Artes y Letras

Resuelto el enigma de las fotos perdidas de Barcelona

La imagen de un coro de niñas salidas del colegio Inmaculada Concepción, guiadas por una monja felliniana, una de las fotografías más logradas de esta colección
La imagen de un coro de niñas salidas del colegio Inmaculada Concepción, guiadas por una monja felliniana, una de las fotografías más logradas de esta colección Imagen de cortesía

Hasta ahora conocíamos a la vieja Barcelona del franquismo por los retratos novelados de Carmen Laforet, de Juan Marsé, o por La Noria, del olvidado Luis Romero. Pero como toda historia, siempre hay otro matiz que se abre, vaporoso, como un cono de luz, y arrastra revelaciones.

En el 2001, Tom Sponheim, uno de los tantos turistas que visitan la Ciudad Condal, adquirió por tres euros y medio un sobre lleno de negativos de viejas fotos en el Mercado de los Encantes. De regreso a Seattle, Sponheim mandó a revelar algunos y cuando recibió las fotos quedó sorprendido. Se justificaba en apenas unas imágenes por qué John Berger había considerado a la fotografía como “una extraña invención con consecuencias imprevisibles”.

Daba inicio ahí la segunda vida de una obra que había permanecido en la total oscuridad durante más de 40 años. Resultaba curioso, y triste a la vez, que el trabajo afanoso de un fotógrafo que transitó por las calles de aquella Barcelona terminara de esa manera, vendido por debajo del precio de unas tapas.

¿Quién había sido el autor de estas imágenes? ¿Acaso uno de los tantos fotorreporteros dedicados a sociales y crónica roja, que en sus ratos libres dejaban correr lo mejor de su instinto? ¿Serían negativos extraviados de Carlos Pérez de Rozas, uno de los notables de la fotografía en el diario La Vanguardia? ¿O de Gabriel Casas y Galobardes, o del célebre Agustí Centelles, a quienes el franquismo les prohibió hacer otra fotografía que no fuera la industrial y la publicitaria?

Milagros Caturla Imagen de cortesía

A casi nadie se le ocurrió que, por el tratamiento que propone de la infancia y por su proximidad a los niños de ambos sexos, podía tratarse de una variante catalana de Vivian Maier, aquella señora dedicada a cuidar infantes que durante 40 años salió misteriosamente a las calles de Chicago con una cámara bajo el gabán, como si llevara un arma blanca, y que al morir dejó miles de negativos con su testimonio.

¿Acaso podía una mujer atreverse a vagabundear, como le corresponde a todo fotógrafo “de calle”, en aquel primer franquismo de finales de los años 1950? Con todas las interrogantes sobre la identidad del artista, Sponheim decidió subir las fotos de su colección a una página de Facebook que nombró Las fotos perdidas de Barcelona. Solo se trataba de compartir un episodio ordinario pero memorable de una ciudad, pero sobre todo de intentar ponerle rostro a un artista que no merecía pasar inadvertido.

Después de un buen tiempo, Begoña Fernández, fotógrafa ella misma, se puso en contacto con Sponheim y se ofreció para buscar in situ. Fernández encontró un artículo de 1961 del diario La Vanguardia donde anunciaba un concurso fotográfico que aconsejaba una serie de sitios a donde los concursantes podían dirigirse. Entre ellos, estaban varias de las locaciones de las fotos que Sponheim había colocado en Facebook.

Luego, en un boletín de 1962 de la Agrupación de Fotógrafos de Cataluña, Fernández descubrió una foto titulada Fervor, ganadora del cuarto premio, en la que aparece una anciana que reza con un rosario en las manos. Su autora se llamaba Milagros Caturla y la foto aparecía dentro de los 200 negativos que Sponheim había comprado por tres monedas.

Milagros Caturla Imagen de cortesía

Lo demás vino solo. Fernández logró dar con uno de los sobrinos de Caturla, una funcionaria de la diputación de Barcelona, nacida en 1920 en una familia de clase media alta, que había pertenecido al llamado “grup de dones” de la Agrupación Fotográfica de Cataluña, un intento por crear una fotografía no profesional hecha por féminas en medio del estricto ambiente impuesto por Francisco Franco.

Las fotos rescatadas por Sponheim abarcan más de una década de rutina: la Guardia Urbana a caballo sobre el paseo de Las Ramblas, algunos rostros aglomerados en la calle Conde del Asalto, donde entonces existía el cine Edén; el muelle de los pescadores en La Barceloneta; los tinglados del muelle Bosch y Alsina, aderezados por una flotilla de acorazados norteamericanos, justo en la época en que Barcelona no sabía lo que era el turismo de masas.

Pero Milagros Caturla, quien falleciera en el 2008, también se acercó a otras zonas no menos dadas al secreto y al misterio. De ahí la foto de tres religiosos que enfilan por la calle del Bisbe a primera hora de la mañana, unidos, oscuros, tan parecidos a las fotos que Herbert List tomara en Nápoles en esa misma época, o a las que Cristina García Rodero realizara en la propia España, pero 20 años después.

La foto de tres religiosos que enfilan por la calle del Bisbe a primera hora de la mañana.
La foto de tres religiosos que enfilan por la calle del Bisbe a primera hora de la mañana. Milagros Caturla Imagen de cortesía

Destaca también la imagen de un coro de niñas salidas del colegio Inmaculada Concepción, guiadas por una monja felliniana, una de las fotografías más logradas de esta colección que hasta el 15 de julio se expone en el Centre Cívic Can Basté, de la Ciudad Condal.

En un momento de la novela The Ghost Writer, de Philip Roth, el personaje de E. I. Lonoff cita a Henry James: “Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos y damos lo que poseemos”. Milagros Caturla sabía de la exclusiva suerte de quien se ha detenido y capturado un momento de luz.

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de junio de 2017, 4:21 p. m. with the headline "Resuelto el enigma de las fotos perdidas de Barcelona."

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