La novelista colombiana Yolanda Reyes nos trae ‘Qué raro que me llame Federico’
La Feria del Libro de Miami recibe por primera vez a Yolanda Reyes, una de las voces más significativas de la literatura contemporánea de Colombia. Autora de la novela Pasajera en tránsito (escogida como uno de los diez mejores libros publicados en su país en 2007), de los ensayos La casa imaginaria (2007) y La poética de la infancia (2016) y de libros para niños y jóvenes como El terror de sexto B (Premio Fundalectura 1994), Los años terribles (2000), Los agujeros negros (2000) y Volar (2017), Reyes fundó y dirige Espantapájaros Taller, un espacio de Bogotá dedicado, desde hace 25 años, a fomentar y estudiar la relación de la primera infancia con la literatura y la lectura
La autora llega a Miami con su más reciente obra para el público adulto: Qué raro que me llame Federico (Alfaguara, 2016), novela en la que explora temas como la maternidad, la adopción y la búsqueda de la identidad personal, y en la que, según sus palabras, se dibuja una inquietante hipótesis emocional: “todo hijo humano es, de cierta forma, un hijo adoptivo: un misterio que hay que aprender a conocer”.
¿Cómo surgió Qué raro que me llame Federico? ¿Qué te condujo a explorar el tema de la adopción?
Surgió de historias de mujeres de mi generación en torno a una nueva “familia” de preguntas relacionadas con el reloj biológico —¿tener hijos, sí, no, cuánto esperar, qué significaba?—. Se nos olvida que hasta hace poco más de medio siglo, la maternidad no era una opción, sino una especie de destino, y que esa libertad de decidir trajo nuevos desafíos y nuevos problemas. Esas historias, relacionadas también con los procesos de fertilización que pueden ser muy dolorosos –y no solo en el plano físico-, se encontraron con las historias de niños y jóvenes adoptados que se preguntaban por su identidad, y ahí saltó una chispa: ¿qué tal contar esas dos versiones: la prehistoria de una mujer antes de ser madre y la historia del hijo que se pregunta por la madre que no está y por la madre que lo adoptó? Había todo un espacio de indagación en medio de esas relaciones y había fisuras, capas, posibilidades, y eso es lo que se necesita para comenzar una novela.
¿Qué puedes contarnos sobre el proceso de escritura de esta obra? ¿Investigaste el tema?
Yo tenía clara la estructura básica: dos historias que van en direcciones opuestas: la de Belén que se mueve en el pasado, su trayectoria vital hasta ser madre, y la del hijo que comienza en el punto en el que se acaba la travesía de la madre. Quería también que esas dos historias se alternaran: que se encontraran y se desencontraran, que tuvieran puntos de contacto –algo así como armonías, pero también disonancias–. Sin embargo, una cosa es tener clara la estructura y otra cosa, “hacer las voces”. Esa fue la mayor indagación: armar la historia, “escuchar” a los personajes y construir las voces. Por supuesto, hubo también una “investigación” con amigas cercanas, especialmente, para armar la peripecia de Belén y otras investigaciones institucionales relacionadas con mi trabajo, pero, sobre todo, me guio la experiencia de haber acompañado a tantas familias y a tantos niños, durante tantos años, a leer, a “leerse” en todos los sentidos. Al escribir me di cuenta de ese saber que no sabía que tuviera tanto peso en mí: sentí que había tenido la oportunidad de acercarme al corazón de la infancia y que conocía también la enorme complejidad que es para un adulto criar a un ser humano. Y ese “saber” fue emergiendo lentamente.
¿Una novela sobre el difícil oficio de ser madre y de ser hijo, sobre la construcción de los vínculos materno-filiales, sobre el derecho a saber quién se es?
Exactamente. Y sobre todas esas fuerzas en conflicto que determinan, aunque a veces no lo recordemos, lo que somos. Esa primera relación de la que nacen todas las relaciones posteriores está llena de ambivalencias, de silencios y de complejidades, pero la maternidad ha sido edulcorada e idealizada. Las ideas de “abnegación” y de la madre como una santa o una heroína han censurado esa revolución existencial que implica ser madre y que te sitúa frente a una disyuntiva que jamás se resuelve: ¿qué tanto te puedes olvidar de ti para cuidar a otro ser humano? Y como no existe una respuesta, ahí hay una indagación: en ese hueco entre lo que somos y en todo lo “no dicho” se mueve la novela.
Qué raro que me llame Federico invita, entre otras cosas, a reflexionar sobre el papel que desempeña la lengua en la apropiación/construcción de una identidad. ¿Qué puedes comentar al respecto?
