Artes y Letras

Friol contra los cincuenta. Entrevista a Ibrahim Hernández Oramas

Ibrahim Hernández Oramas
Ibrahim Hernández Oramas

Ninguneado, apartado, no antologado… el mundo de Roberto Friol (Premio Nacional de Literatura 1998) parece haber sido diseñado para todo tipo de desgracias; tal y como era evidente para algunos de los que lo conocimos, y tal y como se hace evidente en su poesía, en su “descalabro”. Para entender mejor todo esto, converso vía cloud con Ibrahim Hernández Oramas, quien acaba de editar por Rialta editorial Casa no sitiada por la luz (2018), antología que contiene gran parte de la obra del autor de Alción al fuego más un acertado prólogo.

Una de las cosas que sorprende de la voluminosa antología de Suardíaz y Chericián, ‘La generación de los años 50’, es la ausencia de Roberto Friol, uno de los poetas más singulares de su tiempo. ¿A qué crees responde esto?

Publicada en saludo al 25 aniversario de la revolución, la antología de la generación de los cincuenta es uno de los textos más infestados de ideología que la historia de la literatura cubana recuerde. A mí siempre me ha parecido una suerte de montaje generacional, de entelequia: un libro de ocasión con una carga de oportunismo notable. En el prólogo, escrito por Eduardo López Morales, se elogiaba el incremento de la producción artística en las provincias (como si de una cosecha de papas se tratara), se enfatizaba la correlación dialéctica entre nueva técnica y espíritu nuevo (cualquier cosa que esto signifique), se subrayaba la pertenencia de los poetas al pueblo trabajador y uniformado, se empalmaba, a fin de cuentas, vanguardia política y vanguardia literaria. El tono de la antología debe ser leído en relación a sus intertextos: la diatriba El socialismo y el hombre en Cuba y, en general, toda la atmósfera antiintelectual de la época. Leída en estos términos, La generación de los años cincuenta puede considerarse una especie de tributo al poder, de expiación de ese pecado original, una capitulación en toda regla.

Friol comenta que la enemistad de uno de los antologadores le valió la exclusión, pero, ese mismo carácter reconcentrado y, como tú dices, singular, de su obra, esa relación oblicua y de vínculos que no se pueden atajar en la superficie tanto con Orígenes como con la generación de los cincuenta, hacen de su poética algo muy difícil de sistematizar, de asimilar a la norma, y más si se trata de asimilarse al tipo de operación ideológica y de legitimación que pretendían los autores de la antología. Esta es una cuestión que analizo con detenimiento en el libro.

Esa exclusión le debe haber parecido a Friol un gesto más de esa indiferencia con que la industria editorial y la maquinaria ideológica del campo intelectual premiaban su obra. Hay que tener en cuenta que, luego de su primer cuaderno, Alción al fuego, publicado en 1968, pese a que se mantiene escribiendo y enviando manuscritos durante todo ese tiempo, Friol no ve publicado libro suyo en Cuba hasta 1988, cuatro años después de que apareciese esta antología.Visto con cierto cinismo retrospectivo, aunque fueron años de su vida muy complicados, ese ostracismo puede haberle salvado de participar de la adscripción y el entusiasmo que tan magros resultados transpiró en la escritura de sus contemporáneos. Al menos sí se libró, con seguridad, de figurar en la que puede ser la reunión más insulsa de poetas y poemas cubanos: una antología que incluye los poemas adolescentes de algunos mártires de la lucha contra Batista, los poemas infames del funcionario Luis Pavón (junto a, por cierto, los poemas de algunos de los damnificados por su labor de funcionario), los poemas mediocres de poetas mediocres como Alberto Rocasolano, Domingo Alfonso, Carilda Oliver o César López, etc. Una antología que recoge, además, los momentos más bochornosos de algunos poetas que tuvieron luego momentos mucho más atendibles. Recuerdo, por ejemplo, un poema de Rafael Alcides que equiparaba la idea de soledad y ausencia del amante con la imagen de un blúmer rosado abandonado dentro de un escaparate.

En un ensayo Roberto Méndez traza una lectura origenista de la poesía de Friol (lectura que discutes en tu introducción). ¿Cuáles son exactamente los ingredientes que en la obra de Friol niegan esta mirada?

Para Roberto Méndez, el valor de la obra de Friol se encuentra en lo que identifica como núcleo de su poética: la afirmación esplendente de la trascendencia y la confianza en una reconciliación ultraterrena. Su análisis, que celebra esa supuesta marca de un origenismo vitieriano en Friol, es bastante parcial porque ignora la fuerza negativa de duda, recelo y asimilación de la nada que está presente en los mejores momentos de esta escritura. En términos ideológicos, intenta hacer con Friol algo similar al tipo de operación de limpieza que Vitier se propusiera hacer con Ballagas. Es por esto que, en todo momento, Méndez deja muy claro que el valor de la obra de Friol es, sobre todo, valor de epígono. Claro, como no le interesa dar cuenta de ningún desvío o transgresión de esa tradición místico-cristiana, laudatoria y armoniosa, que defiende, su visión con respecto a Friol es la de una escritura secundaria y desconflictuada.

