Gerardo Muñoz: El fantasma de Lamar Schweyer
La figura de Alberto Lamar Schweyer seduce no solo por su biografía: murió con 40 años, llegó a ser Jefe de Prensa de Gerardo Machado, y perteneció a aquel grupo -Los Minoristas- que, comandados por Martínez Villena terminaron por expulsarlo en 1927. Sino, también, por sus ideas, desfasadas y reactivas casi todas, y por su “estilo”, importante para entender qué se movía a principios del siglo xx en la isla. Agradeciendo que Bokeh, en su colección Mal de Archivo, acaba de sacar Ensayos sobre poética y política, la primera antología que se hace sobre su obra, desempolvamos el frac y nos sentamos a hablar con Gerardo Muñoz, ensayista y académico culpable de este libro.
En el prólogo a Ensayos sobre poética y política dices que Lamar Schweyer ha sido para los archivos cubanos “fantasmal e intermitente”, ¿por qué?
Creo que la figura de Lamar Schweyer la comprendemos mejor como una presencia fantasmal, puesto que nunca desaparece del todo ni llega a ser borrada de los archivos. Quizás debemos distinguir entre un olvido sin huella y una presencia fantasmal que aparece por momentos en negativo, esto es, como límite para dotar una postura de verosimilitud ideológica o política. En la figura fantasmal está implícita la idea del retorno de lo reprimido. De ahí la continua latencia de Lamar en el archivo cubano. Te doy un ejemplo: Alejo Carpentier en una conferencia sobre su itinerario intelectual, con mucha astucia llega a decir que Lamar Schweyer fue el gran traidor de un grupo de intelectuales radicales y militantes de la época, dada su defensa teórica de la dictadura de Machado en Biología de la democracia (1927). Pero luego, no dice mucho más. Sin embargo, la posición moral de Carpentier y su reconstrucción de ese tiempo es incomprensible sin esa operación de denegación. De este modo, se niega su presencia, pero el fantasma siempre define el espacio de “sentido” del que habla. Hay que decir también, que esa operación fantasmal tampoco desapareció de las historiografías oficiales posteriores a 1959. La denegación de una figura como LS se debe ante todo a sus posiciones políticas: fue defensor de la dictadura política para América Latina, promotor de un nietzscheanismo latino de las inteligencias y testigo existencial de la crisis del nacionalismo insular. Mi tesis, es que no llegaremos a comprender el sentido integral de la época si no somos capaces de establecer una relación con la figura de Lamar más allá de los tabiques ideológicos.
No deja de ser curioso, sin embargo, que su dictum en ese libro que mencionas: la dictadura es “la forma que mejor se ajusta a la composición psíquica del latino-americano”, haya tenido (por lo menos en el caso cubano) una realidad irónico-macabra, ¿no?
Sin duda, y no hay que olvidar que las posturas que se quieren hegemónicas siempre conducen a efectos “irónicos”, como dices. Me parece que tocas el vórtice esencial, puesto que lo más actual de una figura como Lamar es que nos devuelve lo que significa la absolutización de la política. El castrismo comparte esa absolutización no solo desde la forma dictatorial y unipersonal, sino también desde principios como los de unidad, sacrificio colectivo y convergencia entre un liderazgo fuerte y el cuerpo orgánico del Pueblo. Todo un cosmos político construido a partir de “principios irreformables”. Uno de los textos más interesantes que recoge la antología y que no se conocía hasta ahora es El héroe, publicado en una revista centroamericana en 1942, el mismo año que muere Lamar. Es una especie de testamento, ya que ahí defiende por última vez el sacrificio como la única postura realmente eficaz para redimir la nación de una crisis de unidad política. Una crisis que él ya había analizado in extenso en su libro La crisis del patriotismo (1927). No deja de ser curioso que la gran figura del martirio sacrificial para Lamar sea el mariscal paraguayo Francisco Solano López, tan bien reconstruido en la narrativa de Augusto Roa Bastos, quien llevó a su pueblo a una verdadera carnicería en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). No puedo dejar de pensar que Ernesto “Che” Guevara sería algo así como la repetición de esta figura en el siglo veinte: el guerrillero partisano que recoge el espíritu mortífero del militar paraguayo fomentando una stasis o guerra civil sacrificial latinoamericana sin tregua; guerra civil que siempre hipotecó la vida en nombre de la soberanía y sus absolutos políticos. Esta dimensión, que es todo lo opuesto al republicanismo y la división de poderes, puede efectuarse ya desde un internacionalismo revolucionario o desde una defensa reaccionaria administrada por élites portadoras de la razón latina, como quería Lamar. Quien, por cierto, también participó de cierto ‘internacionalismo’ latinoamericano, puesto que sus ideas encontraron recepción efectiva en las redes intelectuales de Chile, Colombia, Argentina, y Perú. Y hay que decir que esta forma estratégica de política de alianzas sigue definiendo, en buena medida, la geopolítica sacrificial latinoamericana. Lamar es un testigo temprano de esta especificidad política.
