El arte de aplaudir
Que vivimos a la deriva en una suerte de tango discepoliano “ya no hay quien lo niegue”. Que la exageración manda y está fuera de control tampoco. Cambalache siglo XXI es cabal reflejo del profético “koyaanisqatsi” hopi. Hay que subsistir, seguir respirando por la nariz, comiendo por la boca, etcétera. No hay reemplazos, el paladar prefiere el pan a la hiel y el oído Mozart al chirrido. Se sigue cortando con el cuchillo y pinchando con el tenedor. Quizá por eso el tema del aplauso excesivo sea recurrente después de presenciar alguno inflamado. ¿Por qué aplaudimos? ¿Por convicción, entusiasmo o inercia?. ¿Habrá un aplausómetro para curar lo que más que aplauso es aplauditis?.
El ejercicio de la crítica no es amigo del aplauso en piloto automático. Por simple ética, imparcialidad forzada o antipatía natural que todo crítico que se precie debe inspirar. El que debe entregarse a lo que le toque, medirlo, tratar de ser ecuánime y generar una lectura responsable que sirva al lector, que le abra los ojos, le ayude a comprender, le enseñe a sentir y lo eduque, hasta para aplaudir. Cuándo y cuánto también. Tan simple como usar los cubiertos y porque, en última instancia, alguien debe decirlo.
Empezando porque no es oro todo lo que reluce por más costoso que haya sido y porque la fama no garantiza excelencia, a veces se aplaude al mito o al promocionado de turno. Atrás quedaron los sombreros al aire que desataban Rossini y Mozart, si a éste no le importaba que aplaudieran después del primer movimiento de una sinfonía de cuatro, no es lo mismo con un Mahler o Bruckner, no dan lugar al aplauso sino mas bien a la pausa para respirar hondo. No hay caso, a cada silencio o chim-pum se desata la endémica catarata de aplausos por inercia. Son aplaudidores compulsivos que deberían ver a un Abbado que hasta minutos después del final imponía un silencio sepulcral, mágico, nacido de la misma música.
“Aplauden hasta cuando es bueno” ironizaba Arthur Schnabel. Dicen que la automática ovación de pie es un fenómeno nacido en Broadway viralizado al mundo. La costumbre aún encuentra resistencia en Londres y otras capitales europeas donde se prefiere el aplauso largo y compacto. La ovación se reserva a ocasiones especialísimas, no como ingrediente del narcisismo de público que llega tarde, se va antes, charla, come, tose, textea y aplaude cuando se le antoja porque pagó un boleto y otorga dádiva al artista súbdito. Los artistas saben que hay todo tipo de público: odiosos, parcos, difíciles, complacientes, adorables, generosos y también burros...
Lejos está Adelina Patti, diva que después de una ópera entera se hacia traer el piano a escena para bisar la escena de la locura de Lucia. A los divos de ópera y ballet y algún director o instrumentista les está reservada esa ovación orgásmica que los simples mortales jamás conocerán. Tocan un lugar que dispara la catarsis sean latinos, anglos, asiáticos, eslavos o teutones. Ni las ovaciones interminables a Leontyne Price, Caballé, Leonie Rysanek o Sutherland superan el record obtenido por Pavarotti en un Elisir berlinés con 165 telones y 67 minutos superado por Domingo con 80 minutos en Viena después de Otello en 1991. Deportivamente, los fans se disputan la supremacía de su ídolo, algunos agradecen con incontables bises, caso Marilyn Horne, Evgeny Kissin o Jonas Kaufmann, otros son mas reticentes. La soberana Schwarzkopf bajaba la tapa del piano y sonreía: se acabó.
Imposible entonces no remontarme al Teatro Colón de Buenos Aires donde era leyenda la ovación a Birgit Nilsson y Jon Vickers después de cinco horas de Tristan, tan larga que la administración del teatro mandó bajar el telón de incendios para que el público abandonara la sala. No viví algo así pero, tan inolvidable y emocionante como debió haber sido la despedida a Callas del público mexicano cantándole La golondrina en 1952, sí la que recibió Maya Plisestkaya cuando no sólo debió bisar La muerte del cisne sino que paralizada de emoción contemplaba a cuatro mil personas agitando pañuelos diciéndole adiós. Experiencia intransferible. Por eso, cuando aplauda déjese llevar no sin antes reflexionar si vale la pena lo que aplaude. Un buen aplausómetro interno combate la desaforada aplauditis.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de enero de 2018, 6:22 p. m. with the headline "El arte de aplaudir."