Artes y Letras

Pedro Marqués de Armas, ‘Prosa de la nación’ poética

Pedro Marqués de Armas
Pedro Marqués de Armas Foto de cortesía

Más que Prosa de la nación, este libro de Pedro Marqués de Armas (La Habana 1965) podría haberse llamado prosa de la nación poética.

Y no solo porque por sus páginas desfilen poetas (o delirantes): Casal, Lezama, Piñera -el de La gran puta y no el de los Cuentos fríos-, Escobar y Juan Carlos Flores. Sino, porque mirado en conjunto, es uno de los pocos estudios sobre poesía cubana -otro sería La última lectura de Orlando, de Pablo de Cuba, publicado también recientemente- que intenta pensar la poesía, el poema, lo poemático desde otro lado.

En este caso, desde cierta vectorialidad política: esa que acopla totalitarismo y ausencia, crimen y estado; y desde el psicoanálisis. Es decir, desde las máquinas deseantes de Deleuze (y predeleuzianas del Lawrence de Estudios sobre literatura clásica norteamericana, libro esencial para todos aquellos que quieran entender “lo inactual”), y desde una suerte de lacanismo zurdo, vampiro, que se aprovecha de conceptos, reflexiones, zonas, pero nunca, por suerte, se explaya del todo en los escritores o literaturas estudiadas. Nunca hace clínica.

En Prosa… encontraremos al último Lezama, el de Fragmentos a su imán. Ese gordo traspasado por el castigo, la efedrina y el hastío que le producía su propio barroco. Y encontraremos a Martí, casi como contraposición de la Arcadia lezamiana: “A la madre nutricia, dadora y doméstica de Orígenes, Martí contrapone la Gran-Fálica-Reidora. Contra la bien castrada de los origenistas, remansada y aún en la quietud de la siesta, ésta otra desenterrada, que yace al borde del campus.”

Encontraremos a Escobar, quizá el mejor poeta cubano de los años ochenta, dando manotazos en el vacío, histrión, produciendo personajes y saltando siempre de su Yo teatral a su Yo enfermo. Y a Collazo, otro suicida. Un ave rara en esos años de plomo insulares que tan poca diferencia produjeron. (Una de las “virtudes” de la revolución castrista es la de haber convertido a más de una generación en reo y phantasma).

Encontraremos a Juan Carlos Flores, el de la trilogía de Alamar, subiendo y bajando por sus poemas “biplantas”, como si fuera un personaje de Ror Wolf. Pero también al de Los pájaros escritos. Primer libro que tuvo la desgracia de no salir hasta mucho después, cuando salvo dos o tres poemas, ese libro y “lo lírico” que giraba alrededor de él, ya ni siquiera al propio Juan Carlos interesaban mucho y, quien fue madurando lentamente uno de los proyectos más viscerales de la poesía reciente en la isla. Poemas, contragolpes él los llamaba, que no solo hablaban de su marginalidad o su locura. También, de la poesía contemporánea en general, de lo que se repite, se raya, se corroe, se gangrena, se aplasta.

Encontraremos a Casal, de quien por cierto Flores era gran lector. Y a Zequeira, el más loco de todos, el más “chino”.

Encontraremos a Diáspora(s), tanto en su versión lumpen, intentando subvertir la euforia-nación con aquel ensayo publicado en la desaparecida Encuentro… (ensayo por el que, por cierto, tanto Marqués de Armas como el que suscribe estas páginas se buscaron una gran bronca en el palacio del Segundo Cabo), como en su versión optométrica; al pretender medir, de manera no eufórica, el grado de oscuridad que había traído a la isla el Período Especial, aquella aberración ideológica, aquel aborto.

¿No son al final los poetas cubanos, y los escritores todos -todos los buenos quiero decir-, monstruos que terminan triturando, aplastando, devorando su época, su escritura y, como decía aquel verso modernista, “su manchita en el espejo”?

Lean Prosa de la nación, recién publicada por Casa Vacía, en Richmond, y ya entenderán.

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de noviembre de 2017, 5:01 p. m. with the headline "Pedro Marqués de Armas, ‘Prosa de la nación’ poética."

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