Artes y Letras

Los paisajes genitales de Tomás Esson y otras provocaciones

‘Oráculo’ (2017), pintura industrial sobre lienzo, 120 x 228 pulgadas.
‘Oráculo’ (2017), pintura industrial sobre lienzo, 120 x 228 pulgadas. Imagen de cortesía

Fredric Snitzer Gallery exhibe hasta el próximo 20 de abril, en su nueva locación cerca de Wynwood, la muestra personal de pinturas y dibujos del artista visual cubano Tomás Esson (La Habana, 1963). Bajo el simpático título Miami Flow e integrada por 6 cuadros de gran formato (majestuoso uno de ellos, que emula prácticamente con las dimensiones del Guernica de Picasso), y una instalación con cerca de 32 dibujos, Wet Drawing Series, cuyos trazos parecen extenderse a las paredes de la galería; la exhibición nos devuelve la presencia lúdica, irreverente y mordaz de uno de los pintores más sugestivos, que haya dado —hasta hoy, el sistema de la enseñanza artística cubana.

“Conozco a Fredric hace 27 años. Su galería fue la primera que frecuenté en esta ciudad, aunque antes se llamaba Opus y radicaba en Coral Gables”, explica el artista en extendida conversación telefónica con el Nuevo Herald. “Estuvimos trabajando juntos durante cuatro años. Me mudé un tiempo a Nueva York y luego regresé a Miami en 2001. Desde entonces hemos tenido encuentros, pero no fue hasta ahora que se consolidó nuestra relación profesional. Ha sido complicada la experiencia, pero ha habido también mucha seriedad. Yo lo respeto mucho. Esta es una muestra muy especial dentro de mi carrera, porque expresa mi amor hacia el arte, mi devoción por la pintura”, confiesa el creador mientras hace un ejercicio de memoria. “Un día Fredric me visitó en mi estudio. Vió esta nueva serie y se enamoró de los cuadros que llevaba pintando durante seis meses. A ambos nos interesaba exponer las mismas piezas y este es el resultado”.

Graduado de la Academia Nacional de Artes Plásticas San Alejandro y del Instituto Superior de Arte (ISA), su exposición personal A tarro partido II, inaugurada el 12 de enero de 1988 en el Centro de Arte 23 y 12, en La Habana, fue censurada por el poder oficial y clausurada un día después de su inauguración. Lo cual demostraba la tensión creciente entre el arte y la política, y la “suerte” de una brillante generación de artistas en los años 1980, que terminaron en éxodo masivo hacia los Estados Unidos en busca de libertad y realización profesional. “Yo tuve la suerte de salir de Cuba. Fui censurado por ignorancias de aquella época, pero todo se resolvió pronto. Aquí tengo a mi familia, mis amigos y, sobre todo, pinto mucho. Tengo materiales de calidad, aquí no sufrimos de esas carencias que afectan la obra. En Cuba había otra belleza. Eso tampoco quisiera perderlo”.

Pero como si no pudiera evitarlo cuando tocamos el tema, expresó: “Cuando me censuraron esa exposición en 1988, los argumentos eran estúpidos. Me insinuaron que yo estaba tomando posiciones contrarias al sistema. Incluso, organizaron un mini-congreso y convocaron a varios intelectuales para que se reunieran conmigo. Me mandaron a analizar”. Mientras narra esta anécdota pone el ejemplo de otro gran artista cubano: “Raúl Martínez era abstracto, sin embargo, cambió al pop. Se retracta de su pintura y hace un reajuste. A mí me sugirieron lo mismo”, explica. “A tarro partido II, fue producto de un premio que me dieron por mi tesis, como el graduado más destacado en lo artístico-creador, y eso me concedía el honor de hacer la muestra; que incluía, banderas americanas y de la entonces Unión Soviética. Ellos se confundieron con esas mezclas y así se produjo el malentendido. Los errores de censura tienen lugar en todas las sociedades del mundo, aunque el dolor siempre se queda dentro, pero eso también provocó cambios positivos en mi vida”.

Juan Tomás Esson Reid, quien también había participado en la controversial exhibición titulada ¿Patria o muerte?, (Castillo de la Real Fuerza, 1989), junto a Carlos Cárdenas y Glexis Novoa, antes de emigrar, había concebido pinturas bastante polémicas como Mi homenaje al Ché (1987), Spoulakk y Socialismo, ambas de 1989, entre otras; donde asistíamos al nacimiento de una singular iconografía que se ha mantenido fiel con el paso de los años. Aunque, curiosamente, según nos confiesa el pintor, el origen de estas inquietudes temáticas palpitaba desde mucho antes: “Soy un pintor que hace distintas series con las que estoy comprometido eternamente. Desde niño los maestros me escogían en la escuela para pintar banderas y héroes como Camilo, José Martí, etc.; de lo cual yo me sentía orgulloso, pues me decían: ‘vete para tu casa y mañana nos traes la pintura’, o sea, tenía privilegios. Y al otro día, en el evento oficial mostraban mi dibujo”. De modo que, en una tierna y, al mismo tiempo, macabra paradoja, quizás las propias instituciones educativas cubanas motivaron al artista desde muy joven a venerar los mismos símbolos que, luego, serían objeto de injustas recriminaciones.