Si para Méndez, Roberto Friol es un epígono de Orígenes, en el otro extremo del arco, para Teresa Fernández, autora de un panfleto sociológico sobre la generación de los cincuenta, que ganó un Premio David en 1986 y hoy está justamente olvidado, Friol no es otra cosa que un “epigonal del grupo Orígenes”. Si algo demuestra, en críticos tan dispares, esta coincidencia de criterios, es que la poética Friol resulta refractaria a las síntesis ideológicas.

¿Y su conexión con Lezama Lima ―origenista y católico― entonces por dónde venía?

Una de las tesis de mi lectura de Friol tiene que ver con el desvío creativo (Bloom) de esta escritura con respecto a la tradición de la poesía cubana y, específicamente, al momento origenista de esa tradición. Leo su obra como negación y desvío con respecto a Orígenes. Ese desvío implica un movimiento correctivo que pasa, a su vez, inevitablemente por una reducción del tropo origenista. En el estudio introductorio de Casa no sitiada por la luz me dedico a explicar detalladamente en qué consiste este desvío y esta reducción y cuáles son los modos de contigüidad de la obra de Friol con relación a sus contemporáneos.

Además, en una de las secciones de este mismo estudio introductorio, me ocupo de leer la reducción órfica en la obra de Friol, a partir del uso del arquetipo en algunos de sus poemas y de cómo estos entran en relación con el orfismo barroco de cierta zona de la obra de Lezama Lima. Dicho así, suena a lectura un tanto delirante y, en cierta medida, puede que lo sea, pero me interesaba explorar cómo funcionan en ambas obras la representación del génesis órfico y la relectura de la tradición romántico simbolista.

Por demás, en la tradición cubana, todo poeta posorigenista, de Escardó a Oscar Cruz, de Sánchez Mejías a Pablo de Cuba, traba –ya sea para releer, abrasar, olvidar o gestionar su revival– relación indefectiblemente con el tropo origenista. Orígenes es aún para muchas escrituras una presencia que escuece.

¿Existen en la isla otros escritores en su tiempo o a posteriori con un imaginario similar al de Friol? ¿Cómo sobrevive un “órfico” en un país como Cuba tan atravesado por los ideologemas?

No hay en la generación de los cincuenta nada parecido a Friol, aunque sí algunas poéticas con rasgos de parentesco: Francisco de Oraá, Rolando Escardó, Cleva Solís… Friol escribe en un lenguaje particular donde cada enunciado arquetípico esconde significaciones muy determinadas y cada inflexión forma parte de un entramado de variaciones altamente codificadas. Su escritura, como decía, se reconcentra en un puñado de obsesiones minuciosas, en pocos motivos que son versionados hasta la saciedad –a veces sólo basta con cambiar una palabra o un giro.

De los poetas posteriores, tampoco hay nada que se le parezca, aunque, con la misma obsesión por versionar un motivo, por rumiar una inflexión que se repite, podría citar a dos, a su vez distintos entre sí: Juan Carlos Flores y Ramón Hondal.

Sobre lo segundo que me preguntas, puedo decirte poco. Sé que tuvo una vida desdichada, que quedó marcado por un accidente que le desfiguró el rostro, que vivió de su puesto de investigador en la Biblioteca Nacional, que padeció, en la vejez, la pobreza extrema. Me han contado también que, debido a sus muchas frustraciones y resentimientos, fue una persona de trato difícil. Dicho esto con la menor intención de que suene determinista.

Circulan por ahí algunas historias. Ricardo Hernández Otero me comentó que, en una ocasión, se lo encontró hurgando en un contenedor de basura, que Friol notó su presencia, masculló un saludo y, a partir de ese incidente, nunca más le dirigió la palabra. Se dice también que, en medio de la desesperación, durante los peores momentos del así llamado Período Especial, quemó el manuscrito de un estudio definitivo sobre Cirilo Villaverde al que había dedicado varios años. Aunque no sé si será verdad, también me han dicho que, preocupado por su situación económica, Cintio Vitier intercedió para que le otorgaran el Premio Nacional de Literatura en 1998.

Pese a la indiferencia y, muchas veces, a la hostilidad de sus contemporáneos, nunca desistió de su compromiso con la escritura. Ese convencimiento en el valor del trabajo propio siempre me ha parecido admirable.

¿Se lee aún a Roberto Friol en Cuba?

Tengo la impresión de que Friol ha sido siempre un poeta para algunos pocos lectores y me parece que con eso es suficiente. Fue leído por algunos de sus contemporáneos. Fue leído por Vitier, García-Marruz, Eliseo Diego y compañía. Fue leído y antologado por Enrique Saínz y Jorge Luis Arcos. Fue leído por los poetas cercanos a Diáspora(s) y a la azotea de Reina María Rodríguez, como lo prueba el ejemplar ensayo de Gerardo Fernández Fe “Roberto Friol o la torpeza de Frater Taciturnus”, que rescatamos hace poco en el magazine de Rialta.

El libro en cuestión, que nos ha servido de motivo para esta entrevista, creo que es una prueba de que aún se lee. Espero y ayude a conectar la obra de Friol con nuevos lectores.

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