Entrevistar al entrevistador, Olga Connor en el banquillo
Olga Connor siempre está viajando y cuando no lo está, puede vérsele en las actividades culturales de la ciudad apuntando en su inseparable libretica las notas para algún artículo, reseña o nota. Ha ganado incontables premios a lo largo de su vida, en su carrera como profesora y también como periodista, el lector abre internet y puede encontrar no sólo sus escritos, sino también algo de lo que se ha dicho sobre ella, pero no muchos, que yo sepa, han tenido la oportunidad de enfrentar a esta mujer que se las sabe todas sobre la entrevista y ahora que tengo la oportunidad de entrevistarla no voy a perderla. Olga presentará en la Feria del Libro de Miami El arte de la entrevista (Alexandria Library, 2017) y ese es mi cebo.
Algunos libros nos zarandean de atrás para adelante
Comencemos por el principio. ¿Cómo comenzó su vínculo con la literatura y con la escritura?
Con los “muñequitos” que me leía mi mamá todos los domingos. Todavía recuerdo los cuentos medievales del Príncipe Valiente, y las historietas de la magia de Mandrake el Mago. Al ser muy precoz en la lectura, mis tíos gallegos me empezaron a regalar los libros infantiles: historias de los genios de la música, cuentos del folklore de los Hermanos Grimm, y todo lo que publicaban las editoriales hispanas. Al lado había un cine, el Cine Gris, y yo iba a diario. Empecé a organizar teatro, inventado por mí, tras la cortina de la sala de mi casa con mis amiguitos en el Vedado, antes de los ocho años.
¿Hubo un momento clave en su decisión de hacer periodismo?
Yo era profesora de Dickinson College, en Carlisle, Pennsylvania, y me mudé a Miami en 1981, porque mi marido trabajaba en Miami y vivíamos separados debido a nuestras carreras, no había aperturas universitarias aquí de momento y encontré lo que creía sería un trabajo provisional en la revista Vanidades. Y aunque regresé a la enseñanza en la Universidad de Miami, en 1984, quedé “enganchada” con el gusto por el periodismo. Fue una atracción gradual y decisiva, sobre todo cuando empecé a trabajar en el equipo de The Miami Herald, que se convirtió en el Nuevo Herald en 1987.
¿Cómo se informa usted, hoy que las revoluciones tecnológicas no nos dan tiempo para conocer a cabalidad un nuevo aparato que nos sirva?
Yo tengo varias enciclopedias, más de 10,000 libros, y muchos diccionarios, que he consultado, y bastante buena memoria de todo lo que he leído, pero gracias al dispositivo Google —qué delicia—, no hay que rebuscar tanto a los estantes.
¿Cree que la lectura se ha convertido en un acto de rebeldía?
Para nada, la lectura es una pasión o no es.
El amor por la lectura se aprende, pero ¿se puede enseñar a leer (en el sentido más profundo) o es algo misterioso y espontáneo?
Uno de mis nietos leía a una velocidad enorme a los siete años, al igual que hacía yo; otros muchachos prefieren otras cosas, no todos nacemos para ser lectores. Es maravilloso que la naturaleza nos haga especialistas en varias cosas diversas.
¿Qué le enorgullece más, lo que ha leído o lo que ha escrito? ¿Qué tipo de lectora es?
Mujer, lo que escribo me enorgullece, lo que leo me causa placer, y a veces mucha envidia; confieso que al leer a Gabriel García Márquez casi lloré, porque es el gran Maestro, aunque no estuviera de acuerdo con sus aficiones políticas. Y a Pablo Neruda lo he copiado a mano, para ver cómo se sentía al escribir, y entonces desistí de ser poeta, él es el gran Maestro del ritmo del lenguaje.
¿Qué experiencias le aporta la lectura en soportes digitales? ¿Ayudan estos medios realmente a difundir y a multiplicar la lectura?
Creo que todas las publicaciones debieran trasmitirse ya, cada vez que se van produciendo --como si fueran la radio--, en los dispositivos digitales.
La gente está desesperada por saberlo todo a través de aplicaciones electrónicas, ¿piensa que eso cesará en algún momento o el mundo definitivamente se infla de banalidad?
Hay una adicción, y esto es rarísimo, pero estamos cayendo en ello al punto de que interfiere con todo lo demás. Es la soledad humana del siglo, que busca compañía en los aparatos. Esto lo predijo el autor de los muñequitos de Mandrake el Mago de quien hablaba antes. Dominados por la maquinaria.
Usted que ha vivido las dos etapas (antes y después de la digitalización) ¿Cómo ve el futuro y su vínculo con él?
