La travesía trunca y la casa a oscuras de ‘La niña alemana’
En junio de 2016 se supo del descubrimiento de 16 mil objetos pertenecientes a judíos que fueron aniquilados en Auschwitz: utensilios de cocina, relojes, monedas, frascos de medicinas, tapas de botellas, sellos personales, pipas, cigarreras, y tazas de té, que habían sido olvidados en un depósito de la Academia de Ciencias de Polonia.
Entre los objetos hallados, por qué no, podría haberse hallado uno de esos recipientes cilíndricos de bronce para cápsulas de cianuro, que solían venderse en el mercado negro berlinés.
Alrededor de unas ampolletas de cianuro discurre en parte la trama de La niña alemana, novela del cubano Armando Correa: un texto que parte de los sucesos del buque Saint Louis, que llegó a La Habana en 1939 con 937 judíos, y que tuvo que retornar a una Europa convulsa, pero cuya esencia, más allá de lo anecdótico, se centra en el recorrido por más de siete décadas de experimentos sociales y manejos totalitarios.
Manejada sobre la tesitura de lo confesional, no muy lejos de la cuerda del Diario de Ana Frank, es a partir de su segunda mitad —con la conversión de la niña sobreviviente en una joven observadora y extrañada, cuando la trama reposa en el día a día de una casa a oscuras, y cuando ‘enero de 1959’ determina un real regreso a la imposición de una ilusión—, que esta novela se solidifica y exhibe sus mejores pasajes.
Si de la familia de Ana Frank, quien único volvió de los campos fue su padre, en La niña alemana, Max Rosenthal, el progenitor, es el único al que no le es aceptada la entrada a La Habana por el gobierno de Federico Laredo Bru; el único que nunca pisa el suelo de la casona del Vedado habanero en la que vinieron a instalarse su esposa Alma y su hija Hannah, de 12 años. Será esta adolescente quien realiza un paneo objetivo sobre la historia de una familia y de sendas revoluciones, la nacionalsocialista, con ese encanto primigenio que tantas respuestas oligofrénicas generó en una masa enardecida, y la revolución de Fidel Castro —no menos fotogénica—, un proceso social mesiánico, prometedor de equidad y bonanza.
“Mi madre escuchaba inmóvil a Esperanza, con los brazos pegados al cuerpo y las manos apretadas en el regazo. No estaba frente a una limpieza racial que buscara la perfección física, la medida y el color para lograr la pureza. Se trataba de una limpieza de ideas. Le temían a la mente, no al físico”, relata Hannah en un segmento sutilmente dedicado a las UMAP, los campos de trabajo (y de exterminio mental) que recogieron a los diferentes, entre 1965 y 1968.
Desde su amarga lucidez, su madre, Alma Rosenthal ha constatado que a partir de 1959, en Cuba se procede a una especie de eugenesia, ya no con respecto a una raza determinada, sino exclusivamente ideológica: una perenne y continuada ‘batalla de ideas’ en la que el opuesto es conducido a la muerte civil.
Valga resaltar aquí la lograda construcción del personaje de Gustav, el hijo más pequeño de Alma y del exprofesor Max Rosenthal, quien se transforma en un entusiasta participante de la revolución y quien antes había llegado a esa familia de ilustres a cascar la solemnidad de la aristocracia berlinesa, sobre el cual clava la bandera del despotismo no ilustrado y en botas de campaña.
A fin de cuentas la Revolución Cubana, además de constituir un crisol de exclusión y de entusiasmo, en su arrogante afán por reinventar la Historia, fue también la cristalización de la ligereza y la vulgaridad.
“¡Que se vayan!” —leemos en un titular del diario Der Sturmer en mayo de 1939, una frase tipo retomada por Correa en un juego de viñetas que se intercalan con el texto puramente ficcional. De ahí la parábola con el éxodo del Mariel, en 1980, con sus pancartas exaltadas, su visceralidad, sus mítines de repudio contra quien rehusaba amalgamarse al credo oficial, y el retorno fascistoide —desde un estado de izquierdas— al término de “gusano”.
Ya mayor, tras haber visto morir a su familia, Hannah lo observa todo con espanto, pero sin el odio que destilaba su madre. Por lo demás, ya es tarde para un nuevo exilio. A esas alturas del juego de su vida, ha asimilado una convicción que data de cuando solo unos pocos del Saint Louis fueron aceptados en el país: la idea de que La Habana pagaría “bien cara su indiferencia —no hoy, ni mañana, pero pagará”; sustentada por la idea de su madre de que Cuba pagaría la culpa de la tragedia de los Rosenthal por “al menos, cien años”.
En La niña alemana, Armando Correa se ha centrado además en la taxonomía de esos objetos que prefiguran la travesía de una familia venida a menos: las cortinas de terciopelo verde bronce, el escaparate lleno de naftalina “para preservar el presente”, un pedazo de vidrio ahumado, tras aquella Noche de Los Cristales Rotos en la que se acrecentó la barbarie; unas galletas de vainilla, una perla “imperfecta”…
Eso, antiguallas y abalorios que se empeñan en no desprenderse, como para otros se trató de una cafetera con el mango roto, el olor de una cocina de queroseno o un tocadiscos Silverstone abandonado en una esquina: un artefacto que generaba vida antes de 1959, fecha definitivamente bisagra.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de marzo de 2017, 2:16 p. m. with the headline "La travesía trunca y la casa a oscuras de ‘La niña alemana’."