Artes y Letras

‘Debajo de la mesa’, infancia, adolescencia y juventud

De niño, Juan Abreu se escondía debajo de la mesa del comedor para desde allí ver pasar el mundo de los adultos. No siempre, claro. A veces salía de su escondite y se aventuraba más allá de las protectoras paredes de su humilde casa en el reparto Poey (un barrio de La Habana). Es por eso que en el primer capítulo de sus memorias, Debajo de la mesa (Editores Argentinos, 2016), pudo describir la siguiente escena: “Estrella, la vecina que vive en la mejor casa del barrio, nos ha echado; fuimos con la esperanza que nos dejara ver la televisión: ¡Anda, lárguense que esto no es un cine! Regresamos a la casa llorando. Yo tendría diez años y mi hermano Nicolás ocho. Mi madre sale a la calle. Una vez frente a la casa de Estrella, la desafía a grandes voces: que salga, que salga, que le va a romper la cara; que a sus hijos si que no, que con sus hijos no se mete nadie. Parecía que desafiaba a la vecina, pero yo sé que desafiaba al Universo”.

Las memorias de Abreu abarcan sus primeros 28 años de vida. Comienzan con el recuerdo de su madre Concha protegiendo a su prole y terminan con su salida de Cuba durante el éxodo del Mariel: “Que se vayan los gusanos; que se vayan”. Es el mes de marzo de 1980 y en La Habana los que se marchan son insultados y golpeados. Actos de repudio: el escupitajo como política de Estado. Vejaciones y maltratos. Y lo peor: eran sus propios compatriotas quienes se los infligían. Es imposible imaginar una degradación mayor que la de un pueblo capaz de perpetrar semejantes abusos. Abreu está solo frente a la barbarie. Su madre, esta vez, no puede ampararlo.

Entre un capítulo y otro (más bien viñetas de momentos rescatados a la memoria) hay tres décadas de historia: la de la familia Abreu y la de Cuba. Entrelazadas en el texto como si fueran una sola: desde los años 195 hasta los 1960 y 1970. Algunos títulos trazan el cronograma de su vida y el de la nación. Los de la primera parte del libro corresponden a la década republicana: La familia (padres, abuelas, hermanos, dos perros y un gato); La casa (Calle Cuarta, Numero 302 esquina F, Reparto Poey, “donde a pesar de nuestra pobreza se desayunaba, se almorzaba y se comía todos los días”); La escuela (“Sus paredes estaban decoradas con escenas de cuentos infantiles y los maestros eran educadores, pedagogos graduados en la prestigiosa Escuela Normal"); Nochebuena (“Mi madre reinaba en la cocina y de ella emanaban suntuosos aromas. Venían las tías, los tíos y los primos. ¿Qué atmósfera mágica se instalaba en nuestra miseria? ¿Qué nobleza descendía del cielo? ¿Qué sensación de dicha encontraba refugio en nuestros corazones?”).

En la segunda parte, los títulos se tornan amenazadores: Bajas pasiones; Escuela al campo; Servicio Militar Obligatorio; Arresto y Fugas. Hay otros, como Cinemateca, Biblioteca Nacional y San Alejandro, en los que se explica cómo la cultura ayudó a muchos jóvenes de aquella época a sobrevivir en aquel infierno. En los finales se pueden adivinar los avatares de la década del setenta, quizás una de las mas terribles, porque fue cuando se hizo evidente el carácter irreversible de aquella fracasada nación: La Embajada del Perú; Turbas; Tiempo de partir; La despedida; El Mosquito y Mariel.

Si Debajo de la mesa fuese una novela, sería una de aprendizaje. Pero no lo es. Esta es una biografía de infancia, adolescencia y juventud, si es que existe ese género. Está escrita, eso sí, con el mismo rigor lingüístico de una ficción. Y con sus técnicas. Su minuciosidad narrativa, pocas veces vista en un testimonio, es sorprendente. Asombra la cantidad de detalles que Abreu ha sido capaz de recordar. Quienes vivieron aquellos años reconocerán no solo los escenarios, sino que se sentirán atrapados por la atmósfera surrealista de aquel manicomio.

En el último capítulo, cuando Juan Abreu sube al barco camaronero y este comienza a alejarse de la costa, lo invade el desconcierto. Pero es solo un momento. Enseguida se recobra. Está convencido que la tierra donde nació “se ha convertido en un sitio odioso. Inhabitable”. Y que no tiene nada que ofrecerle “salvo vileza, estupidez, degradación y muerte”. La escena que cierra este estupendo libro es poética y esperanzadora: “Espuma, miles de verdes y un azul que se hace profundo y sólido al tiempo que aumenta la distancia que nos separa de la costa. Vuelvo la espalda a la isla que se difuma y en mi interior comienza por primera vez a diluirse el miedo. Debe ser la libertad”.

manuelcdiaz@comcast.net

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de julio de 2017, 1:14 p. m. with the headline "‘Debajo de la mesa’, infancia, adolescencia y juventud."

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