Me encanta la era digital, pero hay que practicar la memoria. Cuando la imprenta llegó en el Renacimiento, hasta ese momento la gente usaba mucho la memoria. Y la siguió usando por mucho tiempo. Desde que tenemos teléfonos celulares, con números guardados digitalmente, dejamos de recordar los teléfonos, hasta los de los hijos. Llegará el día en que habrá que aprender a desintoxicarse de la digitalización.
Para mí una entrevista es una historia de amor
¿Por qué le resulta atractivo el mundo de la entrevista? ¿Es de las que piensa que así se acerca más a los lectores?
Bueno, a mí me gusta la gente. Yo soy ciento por ciento extrovertida. Y aprecio a las personas que se dedican a hacer algo por los demás, sobre todo en las artes. Además, me siento muy cerca de mis lectores, y espero que ellos se crean que están sentados conmigo hablando también con esa persona entrevistada.
Ya ha dicho que “entrevistar no tiene apenas reglas”, pero que como regla personal comienza hablando de lo menos controversial. ¿Cuál otra considera un arma eficaz del entrevistador?
Estar muy preparado, saber lo que ha escrito o creado el entrevistado, lo que lo mueve en ese tipo de arte que hace, eso es lo que le va a abrirse ante usted como periodista.
Olga es una defensora de la comunicación plena del lenguaje literario, postura que le ha ganado miles de lectores de habla hispana. ¿Cuál es su fórmula para que cada entrevista se lea como una plática, sin que se note el estrés o el mal momento que debe haber pasado en más de una ocasión?
El único estrés que recuerdo fue hablando con Almudena Grandes, porque era un tópico muy doloroso que me hizo recordar a los refugiados de la Guerra Civil Española, amigos de mis padres gallegos en La Habana. Me dejó el corazón tan helado como el título de la novela.
Ha entrevistado a múltiples personajes, con múltiples lenguajes y códigos; eso es una experiencia comunicativa y un aprendizaje grandioso, con el que luego usted ha influenciado a muchos, incluyéndome. ¿Es usted consciente de eso en algún momento?
Claro, estudié lingüística y filología en la Universidad, he dado clases de cómo imitar estilos. Y hoy mismo hablaba de esto, que al entrevistar hay periodistas que modifican el habla del entrevistado para que se adapte a su estilo, por lo que usted lee siempre el estilo del periodista. Pero yo siempre quise reflejar el estilo del entrevistado, y apenas le modifiqué sus respuestas, no importa cuán extraños o distintos sus modos de pensar y de comunicar.
¿Alguna vez ha sentido la tentación de experimentar? ¿Lo ha hecho en el ejercicio periodístico?
Como profesora, experimenté dejando que los alumnos se calificaran ellos mismos en un College tan liberal como Swarthmore, “hice teatro” en la clase, les hice reír. Como periodista, siempre he tratado, primero como editora de las secciones de las artes, y luego como escritora, de implementar estructuras originales, abrir nuevas secciones, hacer columnas en serie, ir creando desde entonces este libro y los próximos.
Si hoy tuviera que hacer un balance de su obra periodística, ¿cuáles son los puntos más altos?
Eso es muy difícil, porque son los lectores los que pueden juzgar. Pero como tengo miles de artículos desde 1981, creo que he escogido los puntos más altos en este libro. En mis columnas personales hay también favoritos, y todos me dicen que la que escribí a la muerte de mi madre es la más recordada (“Y la gaita sonó”), y otros --los hombres--, la columna a la muerte de mi padre (“Lenguaje misterioso”); pero la razón es que en ambos casos me influyó la herencia gallega que me legaron dentro de la Cuba de mi niñez y juventud. Una tradición muy específica y preciosa de signos mágicos y legendarios.
El arte de la entrevista
Entre sus entrevistados hay un ejército de personalidades clave: presidentes, escritores, filósofos, periodistas, cineastas… Ellen Goodman, Eugenio Evtuchenko, Bill Clinton, Deepak Chopra, Octavio Paz, John Huston, Almudena Grandes, María Kodama, Lydia Cabrera, El Padre Ángel Gaztelu… ¿Quién se quedó en el deseo? ¿Quién le falta que todavía podría ser?
¡Ah!, me faltó Borges, por eso hablé con su espejo, María Kodama, ¿pero quién todavía podría ser? Déjeme pensar, ¿Putin?
¿Cuál ha sido su mejor entrevista, la más lograda, la que más le satisface?