Una de las cosas que subrayas en este libro es la inactualidad de LS. ¿Crees que esta inactualidad ayuda a darle forma a su estilo literario?
Cuando hablo de ‘inactualidad’ en realidad estoy tomando distancia de cierto uso instrumental que busca hacer política desde su figura. Me parece que el agotamiento de la política hoy es tal que resulta muy naíf intentar algo así como ‘un rescate’ de Lamar. La crisis de la democracia contemporánea tampoco puede resolverse desde su disolución efectiva, como él proponía. Pero diría algo un poco más polémico: la literatura hoy también se encuentra completamente agotada, incapaz de renovación. De ahí que interese menos la literatura y mucho más cierta idea de escritura en un sentido fuerte del término. Esto quiere decir que no hay actualidad alguna de la vanguardia artística, aunque Lamar fuera uno de los primeros latinoamericanos en escribir sobre el futurismo italiano. Queda la escritura y la relación que cada escritor tiene con su lengua. Es en ese filo donde ningún experto o pedagogo tiene nada que decir. Por eso yo propongo, contra la apuesta política por un lado y el fetichismo cultural por otro, una entrada a través de la comprensión del estilo. Ya que es el estilo, como sabemos, lo que es siempre singular e irreducible a las demandas del momento. En Lamar ese estilo tuvo recorrido desde sus tempranos ensayos hasta su última novela, la interesantísima Vendaval en los cañaverales (1937), escrita entre New York y París.
¿Alguna otra figura, en su época, que pueda ser equiparada a Lamar Schweyer?
Buena pregunta, aunque pienso que deberían ser otros los que vengan a rellenar el catálogo. La posición de Lamar es interesante porque estuvo localizada en un interregnum, o sea, en un período de entreguerras. Sabemos que la Guerra Fría se convertirá en el eje central del campo intelectual latinoamericano, como lo estudia Rafael Rojas en su más reciente libro La polis literaria (2018). Con esto quiero decir que los estilos estuvieron determinados por posicionamientos geopolíticos: el Boom, por ejemplo, fue último gran experimento de la escritura regional criolla. En el cono sur, hubo figuras que por momentos lograron fisurar este molde: pienso en Ezequiel Martínez Estrada, quien pasó de un interesante ensayismo criollo a un antiperonismo crítico, para luego desembocar en la revolución cubana a la que leyó bajo el rarísimo signo de la utopía de Tomás Moro. Su narrativa, como las dos novelas de Lamar, no deja de ser menos interesante, ya que desentraña los lugares comunes de la época. Otra similitud con Lamar: Martínez Estrada fue otro de los pocos latinoamericanos que escribió sobre Nietzsche. En el mosaico de los “reaccionarios latinoamericanos”, no hay que olvidar al colombiano Silvio Villegas, quien además de redactar opúsculos para legitimar a la derecha colombiana durante los treinta (antioqueño y fuerte opositor del liberalismo de Gaitán), se interesó por la genialidad del gran escritor alemán Goethe, al punto de escribir el curioso ensayo La imitación de Goethe (1941).
¿Qué “cocinas” ahora?
Está por salir el último número de la revista Papel Máquina que he editado sobre el pensador italiano Giorgio Agamben. Agamben tiene un punto de contacto interesante con Lamar Schweyer en la cuestión de una política basada en el “espacio latino mediterráneo”. Y también estoy trabajando, junto con un colega, en un libro colectivo sobre el soberanismo catalán y la crisis territorial en España. A más largo plazo, un proyecto sobre la revolución cubana como stasis o guerra civil. Pero esto me llevará más tiempo.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de julio de 2018, 1:45 p. m..