Esculturas de Louise Bourgeois en el ICA Miami
Louise Bourgeois (París, 1911- Nueva York, 2010) quería ser matemática. Se matriculó en la Sorbona, convencida de que el mundo matemático se regía por formulas absolutas, que no eran moldeable a la voluntad como sí sucede en el humano. Sin embargo, la muerte de su madre en 1932 le cambió el rumbo para dedicarse al arte. En esos años comenzó entonces a pintar y a esculpir, pero durante sus estudios iniciales Fernand Léger, figura clave de la vanguardia, observó que ella era más escultora que pintora. Y aunque en su dilatada vida artística no dejó de pintar y dibujar, (de hecho se da a conocer en Estados Unidos con exposiciones de pintura a finales de la década de 1940), fue en la escultura donde produjo una de las obras más personales del arte contemporáneo en la segunda mitad del siglo XX. Personal en doble sentido. De un lado, por la pronunciada distintividad poética que adquieren las imágenes de sus obras, misteriosas y a menudo desoladoras. Del otro, por la manera original en que tradujo a formas renovadoras del lenguaje artístico las obsesiones, los miedos, las pasiones y los defectos del alma humana.
La actual muestra Louise Bourgeois en el ICA Miami, curada por Stephanie Seidel, contempla un conjunto de esculturas realizadas a partir de un abrigo de piel rosa que, a finales de la década de 1990, le entregara su galerista Robert Miller. Bourgeois desarmó el abrigo y con las piezas cortó y cosió siete cabezas, cuatro de las cuales conforman el núcleo de esta exposición. Ademas de estas cuatro esculturas, se incluye la instalación Couple, 2002.
Para la artista, cada una de estas cabezas representaban estados emocionales, enfatizados por medio de las cualidades materiales de la tela y también por sus proyecciones sensoriales. Y, desde luego, es perceptible la fuerza emocional que transmiten estas esculturas cuando nos enfrentamos a ellas. Porque cada una de ellas juega con expresiones, con gestos que marcan la apariencia del rostro en situaciones de convulsividad psicológica. Todas las esculturas describen actos de comunicación donde, por ejemplo, según el ángulo de apertura de la boca, se habilitan diferentes intensidades de expresión psíquicas. Es así como una cabeza con la boca pronunciadamente abierta, parece gritar; no lo escuchamos pero sí lo imaginamos hasta ver que ese grito ha eclipsado completamente el rostro, amarrando sus facciones, dejándolo en los límites entre lo humano y lo animal. En otras esculturas, la apertura de la boca es más tenue, el ceño fruncido y las mandíbulas escoradas hacia un lado auscultan la expresión de estados anímicos.
Es inevitable sentir el impacto, la carga anímica y psicológica cuajada en estos rostros. Son rostros de piel aterciopelada, que mueven a tocarlos por la sabida calidez del material. Pero esa calidez es precisamente el vehículo que sirve para congelar expresiones sobrecogedoras que nos atraviesan con sus miradas. Se tiene la sensación de que por encima de todo, incluso con los ojos tapados, nos miran, como si quisieran exorcisar los fantasmas que les atormentan.
En Couple, asoma una preocupación muy presente en la obra de Louise Bourgeois, su reflexión sobre las pasiones y miserias humanas, desde la perspectiva de la relación hombre mujer. Es una pareja suspendida en el aire que se abraza pero no se mira. Cuerpos embutidos en material rugoso, remarcando sus formas por costuras firmes y puntadas gruesas, que revelan el oficio de la artista en la tienda de tapices de su padre. Ese padre al que odió tan intensamente como adoró a su madre, por su espíritu dictatorial y sus continuas infidelidades y traiciones.
Se ha hablado mucho del trasfondo psicoanalítico de la obra de Bourgeois echando mano de su biografía. Por ejemplo, como apunta Philip Larratt-Smith, la artista comenzó a psicoanalizarse en 1951 con el Dr. Leonard Cammer, el mismo año que muere su padre. También, desde esos años, lo hizo con Herry Lowenfeld, discípulo de Freud, hasta entrado los años 1980. De fondo está la profunda aversión que tuvo hacia su padre. Sí hay un fuerte componente freudiano en su obra, y esta serie de cabezas son un claro ejemplo. En ellas reconocemos unos rostros que tienen tanto de real como de imaginario, de sueño como de vigilia. Tienen algo que aún visible (y reconocible) oculta revelaciones insondables y, psicologicamente desequilibrantes. Es en esta tensión donde emerge lo que Freud describe como un sentimiento de lo siniestro. Un sentimiento que él relaciona con el despertar de una angustia infantil, vinculada al mundo familiar, que ha sido enajenada por medio de la represión, cuyos ecos se repiten compulsivamente en la actualidad. Y la iconografía en la obra de la artista (celdas, camas, guillotinas, cuerpos en suspensión…), hablan simbólicamente de ello. Pero también la obra de Bourgeois, sobre todo la escultura, como evidenció su presencia en la antológica exposición La Abstracción Excéntrica (Nue3va York, 1966) curada por Lucy R. Lippard, es una repuesta a la repetición, a lo modular, al objeto por el objeto, que el minimalismo -y también el pop- habían impuesto en el circuito artístico de los años 1960. Frente a ello Louise Bourgeois, como también su contemporánea Eva Hesse, van a otra materialidad de las obras. Más cálida y sesualista, como el látex, la tela, el vinilo, sacos, cuerdas, que buscan una comunicacion sensitiva con el espectador. Y en ese sensualismo, ponen en el centro de la reflexión artística el mundo inaprensible de lo humano.
Louise Bourgeois en el ICA Miami. 61 NE 41st Street. Hasta el 6 de Enero, 2019.www.icamiami.org
Dennys Matos es crítico de arte y curador independiente. Reside y trabaja entre Miami y Madrid.