuenta que García Vega es uno de los pocos dentro del mundo cubano que se ha declarado escritor no-escritor, ¿dónde estaría el punto de encuentro entre este y los demás complotados en el libro?

Desde Suite para la espera Lorenzo empezó a arriesgarse —por entonces de manera ingenua, bajo la sombrilla inmensa de Lezama— con el reverso de lo cubano. Riesgo que ya encuentra su estilo en los años sesenta, sobre todo en un poema específico, “El Santo del Padre rector”. Ya luego en sus memorias sitúa a la literatura cubana en otro paisaje. Pero ese reverso, que Lorenzo llevó a su definición mejor, ya estaba en las entrelíneas del “loco” Zequeira, en algunos versos de Martí, en aquello que Casal no llegó a ser, en un soneto de Fernando Lles… He ahí, creo, donde podemos ver que Lorenzo no estuvo del todo solitario en su propuesta literaria.

Una de las paradojas de tu poesía (y de la cual Cantos de concentración es excelente ejemplo) es que no tiene mucha relación, ni a nivel de imaginario ni a nivel de lenguaje, con tu generación (esa de los nacidos alrededor del ochenta). Si tuvieras que definir tu propio performance, ¿qué dirías?

Cantos de concentración es mi cámara de gas poética, mi Auschwitz privado. Mi intento de escribir poesía a pesar de Facebook. Es un proyecto de libro para ejecutar, creo/calculo, en varias décadas, o probablemente en la finitud de toda una/mi vida. Ya veremos. Es un libro que irá creciendo con el tiempo. Este que se acaba de publicar en Cuba es una primera tentativa de ese proyecto. Y quería que mi libro se publicara en Cuba para que fungiera como una especie de campo de concentración poético dentro de un inmenso campo de concentración político, totalitario.

Hace alrededor de un año cofundaste Casa vacía. ¿Pudieras darnos algunos datos sobre ella?

Casa Vacía es una editorial que Duanel Díaz y yo hemos levantado por “amor al arte”, para perder dinero, que es sin dudas una de las formas más frecuentes del destino literario. Nos sumamos a la labor que editoriales independientes, como Bokeh e Hypermedia —por sólo citar dos—, vienen haciendo desde hace un par de años: rescatar y dar a conocer las obras (en todos los géneros, incluyendo traducción) de autores cubanos e hispanos en general. Ya veremos hasta dónde nuestras energías (y bolsillos) dan para llenar esa “casa” de voces.

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