Artes y Letras

El cine futuro: Starewitch, Švankmajer y los hermanos Quay

Aunque parezca imposible, el cine futuro se parecerá más a la obra de estos tres genios, que a todo lo que consideramos “cine” hoy en día, tal y como de alguna manera deja en claro el libro, que también fue la exposición titulada Metamorfosis. Visiones fantásticas de Starewitch, Švankmajer y los hermanos Quay, editado este año por el CCCB de Barcelona. Starewitch, Švankmajer y los hermanos Quay fueron tres maestros de la animación de títeres y stop-motion.

“Metamorfosis presenta la obra de cuatro figuras esenciales del cine de animación: el pionero polaco (nacido en Rusia) y afincado en París Ladislas Starewitch (1882-1965), el maestro checo Jan Švankmajer (1934) y los gemelos Quay (1947), nacidos en Pensilvania y residentes en Londres desde hace tres décadas. Tres filmografías singulares que, sin embargo, tienen mucho en común: un universo excéntrico, de duermevela, en el que conviven la inocencia, la crueldad, la voluptuosidad, la magia y la locura. Un paisaje inquietante, poético y lúcido, a veces grotesco y a veces fantasmagórico, de personajes que aman lo improductivo y lo fútil”, según explica el catálogo de exhibición.

Aquí, tres pequeñas notas sobre ellos:

UNO. Entre los sesihuecos perversos de los hermanos Quay y las bocas antropófagas de Jan Švankmajer, el cine del polaco Ladislas Starewitch (quien repartió parte de su obra entre las dos Rusias, la zarista y la comunista, hasta que en 1920 no pudo más y se marchó a Francia) parece una oda a las utopías no-perdidas, uno de esos cantos a lo más noble, risible y “entomológico” del ser humano.

En sus películas: Fétiche 33-12, La venganza del operador de cine, Escenas divertidas de la vida de los insectos…, y a pesar de su obsesión por la animalia y los juguetes infantiles, lo que casi siempre queda remarcado es eso que comúnmente se llama “el mundo de los sentimientos”. Mundo que Starewitch resolvía muy bien creando un contrapunto entre ternura y bajas pasiones (esas que al final sacan lo más real de la psique humana) y lo llevaron a crear una visualidad muy compleja, donde la bisagra entre fábula y construcción marionetesca alcanza uno de sus puntos más exactos.

DOS. En el otro extremo podría insertarse la obra del checo Jan Švankmajer, cineasta que casi podría describirse como una suerte de artista total, por sus dibujos, sus instalaciones, sus esculturas, sus ensambles

Cine que se regodea en lo muerto: lo autofágico, homofágico y cerebrofágico, en los consejos de Mefistófeles a Fausto, y en una imaginería que más que a lo surreal, aunque también, le debe a esa escuela de la inmadurez de la que hablaba Gombrowicz. Espacio donde lo infantil, la ironía y lo absurdo podrían abrir el mayor de los caminos.

Camino que en el caso del checo ha quedado muy bien sedimentado en filmes como El osario, Posibilidades de diálogo, Los conspiradores del placer…, o en ese primer corto que realizó en 1964, en pleno apogeo de la nueva ola checa, El último truco del Sr. Schwarcewallde y del Sr. Edgar. Una película sobre dos ilusionistas que bajo cierto celo terminan tasajeándose varios pedazos del propio cuerpo.

TRES. Elemento: el de la violencia, la devoración, lo cruel, que serviría muy bien no solo para definir el cosmos de Švankmajer, tal como hace unos años hicieron los hermanos Quay en uno de sus filmes: El gabinete de Jan Švankmajer (quizá el mejor ensayo pensado alguna vez sobre la obra del gran praguense), sino, para delimitar el propio territorio de los hermanos Quay. Cineastas con una imaginería pasmosa.

Su cine, que ellos heredan directamente del mundo centroeuropeo (según confesión propia), y los ha llevado a hacer películas como Instituto Benjamenta o Calle de los cocodrilos, inspirados en Robert Walser y en Bruno Schulz respectivamente, tiene, al decir del crítico Jordi Costa, “que bregar con la fosilización de la receptividad de un público que ha sido acostumbrado a esa idea tan discutible y tan asumida de que el cine ha venido para contarnos historias (…) en lugar de poder cantarnos, hipnotizarnos, ser poesía, ensayo o pura forma”.

En fin, ¿no hay algo hermoso en saber que, el cine, tal y como lo conocemos, ya está desapareciendo?

Aceptamos opiniones.

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