Artes y Letras

En un restaurante vegano con el escritor cubano Waldo Pérez Cino

Waldo Pérez Cino.
Waldo Pérez Cino.

Entre Bokeh y Almenara suman alrededor de cien títulos. Entre ellos, la primera edición del Epistolario de Casal, la primera antología sobre la obra de García Vega o la primera reedición de La ruta de Severo Sarduy, de González Echevarría… Para conversar sobre esta ‘singularidad’ me encuentro con el narrador, poeta y ensayista cubano Waldo Pérez Cino, en Leiden, y nos vamos a un restaurancito vegano a conversar.

¿Por qué se funda una editorial, para qué?

En el fondo, me gusta creer que una editorial se funda para crear una biblioteca, es decir, un archivo con una cierta ilación, con una lógica propia, con unas ciertas correspondencias de sentido. Ahora bien, aquí la pregunta podría desdoblarse, ¿qué es entonces lo que articula esa lógica interna? ¿La mera afinidad entre los títulos de un catálogo que todavía no existe al momento de fundarla? Creo que la afinidad que recoja ese catálogo viene ya dada de antemano, y lo que la define es la manera de entender la lectura, la escritura, el sentido que reside en los textos: es eso lo que pone en juego el editor, lo que a fin de cuentas propone. En ese sentido, un proyecto editorial es siempre la puesta en práctica de una política de la interpretación. Es, digamos, que su propuesta efectiva, que incluye la creación de un espacio práctico que la acoja: a sabiendas o no, todo buen editor busca eso, y es por y para eso que funda una editorial, para fundar y defender ese espacio y proponer para él una cierta forma. Proponer, subrayo, porque la que tome realmente depende también de los lectores, de lo bien o mal que vayan las cosas, de mil factores intangibles o prácticos.

Una de las virtudes de los dos sellos que diriges es su diseño. ¿Qué buscabas y qué querías transmitir al crearlos?

Buscaba cuando menos tres cosas, cada una indisociable de las otras. La primera, una identidad visual reconocible –lo que explica, de paso, la diferencia de diseño entre Almenara y Bokeh–, incluso a primera vista. Y también, por supuesto, una identidad con ciertos rasgos: la idea era que ese diseño reflejara en alguna medida el perfil que propone la editorial, que fuera una extensión de su estilo, por así decir. Y por último, que esa identidad visual fuera también eficaz, sostenible a largo plazo en términos de trabajo: no es lo mismo pensar el diseño de un título, o de cuatro o cinco títulos al año, que el de un catálogo donde en ocasiones aparecen cuatro o cinco títulos al mes. Tanto el diseño de Bokeh como el de Almenara resultan de una síntesis de esas tres voluntades, que tal como lo veo, son también una necesidad.

A estos dos sellos pronto se sumará un tercero…

Zuiderdok, que así se llamará ese nuevo sello, se centra en las artes visuales, lo cual no quiere decir que publique exclusivamente libros «de arte». La idea es más bien apostar por títulos eminentemente gráficos –desde fotografía a plástica, en sentido amplio– pero que estén, de un modo u otro, atravesados también por la escritura, o por una cierta voluntad de estilo donde confluyan lo visual y la escritura.

A la vez que editor eres escritor, ¿alguna incompatibilidad entre un oficio y otro?

La mayor fricción es de índole práctica: el tiempo, que siempre se hace escaso, y que según a qué lo dediques puede ir en detrimento de una cosa o de la otra. Pero lejos de interferencia o incompatibilidad, diría más bien que hay una cierta complementariedad de fondo: la escritura y la lectura –y la crítica– suelen alimentarse mutuamente, y la edición, a fin de cuentas, es una forma de lectura, de ordenamiento de lecturas, de ejercicio crítico –en la misma medida en que puede serlo una reseña, donde no sólo se «lee» el libro reseñado sino también se proyectan o intervienen otras lecturas, una manera de leer y por tanto también de asumir o entender la propia escritura.

En los últimos años han surgido otras editoriales fuera de Cuba: Casa Vacía, Rialta, Hypermedia…, ¿qué diferencia a Bokeh y Almenara de ellas?

En el caso de Almenara la diferencia es más obvia, viene dada de antemano por el perfil mismo de la editorial, que es el de una editorial académica –con los protocolos que eso supone: la selección pasa siempre por un comité de arbitraje, hay un libro de estilo que garantiza la solidez del aparato crítico, etcétera. Con Bokeh –que publica literatura, y donde a veces los autores que hemos publicado aparecen también en esos otros sellos– pienso que lo que hace la diferencia es sobre todo esa ilación interna del catálogo, la propia lógica de la biblioteca Bokeh, digamos. También la identidad visual juega cierto papel en esa diferencia, y pienso no sólo en el diseño de cubierta sino sobre todo en el tratamiento tipográfico, en la forma en que el libro acoge un texto o las reglas a que lo somete. Pero en última instancia el rasgo diferencial viene dado sobre todo por esa voluntad de coherencia en cuanto a qué se publica y qué no, que puede ser muy distinta en un caso o en otro, y que define ya una identidad de cada sello. A propósito, algo que me parece interesante de ese nuevo mapa editorial es lo acotado que ha llegado a estar en tan poco tiempo –menos de tres años– y con catálogos todavía incipientes: cualquier lector que conozca el ámbito cubano sentiría que recorre territorios diferentes si contrasta títulos y autores de las varias editoriales que existen ahora mismo. Eso dice mucho sobre lo diferenciados que pueden ser los respectivos perfiles, y también sobre un modo de edición que, al ser mucho menos generalista que el de las editoriales a las que estábamos acostumbrados, deja ver mucho más sus señas de identidad.

¿Qué libros vendrán próximamente?

En Bokeh vienen otros dos títulos de Octavio Armand: se reedita Superficies, y aparece su último volumen de ensayo, El lugar de la mancha. Y llegan también pronto los otros dos volúmenes que conforman Sabbat Gigante, de Néstor Díaz de Villegas, un libro que me parece por muchas razones importante, con un peso especial en la literatura cubana. La colección de teatro arranca con Anuncia Freud a María, una compilación de teatro cubano a cargo de Gelsys García. Y llegan los primeros títulos de Mal de archivo, una nueva colección que, con textos anteriores a 1940, persigue articular una biblioteca para repensar críticamente prácticas, tradiciones e imaginarios de lo cubano. Entre lo primero que aparecerá allí, una compilación de ensayos de Lamar Schweyer, a cargo de Gerardo Muñoz, y Guerra de razas. Negros contra blancos en Cuba, de Conte y Campmany, y Contrabando, esa excelente novela de Serpa un tanto olvidada. En Almenara habrá sorpresas, entre ellas dos nuevos títulos sobre Sarduy y la publicación de los diarios venezolanos de Carpentier. Aparece también una compilación de ensayos sobre Nicolás Guillén Landrián, a cargo de Julio Ramos y Dylon Robbins, y otra sobre Arenas, que prepara Rita Molinero. Y pronto tendremos Efecto archipiélago II, la continuación de La hoja de mar, de Juan Carlos Quintero Herencia, un libro que me parece de particular relevancia –como lo fue en su día La isla que se repite, de Benítez Rojo, que dicho sea de paso me encantaría reeditar– si se trata de pensar el Caribe. Y por último, y aquí no se trata de qué títulos llegan sino de adónde lleguen, tendremos pronto distribución directa en América Latina, un paso importante para Almenara y Bokeh y la visibilidad que buscamos.

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