Artes y Letras

Armando Lucas Correa habla sobre ‘La hija olvidada’

Armando Lucas Correa.
Armando Lucas Correa.

Se habla con frecuencia de lo ganado pero muy poco de lo perdido. La ausencia es el secreto que quema por dentro. Durante décadas Elise Duval, emigrada francesa que llegó a Nueva York al finalizar la Segunda Guerra Mundial y protagonista de La hija olvidada (Atria Español), la nueva novela del escritor y periodista Armando Lucas Correa (Guantánamo, 1959), trató de resguardar un pasado de infinita tristeza.

La visita de un desconocido amenaza con derribar el cerco interior que pacientemente forjó Elise a lo largo de su exilio. Cuando descubre que el motivo del encuentro son cartas, viejos documentos escritos en alemán con el remitente de Cuba, la anciana comprende que las cartas que no se leen acaso sean las más dolorosas.

Basada en los hechos reales que acontecieron en un pueblo francés durante la ocupación nazi en 1944, La hija olvidada es parte de una trilogía que comenzó con La niña alemana (2016), el debut como novelista de Correa que se volvió un bestseller instantáneo y fue traducido a varios idiomas.

La hija olvidada ahonda en una serie de temas, tanto afectivos y políticos, de la historia reciente. ¿Cómo se planteó el trabajo de esta nueva obra?

Ya sabemos que la historia se repite a sí misma. No aprendemos, nos cuesta mucho trabajo mirar hacia atrás. Tanto como en La niña alemana, como en La hija olvidada o La viajera nocturna —la última novela de la trilogía—, me concentro en sucesos históricos escamoteados, olvidados, aquellos de los que preferimos dejar a un lado. En La hija olvidada voy hasta un pequeño pueblo en el sur de Francia que, en el 10 de junio de 1940, los nazis obligaron a sus habitantes a concentrarse en una plaza. A los hombres los fusilaron, a las mujeres y los niños los encerraron en la iglesia y los quemaron vivos. Estamos hablando de 642 personas. Intentaron borrar el pueblo de la faz de la tierra. Hoy, esas ruinas, son un memorial. De lo que no se habla mucho es que los nazis iban acompañados de soldados franceses.

Amanda Sternberg toma una decisión que muchos no podrían fácilmente entender.

En situaciones críticas el ser humano responde de una manera que, si nos ponemos a razonar sería imposible de entender. Soy padre de tres hijos y sé que una de mis funciones es protegerlos, cuidarlos. ¿Abandonarlos? No creo que podría aunque eso implique una salvación. Pero no soy Amanda, nunca he estado en medio de una guerra, de una amenaza de exterminio masivo. Siempre quise ser padre, pero estaba convencido que en Cuba yo no iba a tener a mis hijos.

Hay autores que suelen enamorarse de sus personajes. ¿Cuál ha sido su relación con ellos a lo largo de la novela?

Uno cohabita con los personajes por mucho tiempo, a veces demasiado. Llega un momento que uno no sabe quién guía a quién. A veces hasta yo mismo me sorprendía de las salidas, de las respuestas de alguno de ellos, como si no me pertenecieran, no los hubiese creado. Yo tengo más aprehensión por los personajes pequeños, aquellos que aparecen y desparecen, que son fantasmas, que viven en la memoria. Por ejemplo, Julius Sternberg, el padre cardiólogo, es muy especial para mí, con esa obsesión por contar los latidos del corazón de sus hijas pequeñas.

En su anterior obra como en La hija olvidada aborda el nazismo desde una perspectiva poco usual. ¿Qué lo motiva a tratar el tema?

Con La niña alemana estuve concentrado en la tragedia del Saint Louis, el rechazo de más de 900 refugiados judíos por parte de los gobiernos de Cuba, Estados Unidos y Canadá en pleno nazismo. Mi abuela estaba embarazada de mi mamá cuando el barco llegó a La Habana y a la semana fue obligado a salir de las aguas territoriales de Cuba. Mi investigación durante décadas me llevó a otras historias también desconocidas. Es fácil decir que Hitler mató a más de 6 millones de judíos, pero decir que muchos países hicieron oídos sordos, algunos hasta fueron cómplices de la matanza, nos cuesta trabajo, nos avergüenza. Abordo esas historias desde la perspectiva de un niño o de una madre o de una familia, desde los puntos más débiles. Nunca deja de sorprenderme hasta dónde es capaz de llegar el ser humano.

El personaje de Elise Duval se plantea que para sobrevivir precisamente, ha tomado una vida prestada o, en todo caso, que las circunstancias de la historia le dieron otro destino. El cuestionamiento sirve para todo inmigrante. Si Armando Lucas Correa se hubiese quedado en La Habana, ¿cómo hubiera sido su vida?

No hay nada más claustrofóbico que vivir en una isla bajo el comunismo. Los cubanos de mi generación decíamos, en broma y también en serio, que teníamos el síndrome de Marco Polo. Todos queríamos viajar, huir. No tenía otra opción, tenía que salir, no me podía dejar vencer. Si me hubiese quedado creo que hubiese creado una isla dentro de otra isla. Me hubiera condenado a mi espacio cerrado, a mi casa, a mi habitación. La claustrofobia se cura o se controla con claustrofobia, hubiese sido una especie de vacuna para hacerme inmune al desastre.

En la biblioteca de Amanda hay poemas de Mayakovski, novelas de Joyce, Hugo, Lewis, entre otros clásicos. ¿Qué libros se pueden hallar en la suya?

Ando con los clásicos a cuesta, que casi leí todos en mi época universitaria. Después vienen mis lecturas ochentosas: Yourcenar, Kundera... Ahora en mi mesa de noche tengo a Samanta Schweblin, Ricardo Piglia, Joan Didion y Serotonina, la nueva novela de Michele Houellebecq. Pero te puedes encontrar los seis tomos de Mi lucha de Karl Ove Knausgård, las dos novelas de Celeste Ng o Woman in the Window del mitómano A.J. Finn, un libro que leí por tratar de entender por qué la editorial pagó por la novela 2 millones de dólares.

Desde hace muchos años vive en este país. ¿Qué ha prendido de la sociedad norteamericana?

Crecí en un país donde la individualidad está aniquilada, todos estamos condenados a la masa. Vas a la escuela que te mandan, te gradúas y te ubican en un trabajo. Todo pertenece al gobierno, la propiedad privada es una fantasía. Llegar a Estados Unidos y recuperar al individuo, crear tu propio espacio, batallar por lo tuyo, hacer una carrera, construir y guiar tu propio destino, reinventarte todas las veces que quieres y trabajar por tus sueños, es lo más preciado de esta sociedad.

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