Esson, atraído por la fuerza y el impacto visual de las obras de El Greco, Rubens, Velázquez, Goya, Van Gogh, David Alfaro Siqueiros, Jackson Pollock y, sobre todo, de los pintores cubanos Wifredo Lam, Servando Cabrera y Umberto Peña, de quienes toma su afición por el lenguaje surreal, neo-expresionista y pop, respectivamente, concibe un mundo propio, caracterizado por figuras extrañas, grotescas, que rondan lo siniestro por su ambigüedad; de rasgos antropo y zoo-mórficos, en escorzos brutales que nos dan la espalda, mientras observamos sus zonas genitales. Cuando indagamos sobre esas posibles influencias agregó con admiración: “Hace mucho tiempo hicieron una retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba sobre Umberto Peña. En la escuela nos hablaban mucho de él y de otros pintores como Antonia Eiriz, estoy consciente de esa relación. Por azares del destino, Umberto fue jurado de mi tesis de grado. Sin embargo, cuando miro hacia atrás mi obra, me sorprende encontrar mayor cercanía ahora que entonces. Mi obra tiene mucho de elementos cubanos, todo está interconectado, aunque no hay citas inmediatas”.

Esson funda su poética en la variante fisiológica de la escatología, esa disciplina abyecta donde reina, en este caso, la alusión pictórica a procesos bio-lógicos del ser humano como la digestión, la defecación o la eyaculación, los cuales utiliza como arsenal simbólico para un discurso que, además de contribuir a exteriorizar el universo interior del sujeto y prolongar las fronteras físicas del ser, confunde lo privado y lo público, lo sagrado y lo profano, al tiempo que también es redefinida la noción de estética, entendida como “lo bello” y “lo bueno”, para convertirse en un espacio de liberación de represiones y compromisos éticos.

Por lo cual nos enfrentamos a un universo visual que suele estar cargado de imágenes “vulgares”, cuyo impacto se debe a la presentación de desechos orgánicos o a situaciones “vergonzosas” que involucran el acto sexual de forma descarnada. De ahí que Esson incorpore a su repertorio bocas, dientes, lenguas, vísceras, intestinos, vulvas, falos, glúteos, cuernos, saliva, orina o semen. Abstracciones donde la violencia y el exceso sitúan al espectador frente a un espectáculo que huye de la hipocresía social y los escrúpulos, para establecer analogías con la política o hacer comentarios irónicos sobre la epopeya revolucionaria; mientras parodia símbolos patrios y figuras de poder.

De pronto, se abre una confesión inédita que resume las características de su obra, cuando expresa: “Yo descubrí que todo tiene un matiz sexual, por esa razón el elemento clave que manipulo en los monstruos, en las flores, y en el resto de mi figuración es ‘el pelo’; esa ha sido una constante en mi trabajo. Después empiezo a alimentar esas imágenes, su aspecto húmedo, y me concentro en lograr el efecto de lo mojado en la piel. He estudiado la representación de esos fleshy elements a través de la historia del arte en los museos. Después pongo pelos, y entonces la figura se convierte, automáticamente, en algo sexual”. A lo que añade enseguida: “por otro lado, están los puntos, esos orificios que representan el concepto de escupir y segregar, los fluidos en sí, esas partes del cuerpo que generan una visión escatológica, algo tan natural”.

Este largo recorrido ha sido necesario para entender las piezas de la serie que nos ocupa, Miami Flow, en la cual destacan óleos sobre lino y pinturas industriales sobre lienzo como Retrato No. 6 (1995), Real Change (2008), Cachumbambé (2016-2017) y Oráculo (2017). Las dos últimas, semejan remotas poblaciones de flores carnívoras, dominadas por el verde, amarillo y rojo, en composiciones suntuosas y orgiásticas, de reticencias genitales, a medio camino entre la obra de Wifredo Lam y la verticalidad fálica del Art Déco. Sobre lo que el artista explicó al final: “Hace tiempo, desde que concebí la obra Penélope, hacía énfasis en lo vegetal, solo que ahora le he dado mayor protagonismo a eso que permanecía en el fondo, trayendo más alegría a mi obra, una fiesta de colores. Esta serie me ha traído gran libertad. Es un juego pictórico infinito”.

‘Miami Flow’ de Tomás Esson, hasta el 20 de abril en Fredric Snitzer Gallery, 1540 NE Miami Ct, Miami, FL 33132.

Rubens Riol es historiador del arte, promotor cultural y crítico de cine. Twitter @Rubens_Riol

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