La primera de todas, Octavio Paz, porque le dediqué cinco años de mi vida a leerlo a él y a todos los que escribieron sobre él, o con él, sus revistas etc., del año 1975 al 1980, en que recibí mi doctorado de la Universidad de Pennsylvania con una tesis sobre sus teorías estéticas. Al entrevistarlo estaba tan empapada de su obra, que él estaba más sorprendido que yo. Entonces, Paz le dijo aquí en Miami a mi Publisher de aquel entonces, David Lawrence, que era la mejor entrevista periodística de su vida. Pero la que más me entretuvo fue la de Eugenio Evtushenko, porque él era un personaje, y la que recuerdo con gran cariño es la de Gonzalo Rojas, ya que fuimos buenos amigos. Los tres han fallecido ya. Por supuesto, todos mis entrevistados me han satisfecho con creces.
El material que nos regalas en El arte de la entrevista es referencial en su más exquisita médula ¿Tienes conciencia de que este libro puede convertirse en un Best seller?
Bueno, si es un Best seller me alegro mucho. Y debiera serlo, porque yo me entretuve cada vez que lo releí, para evitar erratas, y la razón es que no hablo yo, sino mis entrevistados, gente maravillosa, fantástica, genial. Que se confiesan, y representan a su modo la cultura universal.
Después de tantos años de experiencia y con un reconocimiento ganado, que le permite decir la verdad sin temor, podría decirnos, de la entrevistas del libro ¿quién la hizo sentir mal, y las circunstancias?
Una sola entrevista recuerdo en mi vida que me apena, la del británico Hugh Thomas, a quien admiro como gran historiador. Aunque había leído sus libros le confesé que el último no me había llegado a tiempo para leerlo, él se molestó y aunque sentado frente a mí apenas quería responder. Pero otra británica me hizo la vida feliz, la bailarina Margot Fonteyn, cuando publicó su libro sobre la Pavlova, que fue deliciosa y amable. Ambas no fueron publicadas en el Nuevo Herald y no están en este compendio.
Ha dejado las entrevistas a los creadores que viven en Miami para un próximo volumen. ¿Cuándo cree que pueda salir, pudiéramos decir tan pronto como el año que viene?
Este libro tiene más de 50 entrevistas. Y quiero seguir publicando, porque en todos mis artículos está la historia artística y social de Miami, y eso es lo que más me importa, que se recoja la transformación de un pueblo en ciudad, y el legado hispánico.
Pero no es como suena la cosa
¿Cree que el nivel de autoexigencia intelectual ha descendido brutalmente y por eso los periódicos son cada vez mucho más desvaídos?
El periodismo no fue nunca intelectual, sino informativo y analítico de las noticias del momento. Las aportaciones culturales han sido siempre un regalo a los lectores interesados en esos temas. Pero al decaer la industria económicamente, hay menos espacio y fondos, para seguir siendo dadivosos con las minorías.
Con toda la rebambaramba política que se forma día a día alrededor de Donald Trump, las noticias se van a los extremos, es muy raro leer o escuchar un comentario imparcial en algún medio de comunicación; están divididos en “bandos”, ¿piensa usted que vivimos un momento de miopía periodística, de fanatismo periodístico?
La vida en Cuba antes del castrocomunismo tenía multitud de periódicos y cada uno tenía un público distinto. El Diario de la Marina, jesuita, conservador, proespañol; Prensa Libre, a favor del Partido Ortodoxo, inclinado a la izquierda; Hoy, comunista, del Partido Socialista Popular; El País, conservador, del centro; El Mundo, tradicional; revista Bohemia, profidelista al extremo, pero demócrata. Y lo mismo en todos los países, incluso hoy en España se ven esas tendencias. Excepto en los países comunistas donde solo hay una verdad, la del Partido.
¿Piensa con optimismo en los medios de comunicación?
Creo que la comunicación es lo más vital del ser humano, y de un modo u otro sabremos adaptarnos a los nuevos sistemas electrónicos y navegar por ellos.
¿A qué idea cree haberle sido más fiel?
A la verdad.
¿Siente esa necesidad de encontrar un sentido a todo o a veces se deja llevar?
Desde muy niña busco un sentido a la vida y me forjo metas. Si pudiera evitarlo no me dejaría llevar por nada; pero la experiencia me ha recordado constantemente que existe la magia de los encuentros, las corrientes de la historia, y los vendavales y maremotos, y entre todo eso he sido una superviviente nata. Mis lecturas principales a los 15 años eran la Biblia, Las mil y una noches, la obra toda de don Miguel de Unamuno y de Jean Paul Sartre, Albert Camus, Soren Kierkegaard, las novelas rusas, sobre todo Tolstoi, y los poemas de la escritora cubana Dulce María Loynaz. Busco desde siempre la razón del ser y del existir.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de noviembre de 2017, 11:56 a. m. with the headline "Entrevistar al entrevistador, Olga Connor en el banquillo."