Artes y Letras

Manuel Pereira: “En el exilio no hay casa propia. Uno vive como el cangrejo ermitaño”

El escritor Manuel Pereira.
El escritor Manuel Pereira. Foto de cortesía

La Estrella Perro, del escritor Manuel Pereira, acaba de ser publicada por la editorial mexicana Textofilia y continúa un ciclo empezado por él en un libro anterior, Mataperros. Pereira nos responde a unas preguntas sobre este suceso.

Aunque confiesas que Mataperros es un libro de relatos y La Estrella Perro una novela, no logro ver la diferencia en cuanto a género narrativo, aunque en ambas el protagonista, Joaquín Iznaga, encara el dilema que expresas: “Sin saberlo ni quererlo había nacido en una trampa, atrapado en la desgarradora dinámica entre lo colectivo y lo individual”. ¿Sería acertado suponer que este conflicto es también el tuyo?

Mis obras no son tan autobiográficas como algunos piensan. Son ficciones con ciertos ingredientes biográficos, a partir de los cuales reinvento la realidad conservada en la memoria, o las historias de otros. Mi memoria forma parte de una memoria colectiva generacional. En cuanto a la confusión de los géneros literarios, lo importante es que el texto fluya sin aburrir a los lectores, y que los dos libros se puedan leer como unidades independientes. ¿Homero escribió un par de poemas o un par de novelas? Ese afán de liberarse de la camisa de fuerza de las taxonomías, ya lo vemos en 1500 con La Celestina. ¿Qué es eso: teatro o novela? En 1842, el francés Aloysius Bertrand inventó el poema en prosa. En 1851 Melville introduce en Moby Dick cápsulas ensayísticas sobre los diversos tipos de ballenas. ¿Y qué decir de los cuentos ensayísticos de Jorge Luis Borges? ¿Quién dijo que Los viajes de Gulliver, de Swift, es literatura infantil? Ezra Pound mezcla en su poesía mitología clásica con filosofía de Confucio y teorías económicas. La lista pudiera seguir.

En los capítulos donde el personaje se aventura en las ciencias ocultas, creo ver un guiño desde la posteridad a Lydia Cabrera, estudiosa de la sociedad abakuá. Estas inquietudes mágicas de Joaquín se congelan cuando la vida cambia abruptamente y lo convierten en el recluta 231. ¿Simbólicamente pudiera leerse esto como una degradación de los caminos de conocimiento a la llegada de la revolución?

Por supuesto que es un homenaje a Lydia Cabrera. También tuve la suerte de criarme en un solar y tener por vecina a la sobrina nieta del violinista Brindis de Salas, quien bailaba para mí con sus collares, cuando mi madre estaba ausente. Crecí viendo sus altares, las velas, el Elegguá detrás de la puerta, y oyendo músicas afrocubanas. También están las primeras lecturas de Julio Verne, la perrita Laika en órbita y la visita a Cuba del cosmonauta Yuri Gagarin. Ahí todo se entrelaza: magia, poesía oral, tambores, esoterismo, ciencia, astronomía, tecnología espacial, lecturas de ciencia-ficción, la Guerra Fría...

La escritora Wendy Guerra, ha dicho que el cuerpo es el único espacio de libertad que tienen los cubanos. En La Estrella Perro parece ser el libertinaje lo que va ganando terreno. ¿Cómo lo ves, libertad o libertinaje?

37407787_1792239044199251_3881574546276352000_n.jpg

Ella tiene razón, aunque no es sólo sexo, también es música y danzas. En uno de mis capítulos (“Naricita fría”) una pareja de novios bailan “casino” toqueteándose hasta la fatiga y el hambre. Ahí hay sensualidad. Sin embargo, ese nunca ha sido mi fuerte, siempre me ha interesado más la dimensión poético-espiritual-intelectual de la cubanidad, una zona abismal que he procurado explorar a lo largo de ocho novelas y tres libros de ensayos.

Eres un hombre intrínsecamente de la Habana Vieja; allí tuviste tu último reducto en ese llamado solar de los intelectuales, donde dejaste libros, ensueños y fantasmas. ¿Crees que en el exilio el forastero llega a encontrar una casa a la que pueda llamar propia?

En el exilio no hay casa propia. Uno vive como el cangrejo ermitaño. Vista desde un satélite en órbita, nuestra diáspora semeja un gigantesco exoesqueleto muerto que se extiende desde Norteamérica y Canadá, pasando por Latinoamérica, hasta llegar a Europa... Cambiamos de caracol con bastante frecuencia, todos los exiliados somos macaos. Por otra parte, no creo que los fantasmas que deambulan por esos rincones de La Habana Vieja sean el de mi madre, el de mi abuela y el de mi padre. Desde hace mucho soy un fantasma trotamundos desvaneciéndose en un mundo que es ancho, pero no tan ajeno.

Has sido y eres traductor, profesor, ensayista, pintor, has dado clases de creación literaria en 1996 en un correccional en Mallorca, ¿crees que la cultura, la transmisión de un saber, nos salva del desatino humano?

Lamentablemente, no creo que la cultura nos salve por completo del “desatino humano”. La cultura eleva a algunos, alivia a otros y... enfurece a muchos, sobre todo a los burócratas. No hay que confundir educación con cultura, son actividades complementarias, pero no idénticas. Yo fui alfabetizador a los doce años y cuando entré en aquella cárcel española, sentí que volvía a serlo. También sentí que me reencontraba con los mataperros de mi infancia. Yo les hablaba de Proust y de Poe, y ellos atendían curiosos. Cumplían todas las tareas, escribían cuentos, poemas, me hacían preguntas, entre ellos a veces estallaba una discusión con malas palabras que pronto se extinguía... Cuando terminó aquel taller literario, organizaron en mi honor una fiesta-sorpresa. Habían desplegado en los barrotes un cartel con la frase más bella que me han dedicado en mi larga vida magisterial: NUESTROS ÚNICOS DÍAS DE LIBERTAD FUERON SUS CLASES.

  Comentarios