Artes y Letras

‘La mujer del cuadro’, ambientada en New Jersey con conexiones a Cuba

Elvira de las Casas
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Sin duda, una de las características en la prosa de la escritora cubana Elvira de las Casas (Cienfuegos, 1955) es su habilidad para plantear desde las primeras páginas, incluso desde el propio título, la premisa de su libro y conseguir mantener el interés y la atención del lector a lo largo de texto.

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En su más reciente novela, La mujer del cuadro, publicada por la Editorial Silueta, al parecer este mismo año 2018, se asume apenas comenzada la lectura, que el eje de la trama lo será un cuadro. Unas pocas páginas más adelante, el lector ya sabe que no hay que imaginárselo, pues es la pieza que aparece en la portada del libro. Entonces, qué hace que la narración se imponga, que siga siendo atrayente y cautivadora; pues las historias paralelas que conforman un tejido repleto de sutilezas, misterios, curiosidades, detalles que intrigan más que el cuadro mismo y su significación.

En sus dos novelas anteriores, Doce mensajes a Hércules y La cruz de bronce, se parte de situaciones semejantes. En la primera, el tema central es encontrar a un espía. Se inventa un pueblo, se recrea un sórdido mundo de confabulaciones, mientras se intenta saber quién le proporciona los mensajes a Hércules. En La Cruz de bronce, hay que encontrar esta alhaja de gran valor sentimental que ha estado perdida por siglos. En su nueva entrega el asunto es hallar al autor y la modelo del misterioso cuadro. Por lo tanto se podría concluir que en las novelas de De las Casas, siempre se está en la búsqueda de algo, y quizás sin proponérselo la autora ha creado una trilogía.

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No se trata de novelas de espionaje o policiacas. Son textos colmados de belleza, elegancia, buen gusto, más bien libros que encierran, como casi todo lo importante, una historia de amor. Vale destacar que la novela Doce mensajes a Hércules transcurre, como ya se apuntó, en un imaginario pueblo, pero perfectamente localizable en Cuba. En La Cruz de Bronce, se viaja de Europa a Cuba, mientras que La mujer del cuadro, está ambientada en New Jersey, con conexiones a Cuba. De manera que sus textos se interrelacionan de algún modo con el contexto cubano.

Elvira de las Casas es una de las más notables narradoras cubanas. Su prosa fluye con naturalidad, las oraciones se proyectan en una dirección y la trama crece, y se perfecciona con el lenguaje, hasta detenerse en el punto que consolida la idea, el punto al que se desea llegar. Son textos inteligentes, expresivos, clásicos en su forma, que toman distancia de técnicas y esnobismos. Aun así, el manejo de los viajes en el tiempo y los episodios que propone la autora en distintas épocas y escenarios, le imprimen a sus textos, al menos en estas tres novelas, un ritmo contemporáneo.

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En La mujer del cuadro, Sonia, una periodista se muda por asuntos de trabajo a Leonia, en el estado de New Jersey, una pequeña y pintoresca ciudad fundada por holandeses a orillas del río Hudson, que permite una vista espectacular de Nueva York. Allí se establece por ser más batato y tranquilo para vivir. Ella con su amiga Carmen caminan por los alrededores buscando ventas de garaje. En una de ellas, encuentran un enigmático cuadro de una hermosa y voluptuosa mujer, que resulta ser una cubana y del autor, cuya firma está muy difusa, se logra saber que es parte de una de las familias más antiguas del pueblo.

A partir del hallazgo de la pieza, comienza una pesquisa por establecer vínculos y conexiones. Todo es tan rico y con tantos matices que Sonia se plantea escribir un artículo para la revista para la que trabaja. Eso la lleva a búsquedas más profundas, que incluso se remontan a la guerra hispanocubanoamericana.

Cada personaje tiene vida propia, se crece y se hace sentir muy presente, pues todos están concebidos con mucha precisión narrativa. Algunos son simples, casi de paso, circunstanciales, pero de peso, como el vecino que le brinda su auto. Otros son vigorosos y llenos de sueños y proyectos como el profesor Ernest G., una suerte de astrónomo, hombre culto y conocedor, al igual que los miembros de la familia Van Hausen, descendientes de los emigrantes que fundaron Leonia.

De las Casas nos entrega personajes de ficción dotados de tanta brillantez, que los sentimos a nuestro lado y nos identificamos con ellos. Eso es parte de la magia de un escritor, lograr protagonistas más que creíbles, intensamente vivos, y así están en estas páginas magníficamente escritas.

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