Artes y Letras

‘Short Story’ tormentas portátiles

‘Bridge of 100 Matchsticks (Puente de los 100 fósforos)’, 2014 de Randy Burman. Caja de madera, 100 cerillos de madera, piezas de madera de balsa, 2 figuras de plástico a escala, 13 x 10.5 x 7 pulgadas.
‘Bridge of 100 Matchsticks (Puente de los 100 fósforos)’, 2014 de Randy Burman. Caja de madera, 100 cerillos de madera, piezas de madera de balsa, 2 figuras de plástico a escala, 13 x 10.5 x 7 pulgadas. Juan Ruiz Gallery

Once artistas miamenses, invitados por Rubén Torres-Llorca, se reúnen en esta exposición colectiva de arte de pequeño formato: “muestra transversal de lo mejor del panorama artístico miamense que prueba que la excelencia de una obra de arte no radica en su gran formato”. Una afirmación que, aunque fuera cierta, no resume el alcance de una exhibición cuyo valor más notable, a mi juicio, es su consistente hilo argumental. Short Story es, por encima de todo, una antología de microficciones en la que los universos excluyentes y las ideologías colisionan.

Las cuatro piezas de Rafael López-Ramos que sirven de imán revelan algunas de las claves del recorrido. En sus tres telas conviven Mickey y ‘El bobo’ de Abela; la efigie del Jackson, de Thomas Sully, y el emblema de las Milicias de Tropas Territoriales cubanas; el ojo inscrito en la pirámide del Nuevo Orden Mundial y el logotipo de los Comités de Defensa de la Revolución. Estas iconografías opuestas son (con)fundidas en un mismo espacio ideológico, denunciando la perpetua manipulación de las masas. Su cuarta obra, un objeto esculturado, remite por alegoría al 11 de septiembre: la libertad y sus paladines son servidos en bandeja, chamuscados, empaquetados y atados en una cinta con estampado cachemir (paisley), en obvia alusión al choque entre dos cosmovisiones aparentemente irreconciliables.

Las fotografías de Rogelio López-Marín (Gory) alertan sobre otro tipo de colisión: la que sucede en la frontera, cada vez más tenue, entre la naturaleza y la sociedad. Esa invasión humana produce epifanías estéticas que son perseguidas por el ojo de pintor de Gory, contrastando en un mismo plano una avioneta con un dinosaurio, enfrentando colinas y ciudades, interpretando la huella humana en el entorno. Por su parte, Lucy de la Vega “retrata” el viento, capta abstracciones en las que se funden los restos: semáforos y espigones, redes marinas, forman parte del horizonte postindustrial, esas marcas que alteran de manera permanente nuestra mirada.

En esa línea, las serigrafías de Kathleen Hudspeth recalcan con sutil ironía la crisis ecológica desde la perspectiva del artista. En una de ellas un ser atraviesa, “a duras penas”, un río de hierba, “hacia la ciudad reluciente de condominios, mientras la gente acelera en sus autos por las autopistas elevadas” (My Miami, 2012). Sus piezas –Stuppid Lubers, 2014 y Magic City Snake Oil, 2013– se enfocan en la reproducción en serie y su impacto en la sociedad y el mercado.

Liliam Domínguez activa una cámara ubicua, superponiendo en disolvencia distintos planos temporales de un mismo lugar. La lente es transformada en videocámara estática que capta la vorágine, por la que pasan vendedores ambulantes, parejas, hormigueo humano en el retablo citadino. Mientras, Carol. K. Brown con la serie Encounter, hace zoom con su estética minimalista en otra realidad que complementa el caos urbano: la soledad humana, su aislamiento existencial. En estos dibujos de microgrupos, observados desde la perspectiva de dios, que hoy en día es la de las grandes ciudades, la del ojo en picada desde los balcones, las figuras parecen a punto de salir de encuadre, en una suerte de tránsito tan angustioso y tridimensional como su sugestiva sombra.

Los retablos y estatuillas de Esteban Blanco continúan la estética de sus juguetes o adornos violentos. En especial las figuras de porcelana, intervenidas por el artista, esconden detalles políticamente incorrectos o directamente escandalosos, como un pastorcillo con la suástica en el brazalete, o un perro excitado con una damita, que anulan u obligan a una relectura de su función decorativa.

Pip Brant borda cuadros impresionistas, descomponiendo el paisaje en “pinceladas” de hilo, como si bastara el contacto del ojo humano para desfragmentar el entorno. Arizona Cavalry Stitch permite descubrir, cuando la pupila se adapta, dos figuras, una de ellas ecuestre, con uniformes de oficiales de caballería.

Randy Burman exhibe cuatro cajas de su serie Shibui Boxes que, como su nombre en japonés indica, adaptan al mundo occidental a ese equilibrio sutil entre complejidad y simpleza en que se soporta la estética asiática. Una de las más bellas, sin dudas, es una suerte de haiku visual: Bridge of 100 Matchsticks, que en una de las múltiples alegorías recuerda que, cuando uno avanza con determinación, “los puentes quemados alumbran el camino final”.

Dos objetos de Rubén Torres-Llorca, elaborados con medios mixtos, que simulan la estética del papier-mâché crudo, dialogan entre sí: una modelo holly

woodense repite la frase de Faulkner: “Debes matar a tus seres queridos”, mientras Robin, el eterno compañero de Batman, le responde: “Tiene sentido”. Como en gran parte de la obra de Torres-Llorca, se abaten los límites de géneros y se borran las fronteras temporales, y entre la esfera pop y culta: todo hombre es un pastiche de lecturas.

Con recursos estéticos vecinos a los de Torres-Llorca, cierra la muestra Mary Larsen con sus collages de papel, tinta, acrílico y cera sobre discos floppy de 3.5 pulgadas. Pieza a pieza, verso a verso, la artista conforma su cadáver exquisito, en el que dos universos, el digital y el analógico, coluden, pactan, se retroalimentan como un palimpsesto imposible. Y es que Short Story tiene esa magia: la de los caligramas de Apollinaire, la del enigmático despertar del dinosaurio de Monterroso. • 

‘Short Story’, Juan Ruiz Gallery, hasta el 20 de septiembre. 301 NW 28 St., Miami, FL. 33127. (786) 310-7490, juanruizgallery.com.

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