Emilio Sánchez en colecciones floridanas
Emilio Sánchez nació en 1921, el mismo año en el que el general estadounidense Enoch H. Crowder abordo del poderoso acorazado Minnesota anclado en la bahía de La Habana, dio el visto bueno a Alfredo Zayas como nuevo (cuarto) presidente de la joven e “independiente” República de Cuba, nacida en 1902. Eran los años 1920 y las riquezas cubanas crecían como nunca antes. Crecían, sí, pero bajo el paraguas de la República intervenida. Por tanto se inscribe Sánchez dentro de una generación formada, entre otros, por Enrique Gay-García, Roberto Estopiñán y Hugo Consuegra, que abordan la sociedad y la cultura cubana inmersa en un intenso proceso de modernidad. Un proceso jalonado, de un lado, por el desarrollo acelerado de la empresa capitalista atizada por la locomotora azucarera. Del otro, por las injerencias estadounidenses en los asuntos internos de Cuba. Entre tanto se va consolidando la identidad cultural y social, cuyos estratos artísticos e intelectuales comienzan a reivindicar los valores nacionales.
Unos valores nacionales asociados a las tradiciones populares, a la belleza del paisaje rural y urbano y a la complejidad de la herencia colonial y etnoracial cubana. Estos temas fueron tratados por la primera vanguardia cubana con autores nacidos a finales del siglo XIX y principio del XX en obras de, por ejemplo, Carlos Enrique, Víctor Manuel o Amelia Peláez. Sin embargo, van a emerger con matices poéticos y singularidades discursivas particularmente distintivas en una exposición como Emilio Sánchez in South Florida Collections, curada por Víctor Deupi y Nathan Timpano.
En la muestra más de 30 obras cubren aproximadamente 60 años en la trayectoria del artista, desde 1950 hasta la década de 1990. Su pintura inicial es figurativa de fuerte colorido y grandes contrastes, cuyas sombras hace refulgir una luz blanca saturada que pareciera “tatuarse” en la piel de los cuadros. Un ejemplo de ello es El chalecito, de los 1950, donde Sánchez aborda “lo popular” al pintar un bohío, icono del mundo rural cubano. Dentro “lo popular” pintó también otros cuadros con escenas de vendedores, celebraciones del carnaval, frutas tropicales, etc. Pero conforme avanzan las décadas, como reconoce José Gómez Sicre en su libro Art of Cuba in Exile, 1987, “este arte del calendario se quedó atrás, Sánchez pasó de la narración superficial a la búsqueda de valores puramente plásticos”. El tema de las casas o edificaciones, cobra preponderancia y la pintura juega con la linealidad para delimitar espacios y planos pictóricos. Una mirada donde las figuras, con fondos más planos, se organizan a partir de la combinación de elementos simbólicos opuestos: la verticalidad y la horizontalidad, como valores que comienzan a racionalizar la representación del mundo.
Ejemplo de ellos son obras como, entre otras, Beach House, Cienfuegos Cuba, 1950, y Untitled (Yellow House), 1965. También lo son, aunque de manera distinta, El Ventanal, 1971/1973 y Stained Glass Door, 1990. Las dos primeras captan y recrean los atributos arquitectónicos monumentales de las construcciones, exhibiendo la modularidad estilística y los elementos repetitivos que las conforman. Mientras que las dos segundas van, en cambio, a los detalles arquitectónicos, como las ventanas y las puertas. Este interés por lo arquitectónico como expresión de “lo popular” emerge también en las obras realizadas por Sánchez sobre su entorno de vida en Nueva York, donde residió buena parte de su vida. Destacan en este sentido obras como, Untitled (Bronx Storefronts, ‘Superette’) ,1980 y Auto Glass, Bronx Storefront, 1980. Aquí los ambientes son menos rurales, son más urbanistas. Una sensibilidad enfatizada por los encuadres registrando aceras y calles rodeando mercados y edificaciones identificadas a los servicios y el consumo.
La obra de Sánchez tranza una trayectoria que, aún afincada en lo figurativo, va incorporando con los años recursos expresivos de la abstracción. En paralelo va, de una visualidad al más puro estilo figurativo naif, a otra de perspectiva pictórica geometrizante. “Saltaba” con facilidad, desde el pintoresco bohío hasta la casona colonial; desde las casas con tipología arquitectónica más anglosajona hasta escenarios de ambiente urbano ocupado por edificios y almacenes. En ellas están cifradas el paso del mundo rural colonia al republicano, de los Ingenios a los grandes centrales, de las casas de la zacarocracia criolla a los chalets con apariencia victoriana del ingeniero de la United Fruit Company.
Por otro lado estas oposiciones simbólicas entre casa de uno y otro estilo, entre un habitar y otro, entre la brillantez de la luz caribeña y la tenue luminosidad de latitudes más alta apunta a un ejercicio pictórico como memoria autobiográfica. Sus imágenes van recuperando aquellas ¨marcas¨ vitales de los recuerdos en su Cuba natal y los periplos que luego hizo al salir de ella: el paisaje y las casonas rurales, los colores y la luz destellando en la floresta, creando ambientes de suave sensualidad. Que la pintura de Sánchez revista cierto carácter iconográfico por su repetición del motivo de las casas, hace pensar en esta como en una especie de metáfora de la pérdida. La casa concentra una sensibilidad, un cosmos perceptivo totalizante: la tierra, el aire, la luz y también el agua. Elementos naturales que propician la existencia y, mirando en retrospectiva, pareciera que llevando “la casa encima” llevará también Sánchez los atributos sentimentales de estos elementos, reinterpretándolos en las diferentes etapas de su vida.
‘Emilio Sanchez in South Florida Collections’ en el Lowe Art Museum, 1301 Stanford Drive. Hasta el 21 de mayo. www.lowemuseum.org
Dennys Matos es crítico de arte y curador independiente. Reside y trabaja entre Miami y Madrid.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de abril de 2017, 0:02 p. m. with the headline "Emilio Sánchez en colecciones floridanas."