‘El rector de Justin‘, un libro de sangre azul
Con la presencia de las tropas norteamericanas en la Segunda Guerra Mundial muy al fondo, discurre el relato de El rector de Justin (Libros del Asteriode), una novela escrita en 1964 por el aristócrata neoyorkino Louis Auchincloss, felizmente en proceso de descubrimiento para lectores en castellano.
El joven Brian Aspinwall, falto de carácter, con un miedo horrible de decepcionar a Dios, es empleado como profesor auxiliar en St Justin Martyr, un establecimiento educativo para jóvenes varones salidos de las más notables familias WASP (White Anglo-Saxon Protestant, por sus siglas en inglés), cantera del establishment norteamericano desde finales del siglo XIX.
Llega a aquel recinto neogótico de Nueva Inglaterra y, en lo que al acto intuimos como una novela de aprendizaje e iniciación, choca con la figura de Francis Prescott, el fundador, un anciano espartano y caballeresco pero no menos puritano y dictatorial, de quien el aspirante a ministro de iglesia queda cautivado.
El rector de Justin se inscribe en esa saga no deliberada de novelas norteamericanas ambientadas frontal o tangencialmente en los recintos universitarios o en otro tipo de instituciones educativas de la nación: La mancha humana, de Philip Roth, El mundo según Garp, de John Irving o Yo soy Charlotte Simons, de Tom Wolfe, entre otras.
Un país con más de dos mil universidades claro que debe generar textos sobre tan peculiar micromundo, con sus pasiones y sus perversiones (“Una escuela es como un pequeño pueblo”, anota Aspinwall en su diario), pero este es también un canto a la devoción, tal vez excesiva, del discípulo por el maestro, un recorrido entre la sociabilidad y los prejuicios de clase, una mirada a una sociedad cerrada, formadora de políticos y de sacerdotes, que con el tiempo se ha ido abriendo hacia los senderos para nada idealistas de los negocios, la banca y la abogacía.
Se trata además de un relato que aúna otros relatos, que los echa a volar. Atrapado en la fascinación por el clérigo Prescott, el narrador concibe la idea de adentrarse en la historia y la personalidad de su maestro. Por eso, a medida que entran y salen personajes de diferente realeza como en una pieza de teatro isabelino, aparecen intercalados en su diario los testimonios de los allegados al rector: el del eterno dandi Horace Havistock (cuya intensa amistad juvenil con Prescott nos recuerda ese algo sexualmente ambiguo que destilan las páginas de El último encuentro, de Sandor Marai); las notas del abogado David Griscam; el monólogo de Cordelia Prescott, la hija disoluta y agnóstica; las memorias de Jules Griscam, el peor de los alumnos que pasaran por la institución, un joven voluptuoso que fustigaba “la pervertida virulencia de la conciencia puritana” del rector Prescott y que muriera en un supuesto accidente automovilístico en una carretera europea…; o Jules, el alumno marginal, el que discrepaba en la clase de religión y no escondía su predilección por los autores paganos; toda una polifonía de voces canalizadas en una estructura narrativa de relato dentro del relato: texto dentro del texto, matrioska rusa, caja china.
De tanto consumir escritores secos e impactantes (Carver, Capote) o intensos y desgarrados (John Cheever), o sucios y aventureros (Bukowski, Kerouac) o aparentemente sencillos, hurgadores de la cotidianidad y de las entretelas del matrimonio (John Irving, Richard Ford), hemos olvidado que la narrativa norteamericana también tiene su aristocracia, su veta de sangre azul, sus escritores estilo Jünger, Italo Svevo o Sándor Marai.
Ya lo había adelantado Roland Barthes de modo general en 1944: “La literatura tiene sus santos, sus pontífices, sus teólogos, sus indiferentes, sus jansenistas, sus patronatos, sus mártires, sus detractores, sus locos, sus embaucados”.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de septiembre de 2014, 2:00 a. m. with the headline "‘El rector de Justin‘, un libro de sangre azul."