Creo que la lengua es la cuerda que amarra la novela y tiene que ver con esa “adopción” simbólica, que es “entrar en el lenguaje”. Hablamos porque alguien leyó nuestro llanto y le atribuyó un significado y, por eso, darle al otro una lengua no solo es asignarle un lugar en la cadena de sentido que es propia de una tribu, sino también “pasarle” un eco de cadencias, de ritmos, de acentos: de todas esas voces que patinan por la lengua y que la marcan. Pero toda esa unidad musical y semántica que nos entra por los poros y que crece con nosotros, y de la que no nos damos cuenta, solo se vuelve una conciencia dolorosa cuando nuestro acento suena extraño entre otros acentos: cuando no somos de una tribu y la lengua nos delata. Ese trayecto es el que tiene que reconstruir Freddy/Federico, en dos direcciones: primero tiene que ser nombrado en ese “ritual de bautizo poético” que improvisa su madre en una librería de viejo para darle el nombre del verso de García Lorca que también le da el nombre a la novela. Pero luego, él tiene que hacer el movimiento inverso: recuperar el canto, la cadenssia del origen: esa marca de voz que tuvo antes de ser adoptado. Para mí, escribir es un trabajo que tiene mucho que ver con tomar conciencia de cómo suena y cómo significa una lengua. Quizás el trabajo de escritura consiste en desoír las voces habituales de la propia lengua y convertirla en una lengua extraña: una lengua del asombro que hay que labrar de nuevo.
¿Qué te atrae de la novela como género literario?
La posibilidad de indagación: de buscar capas y de no saberlo todo de antemano. Es como un viaje largo en carro (y no por la autopista principal): tienes una ruta esbozada y más o menos sabes a dónde quieres llegar, pero vas deteniéndote en lugares no imaginados y descubres caminos poco transitados, y te arriesgas un poco sin saber si te perdiste (aunque no definitivamente). Me gusta esa idea de crecimiento, de transformación que no solo afecta a los personajes de la novela, sino al autor, que es otro distinto cuando logra llegar al final.
Escribes narrativa y ensayos para adultos y ficciones para niños y jóvenes, ¿cómo transitas por todas esas vertientes?
Me gusta transitar, como dices, para afrontar desafíos. A veces escribo un libro para niños que surge de un juego de palabras y que es como una epifanía y que hace una pausa entre la construcción de una obra más larga. Algunas ideas son como relámpagos y hay otras que requieren más capas, más desarrollos. Eso no siempre tiene que ver con las edades de los lectores ni con la extensión del manuscrito, sino con el proyecto mismo. Incluso lo que he empezado a ver es que una idea (o mejor, una preocupación) se refleja en libros para distintos públicos. Para darte un ejemplo, después de Federico escribí Volar, que es un libro para niños y en el fondo tiene tensiones y estructura similares. Es una conversación entre un niño que viaja recomendado a la azafata y una señora que va al lado. Me interesaba esa conversación entre un niño y una mujer y de ese interés salieron dos libros distintos.
Desde hace años, cada quince días publicas una columna de opinión en El Tiempo, el principal periódico colombiano, sobre temas de la realidad social y política de tu país. ¿Cómo ha influido ese trabajo en tu creación literaria?
Me ha dado “oficio” y me ha enseñado que cada dos semanas, esté donde esté y pase lo que pase con mi vida (y en quince años sí que pasan cosas en la vida), hay un lector que espera que le digas algo que no había visto en lo que había mirado. Por supuesto, unas veces lo logro más que otras, pero esa sensación de responsabilidad con lectores que no sé quiénes serán me ha hecho escribir disciplinada y rigurosamente, así se esté acabando el mundo. Hace unas semanas, por ejemplo, publiqué una columna sobre las mujeres escritoras de Colombia, motivada por una selección masculina que fue invitada a una feria del libro, y fue como un tsunami. La gente se sintió interpelada y convocada; se fueron sumando mujeres escritoras y luego, escritores y estudiantes y todo tipo de personas, quizás porque había algo que había que decir y lo dije en el momento exacto. En eso, las columnas son distintas a las novelas: las lee mucha gente en el mismo instante y luego pasan. A mí me gusta que no sean exclusivamente coyunturales o que, incluso si son motivadas por una coyuntura, se puedan leer después y sigan resonando.
¿Cómo se inserta Qué raro que me llame Federico en la literatura actual de Colombia?
Es una literatura que escudriña la vida interior y que mira, desde ahí, desde lo muy particular, la historia del país. Muchas mujeres, pero no solo mujeres, estamos tratando de buscar esos registros, esas voces tantas veces inaudibles que se salen de “los temas de exportación” ligados a Colombia.
¿Qué representa para ti participar por primera vez en la Feria del Libro de Miami?
La alegría de estar en un cruce de lenguas y de culturas. Estar en una ciudad que nos ha “adoptado” y que está buscando opciones para situar el bilingüismo en un nivel de igualdad cultural. Eso es muy importante para las generaciones que crecen hoy, aquí y allá.
¿Qué estás escribiendo ahora?
Estoy buscando a “mis mujeres” de la vida. Creo que será una búsqueda de largo plazo.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de noviembre de 2017, 5:23 p. m. with the headline "La novelista colombiana Yolanda Reyes nos trae ‘Qué raro que me llame Federico’."