‘Los Cuentos’ de Mortier en el Teatro Real de Madrid
Más que puesta en escena, una instalación como las que hoy pululan en
museos, galerías y ferias de arte podría ser la descripción mas aproximada a Los Cuentos de Hoffmann, homenaje póstumo del Teatro Real madrileño a su recientemente fallecido director general Gerard Mortier.
Y entonces esta ópera problemática y difícil en todo renglón, gestada por un Offenbach que la dejó inconclusa y que cuenta con varias ediciones era un inevitable bocado de cardenal para las fauces radicales favorecidas por el belga. Al igual que su compositor, Mortier tampoco llegó a ver sus Cuentos pero fiel a su postulado inclaudicable de enfant-terrible, dejó todo listo para no despedirse sin crear controversias.
Musicalmente alineada con la versión de Fritz Oeser, restaura el orden original de los tres cuentos de E.T.A. Hoffmann con libreto de Jules Barbier otorgando al prólogo una extensión inusitada y por ende mayor protagonismo a la Musa. La escena se traslada al siglo XX al Círculo de Bellas Artes de Madrid donde su taller, salón, café y mesas de billar reemplazan a la taberna y el resto, Venecia incluida. Como no podía ser de otro modo, el director de escena Christoph Marthaler y la escenógrafa Anna Viebrock usan la música para contar otros cuentos, es el punto de partida para reflejar al artista en crisis, su entorno, expectativas y circunstancias. En esa amada o aborrecida tendencia independiente a lo que realmente sucede en el título elegido, el trabajo de Marthaler deja al desnudo las dudas e inconsistencias del mismo Offenbach. Esa duda presente en el compositor se encarna en el protagonista, lo paraliza como artista y pasa a ser otro alienado hombre común de nuestro tiempo.
Ese vacío inconmensurable interno y externo impregna la puesta para irritar, provocar, ironizar, deleitar e incluso aburrir en su moderna parquedad. Ni el amor ni el arte están primero, se le anteponen la angustia y la duda, absolutos protagonistas en este collage más cotidiano que imaginativo, alejado del romanticismo y de todo elemento fantástico. Es un Hoffmann sin Hoffmann, sino con nosotros y nuestros vacíos. Es un ejercicio laberíntico e indescifrable que homenajea a Mortier, sus colaboradores, sus afectos y credo corporizado en ese Ultimatum de Fernando Pessoa que recita Stella –la coreógrafa y actriz Altea Garrido– como remate de la representación.
Es esa planta única, inmensa y exacta reproducción del hermoso Círculo madrileño querido y frecuentado por Mortier, la instalación habitada por cantantes y coro que mostraron el resultado de un arduo y minucioso trabajo de equipo consubstanciado en miles de crípticos detalles. Eric Cutler supo ser y cantar ese Hoffmann conflictuado y Nicklausse-la Musa, acompañante incondicional interpretada por una multifacética Anne Sofie von Otter, delirante vagabunda, maternal, borracha trasnochada, enamorada eterna y amiga que aporta el único toque de ternura en su abrazo final capaz de alejarlo para siempre de los villanos bien servidos por Vito Priante. Un lujo el veterano Jean-Philippe Lafont como Luther y Crespel así como la vocalmente suntuosa madre de Lani Poulson y poco feliz el Spalanzani de Graham Valentine.
La precisa Olympia de Ana Durlovski señaló el cenit vocal gracias a una coloratura perfecta, automática como el personaje; Measha Brueggergosman abordó Antonia y Giulietta con emisión heterodoxa, voz caudalosa, atípica, con opulencia de mezzo y agudos estridentes redondeando un desempeño desigual aunque convincente.
Admirable la orquesta bajo Till Drömann, si al director le faltó el vuelo poético y el fuego para compensar el distanciamiento que campeó en escena, esa distancia contribuyó a la polarización al despojársela de todo elemento romántico.
No puede negarse que amén de pataletas de público y críticos, Mortier puso al Real en el mapa internacional y que su gestión le permitió a Madrid una arena experimental tan única como privilegiada. Si los resultados en escena han sido a veces menos alentadores que lo prometido en papel; el tiempo sabrá decantar las propuestas del director y su concienzudo equipo. Lo cierto es que estos Cuentos de Mortier generan preguntas que permanecen días después de haberlo visto aunque en el momento se haya permitido coquetear incluso con el tedio, y eso es un pecado mortal, al menos lo sería para Offenbach. No lo es para el intrépido Mortier que mientras se apaga la luz de escena sonríe con su última osadía. Cumplida está su voluntad.•
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de julio de 2014, 0:00 a. m. with the headline "‘Los Cuentos’ de Mortier en el Teatro Real de Madrid."