Miquel Barceló: entre la angustia y el deseo
Aunque el artista Miquel Barceló (Mallorca, 1957) utiliza la angustia y el sufrimiento como herramientas para alumbrar su obra acuática y luminosa, su auténtico embrión creativo reside en “una especie de pulsión muy sexual hacia las cosas”.
“No tengo recuerdo de mi vida antes del sexo. El sexo es parte integral de mi vida desde siempre. Fui un niño precoz en ese sentido y seguramente soy muy retrasado en muchas otras. Tampoco es algo de lo que me guste hablar, lo dejo para los psicoanalistas, si todavía hay...”, desliza en una entrevista el creador en su estudio parisino del barrio de Le Marais.
EL PODER DE LA ANGUSTIA Y EL DESEO
El espacio donde trabaja durante sus largas estancias en la capital francesa es un amplio y céntrico inmueble que Barceló ha llenado de animales disecados, libros, mapas y otros “objetos maravillosos”. Allí vive y crea el balear, cuando no está en su estudio de Mallorca o de viaje por latitudes improbables.
“La angustia es una de las cosas que hacen que uno haga obra nueva. Pero no creo que me mueva solo la angustia, ni mucho menos. Me suele mover más el deseo, una especie de pulsión muy sexual hacia las cosas. Pero la angustia está ahí”, comenta el el artista plástico español vivo más cotizado el mundo.
El pintor llega a su estudio con aires de obrero metalúrgico, con camiseta azul y pantalón de faena oscuro. Viene del Museo Picasso, cuenta, donde prepara una gran exposición que se inaugurará antes de que finalice el año. Barceló, tantas veces pionero en más de tres décadas de carrera, se convertirá ahora en el primer artista al que le dedique una retrospectiva el templo parisino del maestro cubista.
“Hay que ser el último en morirse”, bromea el creador que convirtió en una cueva de pintura la sala de conferencias de la ONU en Ginebra o que redecoró con motivos submarinos la capilla de San Pedro de la Catedral de Palma de Mallorca.
La exposición en el Museo Picasso coincidirá, además, con una muestra sobre los grabados de Barceló que se instalará simultáneamente en la Biblioteca Nacional de Francia (Bnf). El dúo retrospectivo llegará acompañado de “tres o cuatro” performances –estilo Pasodoble que protagonizó con el coreógrafo Josef Nadj– para unas “1,500 personas”.
El mallorquín postula así a convertirse en uno de los artistas más comentados el año próximo en París.
“Vimos que era mejor hacerlas juntas que por separado porque requiere mucho esfuerzo. Es mejor hacer un solo catálogo... La coyuntura económica, en los museos como en todas partes, ha bajado mucho. Funciona mejor hacer una sola exposición en dos lugares. Son exposiciones complejas. Una es con Picasso que, para mí, no es un artista cualquiera”, dice sobre una “confrontación” artística con el genio cubista que espera resulte “fértil”.
CREADOR PROLÍFICO
La palabra “fértil” adquiere un cariz particular cuando la pronuncia Miquel Barceló, un creador prolífico donde los haya.
Empezó interesándose por el posmodernismo en Barcelona y Nueva York, allá por los setenta, y terminó acercándose a la corriente matérica que surgió en Francia con la popularización del Art Brut, a través de Jean Dubuffet y que tuvo en Antoni Tapies (1923-2012) a su máximo representante en España.
Después se encontró con Mali y, durante casi un cuarto de siglo, convirtió esa tierra africana en su tercer hogar, junto a París y Mallorca, hasta volvió un lugar proscrito su amado país dogón, allí donde aprendió a tomar perspectiva, donde invitó a las termitas a colaborar en sus cuadros y donde empezó a quemar los lienzos descartados como “sacrificio”.
Algo de todo ello hay en Barceló, pero los historiadores del arte tienen problemas para encajarle en un movimiento matérico que, por edad, no le corresponde, y tampoco logran ubicarle las politizadas corrientes que predominan en la creación contemporánea. Barceló flota –entre laureles– pero no está en ningún sitio.
“Seguramente es verdad. Empecé muy joven y formé parte del posmodernismo: mis cuadros de bibliotecas, de pintor en el taller, de interiores de museo... Esto se acabó, no sé en qué momento, antes de fin de siglo”, rememora.
Después se instaló en el mundo del arte “una especie de historicismo” que le resulta “kitch, muy parecido a lo que era el arte pompier en Francia en el siglo XIX, un arte académico, técnicamente perfecto sin jamás ningún gesto manual”.
“Nunca verás en él una raya, una mancha o una corrección, como en los cuadros de Velázquez o en Goya, que ves el temblor. Es como si lo trazada una gran mano mecánica, perfecta...”, dice Barceló sentado en un taburete en la sala donde elabora sus grabados y aguafuertes, rodeado de aparejos, láminas con bocetos, libros de poesía y bichos embalsamados.
“Son obras de un gran fondo moral: el tema es la destrucción del planeta, la miseria del mundo, etcétera, con un fondo muy documental y político. Los museos están llenos de este tipo de arte”, describe sin entusiasmo.
UNA OBRA ÚNICA, BORRADA
El mallorquín reclama la capacidad de “aceptar accidentes y errores” y de “aprender a fracasar completamente para poder tener éxito” como “la gran modernidad”.
“Yo formo parte de otra cosa, que tiene ese temblor de una postal escrita a mano”, resume un Barceló al que la belleza lírica del desacierto también ha empujado a desintegrar algún cuadro que, quizá, podría haberse convertido en su gran obra maestra.
En algún lienzo suyo, colgado tal vez en un museo en México, quizá en la pared de algún coleccionista privado o tal vez en una galería en París, como la Thaddaeus Ropac donde ahora expone L’inssèchement, se esconde la obra Tres pingüinos borrachos bajo la lluvia en París, que Barceló creó con dedicación durante horas, adoró complacido por momentos y eliminó inconscientemente en un instante.
“No sé por qué, después de ocho horas pintando, agotado y con el último miligramo de energía que me quedaba lo borré completamente con una brocha blanca. Cuando lo hice pensé: ¿por qué lo he borrado si era buenísimo? Fue parte del proceso y todavía no sé por qué lo hice, porque me gustaba mucho y soy incapaz de volver a hacerlo”, relata.
“Yo no soy capaz de copiarme a mí mismo, nunca he sabido. Es de los pocos vicios que no tengo. Ese cuadro está ahí, debajo de algo. Y yo sé que era bueno, pero nadie me va a creer nunca porque nadie lo ha visto”, dice.
Quizá el desafío arqueológico de encontrar tres pájaros bobos beodos ocultos bajo la pintura de una de sus telas estimule aún más a los grandes compradores, esos que ya pagan millones de dólares para poseer un pedazo de la creatividad de Barceló, que dice sentirse ajeno a los caprichos del mercado.
“Lo comprendo, pero no me interesa. Es un mercado como cualquier otro, con sus especulaciones, sus inversiones. Siempre ha sido igual. El mercado del arte es una mota comparado con otros. Es mínimo, nada. La gente se escandaliza porque un Klimt o un Rothko se venda por 40 millones, pero cuando Rafael todavía vivía, un cuadro suyo costaba más que un gran terreno en el centro de Florencia”, concluye.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de junio de 2015, 11:50 a. m. with the headline "Miquel Barceló: entre la angustia y el deseo."